En el libro Proust y el calamar: una historia sobre la ciencia y el cerebro lector , Maryanne Wolf recuerda un episodio en la historia de la lectura a veces pasado por alto. El episodio se refiere a Sócrates y a su fuerte rechazo a la expansión de la palabra escrita.
La autora es experta en neurociencia y psicolingüismo. Ella explica que el filósofo advirtió la inflexibilidad de la escritura (el “discurso muerto” frente a la “oratoria viviente”), la relegación de la memoria como principal herramienta, y la pérdida del control sobre el lenguaje. Las cosas cambiaban, y Sócrates veía amenazas.
En el libro de Wolf confluyen la historia y la ciencia para explicar el desarrollo de la lectura, una actividad humana de reciente masificación.
A diferencia del habla o la visión, la lectura no tiene un programa genético que se traspase a través de las generaciones. El desarrollo del cerebro lector no fue conti-nuo en el tiempo ni en su aparición geográfica. Transcurrieron 2.000 años desde el primer sistema de escritura hasta el alfabeto griego que desagradaba a Sócrates.
“Aprender a leer sólo es posible por la plasticidad del diseño cerebral; cuando se logra, el cerebro del individuo cambia para siempre”, sostiene Wolf. La flexibilidad del cerebro permite coordinar aspectos visuales, auditivos, semánticos, sintácticos y espaciales que de otro modo no entrarían en relación.
Las zonas cerebrales que se activan varían según las exigencias del sistema de lectura. “Antes de los años 70, las teorías sobre lectura eran muy débiles; se suponía que el cerebro guardaba una especie de fotocopia de lo que leía en la cabeza”, explica el lingüista chileno Ricardo Martínez.
Los jeroglíficos egipcios debían ser leídos de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha y de abajo hacia arriba o viceversa según la arquitectura del recinto. Esto exigía un espectro de habilidades distinto de sistemas más abstractos, como el basado en el alfa-beto que relaciona signos con sonidos.
El chino se basa en ideogramas e involucra patrones neuronales diferentes del inglés y el castellano. Es posible rastrear esas diferencias mediante la tecnología de neuroimagen, que hace visible el funcionamiento del cerebro
En su ensayo Sobre la lectura , Marcel Proust evoca los libros como un refugio, la posibilidad de un estado mental complejo: leer exige descifrar información, pero también despierta recuerdos, visiones, sensaciones y hasta un “placer divino”. Menos expresivos son los calamares. Wolf los eligió para su título porque los moluscos sirvieron como conejillos de Indias en los años 50 para las primeras investigaciones sobre transmisiones de neuronas.
En un extremo, la lectura es una actividad que involucra la vida misma del ser humano; por el otro (en el caso del calamar), se trata sólo de células que transmiten información de una manera aprendida que perfectamente podría ser otra.
“Uno puede entender las aprensiones de Sócrates a una transición entre la cultura oral y la literaria reflejadas en nuestras propias preocupaciones en la inmersión de nuestros niños en el mundo digital”, apunta Wolf. Las nuevas tecnologías están cambiando los hábitos de lectura
Pantallas encendidas. En abril, un estudio de la Universidad Southern California reportaba que, en un año, los usuarios de Internet norteamericanos aumentaban el tiempo de lectura de diarios electrónicos. En 2007 eran 41 minutos por semana, en 2008 los lectores ocupa-ban 53 minutos de su semana para leer prensa en Internet, en medio de una fiebre por los nuevos aparatos que permiten bajar literatura desde la red y leerla en una pantalla.
La lectura en pantalla es un formato que no existía hace 20 años. Este hecho crea una paradoja: el sentido común indica que cada vez se lee menos, pero los datos constatan que gran parte de nuestra comunicación se basa en la escritura. “La lectura está probablemente en el momento más activo de la historia”, sostiene Ricardo Martínez.
Empero, cuando se piensa en lectura, no se piensa en pantallas, sino en papel. Por alguna razón consideramos que los medios impresos son el fundamental sistema de difusión de la información y son más serios.
Pese a todo, la pantalla provoca patrones distintos de lectura. La interacción con un texto electrónico hace más relevante la tarea de localizar información por sobre las tareas de interpretar y evaluar.
Mundo postipográfico. Un estudio de comprensión realizado por la Universidad Católica de Valparaíso (UCV) en un grupo de alumnos, arrojó que, cuando buscaban una comprensión profunda de un texto, no basta con la pantalla y recurrieron a la impresión. “La comprensión profunda y el aprendizaje perdurable exigen una lectura dedicada, y esta se alcanza muchas veces de mejor modo a través del papel”, añade Giovanni Parodi, director del programa de posgrado de lingüística de la UCV.
La variable edad es especialmente relevante si se trata de comparar la generación educada antes de la irrupción de Internet con aquellos nacidos en la segunda mitad de los años 90. Es posible que esa generación no atribuya, al texto impreso, el valor cultural que se le asignan personas mayores.
El investigador norteamericano David Reinking habla de un mundo postipográfico como una forma de etiquetar el impacto de las nuevas tecnologías en la alfabetización.
Reinking plantea que las tecnologías (particularmente Internet) transforman la experiencia de la lectura. En lugar de seguir un texto de principio a fin, Internet hace posible crear una ruta propia según los intereses y los vínculos de la pantalla.
Esa es una experiencia distinta que también implica evaluar y escoger la ruta de información que puede sobrepasar los miles de páginas con un solo clic. Frente a esto, Maryanne Wolf ensaya una respuesta parafraseando a Darwin:
“Biológica e intelectualmente, leer le permite a la especie ir ‘más allá de la información dada’ para crear infinitos pensamientos más bellos. Debemos evitar perder esta cualidad esencial en el momento de transición histórica actual hacia nuevas formas de adquirir, procesar y comprender información”.
FOTOS

Señorita leyendo un periódico (1886), acuarela del pintor sueco Carl Larsson (1853-1919). Art Renewal Center

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