Durante más de quince años, y en forma intermitente, Francisco Morazán había dirigido tanto la República Federal como el destino de distintas naciones del istmo centroamericano. Su final –intempestivo y fulminante– lo vivió en Costa Rica cuando fue fusilado el 15 de setiembre de 1842.
Murió así tras cinco meses aciagos en el poder, al cual llegó – como era habitual en la época– por medio de un golpe de Estado contra el gobernante costarricense Braulio Ca-rrillo Colina.
En su testamento, escrito poco antes de ser fusilado, dejó manifiesta la voluntad de ser enterrado en El Salvador. Su deseo final se hizo una realidad hacia mediados del siglo XIX, lo que tiene una historia quizá poco conocida entre nosotros.
El propósito. En 1858 existía la amenaza de una próxima invasión contra Costa Rica por parte del gobierno nicaragüense, que pretextaba reclamos sobre la región guanacasteca. Entonces, la administración de José María Castro Madriz decretó la exhumación de los restos de Francisco Morazán y la entrega de estos al gobierno de El Salvador.
Aunque Morazán había nacido en Tegucigalpa (Honduras), se sentía emocionalmente cercano a El Salvador, cuya Presidencia había ejercido, así como también desempeñó cargos similares en otros países de Centroamérica.
Tal noticia se difundió en el ist-mo, y, el 11 de setiembre de 1858, la Gaceta de El Salvador publicó este titular: “Inhumación de los huesos del General Morazán”.
Con esa medida, Castro Madriz procuraba congraciarse con la administración del presidente salvadoreño Doroteo Vasconcelos y, a la vez, disuadir al gobierno cuzcatleco de brindar cualquier apoyo militar que Nicaragua pudiera solicitarle con el fin de invadir territorio costarricense.
José María Cañas fue designado para entregar las cenizas de Morazán; lo acompañó el presbítero Ramón María González. Castro Madriz encomendó una misión diplomática paralela a Cañas: conseguir apoyo, entre las naciones de la región, ante una invasión llegada desde Nicaragua.
José María Cañas reunía múltiples requisitos para consumar esa gestión. Él era salvadoreño de origen y antiguo compañero de armas de Morazán; además, poseía un exquisito don gentes y era un íntimo colaborador del entonces presidente José María Castro.
Así pues, en enero de 1849, José María Cañas y el cura Ramón María González partieron de Puntarenas en una embarcación llamada El Chambón .
En Acajutla. El 27 de enero de 1849 y desde el puerto de Acajutla, José María Cañas dirigió una nota al Ministro de Relaciones del Supremo Gobierno de El Salvador en los siguientes términos:
“Al intento, tengo el honor de acompañar a usted el adjunto pliego que contiene el aviso de mi comisión, y espero de usted que, después de dar cuenta de todo al señor Presidente de este Estado, se digne participarme sus órdenes para la entrega de la urna que contiene aquel sagrado depósito; no omitiendo agre-garle, que estoy dispuesto a hacerlo a bordo del referido buque, en tierra o en esa capital, según lo disponga el Supremo Gobierno”.
En una carta que hemos localizado en el Fondo Gobernación del Archivo General de la Nación (de El Salvador), Doroteo Vasconcelos expresó:
“Como una prueba de amistad y armonía ha recibido el Gobierno un testimonio digno de nuestra gratitud y eterno reconocimiento. Os hablo de Costa Rica, del paso que acaba de dar el señor Presidente actual, mandando los restos mortales del Ilustre General Morazán, el hijo de la Patria. Un tumulto rabioso y asesino inmoló, en su furor, la vida preciosa del amigo querido de los salvadoreños. Pero un gobernante filantrópico, obsequiando los deseos de estos pueblos, nos manda generoso sus caras cenizas. Este presente inestimable será luego conducido a Sonsonete, con la pompa que nos sea posible, y depositados en un mausoleo mandado ya a construir”.
En la Gaceta del Gobierno Supremo del Estado de El Salvador del 2 febrero de 1849, el gobierno de Vasconcelos anunció que pagaría los gastos en los que ha incurrido el gobierno de Costa Rica por el traslado de las cenizas del general hondureño, así como el saludo con 21 cañonazos con el que se recibiría, en Acajutla, el cadáver de Morazán. De igual forma, se ordenaba el traslado del general a la Iglesia Principal de Sonsonete.
Al respecto, desde el Gobierno de Sonsonete, Rafael Padilla Durán informó al ministro del Supremo Gobierno del Estado de El Salvador que se habían depositado los restos del general Morazán en la capilla del Ángel. A la vez, se había colocado una guardia de 25 hombres para la custodia
De la capilla, el cadáver de Morazán había sido trasladado a la iglesia Parroquial en un carro fúnebre magníficamente adornado. Lo acompañaron más de 300 personas con sus correspondientes luces, y una guarnición de 25 hombres, que hizo las salvas de ordenanza.
Asimismo, Durán indicó que en la iglesia Parroquial se celebraron las exequias y la misa con la mayor solemnidad posible. Finamente, precisó que las cenizas quedaron depositadas y custodiadas por la guarnición en la iglesia del Pilar hasta que recibiera “las órdenes del Supremo Gobierno”.
‘Diplomacia’ póstuma. Al fin, no se concretó la eventual invasión nicaragüense en la coyuntura aquí descrita, por lo cual puede determinarse que la misión de la entrega de las cenizas de Morazán logró sus metas políticas.
Es cierto: las disputas limítrofes entre las dos naciones más australes de la extinta República Federal Centroamericana nunca desaparecieron, al menos en el período aquí estudiado, pero aquellas tensiones se disiparon, al menos temporalmente.
Los restos de Morazán reposaron así en la tierra que él había definido como su morada final antes de enfrentarse al pelotón de fusilamiento en lo que es hoy el parque Central de San José.
Casi cuatro décadas después, el 14 de marzo de 1887, Francisco Menéndez, general de división y presidente de la República de El Salvador, respaldó la propuesta de uno de los representantes de la Asamblea Nacional para cambiar el nombre del departamento de Gotera por el de Morazán , vigente hoy.
Un poco tarde, ese decreto presidencial dio legitimidad institucional a una figura de profunda influencia en la vida política de la sociedad cuzcatleca y centroameri-cana. Recordemos también que, en 1948, en su natal Honduras, el Congreso aprobó la creación del departamento de Morazán.
Así, el “último viaje” de Francisco Morazán ayudó a impedir un conflicto bélico más entre países que él había gobernado en la República Federal de Centroamérica.
EL AUTOR ES ENCARGADO DEL PROGRAMA DE ESTUDIOS GENERALES DE LA UNED Y PROFESOR DE HISTORIA EN LA ESCUELA DE ESTUDIOS GENERALES DE LA UCR.
FOTOS

Francisco Morazán (1792-1842), en un grabado publicado cerca de 1839. Wikicommons

Postal que ilustra las actividades del puerto salvadoreño de Acajutla. Está datada el 3 de julio de 1907. Rafael Méndez Alfaro para LN.
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