LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 31 de mayo de 2009

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Ciencia

Las ocho chanchas de Colón

  Protección racional La ciencia, y no la histeria, nos cuida de epidemias como las que llegaron en el siglo XVI

Edgardo Moreno | emoreno@racsa.co.cr

Mucho de verdad, sazonada con algo de imaginación, nos da licencia para armar un collage con narraciones de Cristóbal Colón y algunos de sus cronistas. Reconstruimos así un evento, aparentemente trivial, ocurrido durante el segundo viaje del Almirante al Nuevo Mundo:

–Cuando avisamos las islas Canarias, paramos en Gomera, y “se compraron ocho puercas a setenta maravedis la pieza”, y se “metieron gallinas también”. “Y llevé cavallos, yeguas y mulas, todas las otras vestias, y simoentes de trigo y çebada y todos los árboles y de suerte de frutas, todo esto en muy grande abundançia”. Después de cuatro semanas, con una flota de diecisiete barcos y mil quinientos hombres, arribamos a La Hispaniola, y “toda la gente se disçindió en tierra por estada, y se açertó llover mucha agua. Después adoleçieron muchos de çiçiones [calenturas]… Con todo, loado Nuestro Señor, luego sanan: cuatro o cinco día es su fuerça; dexo algunos que están más cargados”.

Cuatro décadas después, Nicolaus Federmann, un residente alemán de la Hispaniola (ahora República Dominicana), apuntaba: “No merece la pena hablar de los indígenas de estas tierras porque han pasado cuarenta años desde la conquista, y casi todos han muerto”.

De acuerdo con la leyenda negra atribuida a Bartolomé de las Casas, la crueldad de los conquistadores fue la principal causa del holocausto americano. Sin embargo, otro es el dictamen del español Francisco Guerra, investigador de las epidemias durante la conquista. Él ha sido el primero en advertir, de manera sistemática, la preeminencia de las infecciones en la exterminación de los amerindios. Con fundamento, Guerra propuso que la influenza porcina acabó con los habitantes de las islas caribeñas, incluidos a los de Cuba.

Sin inmunidad. Sin negar la denuncia hecha por De las Casas, las pruebas epidemiológicas y los testimonios de la conquista indican que es cierta la hipótesis de “las chanchas de Colón” como reservorios del virus de la influenza, el que rápidamente se dispersó en la población de amerindios: “Puercos ya tenemos más de çiento”, explicaba Colón, presumiendo de la exitosa descendencia que habían dejado las ocho chanchas.

De las Casas alegaba que ellas eran el origen de toda la piara que se extendió por América a partir de 1500… y probablemente de la chancha de Veracruz, incubadora del virus de la influenza H1N1, cuyo cacareado alboroto ha opacado a la meningitis infecciosa que está matando a miles de niños en África.

En última instancia, el “aliento ajeno” fue el gran exterminador, como dijo Juan Solórzano Pereira, legislador de las Indias. Efectivamente, el virus de la influenza de los cerdos pudo combinarse con el de las aves, compañeras de viaje de esos porcinos y de los marineros, quienes además pudieron portar sus propios virus. Es posible que la influenza porcina-aviar se arraigase en los españoles; finalmente, un virus mixto infectaría a los amerindios.

Mientras el sistema inmunitario de los europeos, (seleccionado para combatir a las “çiçiones”) permitió que la mayoría de los españoles sobreviviera, la inexperta inmunidad de los caribeños apenas pudo salvar a unos cuantos, los que eventualmente legaron la capacidad de resistir la nueva influenza…, solo para morir más tarde bajo el acero de los conquistadores.

La zoonosis es la transmisión de infecciones de los animales a las personas, y las zoonosis han sido, son y serán las compañeras de viaje inseparables en la evolución de los humanos. Mencionemos la rabia, la encefalitis equina, la toxoplamosis, la salmonelosis, la malaria, el dengue, y por supuesto la influenza, como enfermedades zoonóticas que han ayudado a esculpir el genoma humano y a las sociedades.

¿De dónde surgen esas enfermedades? Basta con alimentarse de carne, leche o huevos, con acariciar a un gato o entrar a un zoológico para estar en peligro potencial de contagiarse: es el riesgo de vivir. Sin embargo, con su actividad “civilizadora”, los humanos han sido los responsables de sus propias pandemias. Dentro de este contexto, hay cinco factores esenciales que promueven la emergencia y la dispersión de las “nuevas infecciones”.

Factores. El primero es la domesticación de las bestias. Esta ha promovido el contacto cercano entre personas y animales, y concentra un gran número de ellos (incluso de diferentes especies) en ambientes estrechos. Esto favorece la permanencia y la evolución rápida de gérmenes patógenos, los que a la postre pueden infectar a las personas.

La brucelosis y la tuberculosis son ejemplos de bacterias que pueden pasar de las vacas a los humanos por medio de productos lácteos no pasteurizados o por contacto directo.

Otro factor es la invasión de “nichos” selváticos. Así, hace unos cien años, la deforestación iniciada en el sur de Camerún probablemente favoreció el contacto estrecho entre las personas y los chimpancés portadores de un virus semejante al del sida. La similitud de estos virus indica que los primeros casos humanos surgieron hace unos 75 años, precisamente en esa región del África central. No obstante, lo inverso también es cierto: lo humanos contagiaron el virus de la poliomielitis a los chimpancés, y en algunos lugares de África los está exterminando.

Las migraciones constituyen el tercer factor. La malaria, causada por el Plasmodium falciparum, surgió en África junto con el linaje humano hace unos siete millones de años; a su vez, otros plasmodios (como el Plasmodium malarie y el Plasmodium vivax ) se originaron en los monos americanos. Ya que los humanos caminaron de Asia a América hace trece mil años, se presume que esos dos tipos de malaria fueron adquiridos en ese entonces. Sin embargo, el Plasmodium falciparum llegó al Nuevo Mundo en la sangre de los primeros esclavos negros traídos de África.

La alteración del ambiente y la introducción de especies exóticas favorecen la emergencia de enfermedades. Así, el calentamiento mundial promueve el que los mosquitos transmisores del dengue, la malaria, la fiebre amarilla, la fiebre del Occidente del Nilo y otras enfermedades, amplíen su rango de vida hacia el hemisferio norte al crearse zonas cada vez más cálidas y húmedas. Las enfermedades infecciosas desaparecidas o ausentes de una región pueden resurgir o asentarse debido a un ambiente más favorable para la reproducción de los insectos vectores.

Otro factor es la densidad demográfica, que facilita el establecimiento de los gérmenes patógenos, su transmisión y el incremento de su variabilidad. El éxito de los virus respiratorios radica en que es enorme el número de humanos susceptibles capaces de albergarlos y transmitirlos, especialmente en condiciones de hacinamiento y pobreza. A esto se suma el uso indiscriminado y extendido de antibióticos, los que seleccionan por cepas de patógenos, cada vez más resistentes a los tratamientos.

En 1494, ya Colón vaticinaba la siguiente pandemia: “uno de los cuatro indios que allí avía tomado el año pasado, el cual no se avía muerto como los otros de viruelas a la partida de Cáliz”. El Almirante alude a la viruela negra, la que contribuiría a la caída de los imperios azteca y e inca.

Con sus ocho chanchas y su carga de gérmenes patógenos, las carabelas de Colón están más vigentes que nunca. La diferencia es que todos los humanos navegan ahora en ellas. Solo el entendimiento racional de las enfermedades emergentes en su contexto –y no la histeria colectiva y supersticiosa– puede ayudar a que las personas sobrevivan con pocas consecuencias a las próximas e inexorables pandemias.

EL AUTOR ES MIEMBRO DEL PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN EN ENFERMEDADES TROPICALES DE LA ESCUELA DE MEDICINA VETERINARIA DE LA UNA, Y DE LA ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS DE COSTA RICA.

FOTOS

  • Nacion.com

    Llegada de Hernán Cortés a Veracruz (1929-1935), mural de Diego Rivera en el Palacio Nacional de México. Edgardo Moreno para LN

  • Nacion.com

    Dibujo azteca de las afecciones por viruela negra contenido en el Códice Florentino, transcrito por Fray Sahaguns. Edgardo Moreno para LN

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