Como a quienes vieron su documental, también a Agnès Varda la sorprendió la historia de aquel hombre que se alimentaba con las frutas y verduras que yacían abandonadas en el piso de un mercado de París. La sorpresa no surgió con la lástima, sino con el conmovedor relato de resistencia que fue descubriendo.
Con estudios de posgrado en biología, Alain vivía de la venta de diarios y revistas, generalmente de izquierda, y de recoger lo que nadie quiso comprar, pero permanece colorido y fresco en medio de las cajas. Con su acto, de manera muy consciente, protestaba contra la sociedad consumista.
Por las noches, ese hombrecillo era voluntario en un centro de ayuda a los inmigrantes. En una sala decorada por él mismo, recibía a hombres y mujeres de Senegal o Malí, que deseaban aprender a leer y escribir. Cuando participó en la maratón de París, portó una camisa que decía “No a la discriminación”.
Como aquellos personajes de pinturas y poemas de la tradición francesa, que se agachaban para recoger los frutos de la tierra, Alain recolecta del suelo lo que otros desecharon. Es un moderno espigador. También lo son, por necesidad o convicción, muchos otros habitantes de los márgenes del Primer Mundo. También espiga Varda, la documentalista, quien recolecta sus historias en Les glaneurs et la glaneuse (Los espigadores y la espigadora, 2000), y en su continuación, Deux ans après (Dos años después, 2002).
Veterana del cine y la fotografía, la belga Agnès Varda (1928) tenía un lugar en la historia del cine por películas como Cléo de 5 à 7 (1962) y Sans toit ni loi (Sin techo ni ley, 1985). Considerada por el azar de las cronologías como la figura femenina de la Nueva Ola , comenzó a dirigir antes que Godard y Truffaut y su primer largometraje fue La pointe-courte (1954).
Sin embargo, como reconocería en los primeros pasajes de Dos años después , ninguno de sus filmes recibió la atención mediática ni las respuestas de Los espigadores y la espigadora , realizada cuando contaba con 72 años.
Levantado del suelo. Las primeras imágenes y palabras de Los espigadores y la espigadora muestran el recorrido por las páginas de un diccionario. Una mano, la de Agnès, escarba, y encuentra: “espigar”, “espigador”. A continuación, esa mano levantará la cámara digital, y espigará entre catálogos y museos, entrevistará a juristas y agricultores, siempre a la caza de un sentido.
En un café, una pareja diferencia entre “racimar” y “espigar”: entre tomar del árbol o arbusto y recoger de la tierra, respectivamente. Un abogado le explicará –con ella, a nosotros, espectadores– que espigar es una práctica permitida por la ley francesa desde 1554. Tras la cosecha, pobres e indigentes podían recolectar del suelo aquello que ya no tiene dueño.
A partir de entonces, el documental alterna las entrevistas que fijan una definición para “espigar”, y los pasajes que muestran y dialogan con modernos espigadores. Por ejemplo, hombres, mujeres y niños que siguen el rastro de los camiones hasta el lugar donde se deshacen de toneladas de papas, las muy grandes, las muy pequeñas, las golpeadas, las ligeramente verdes, las mal cortadas…; en fin, las menos presentables en el supermercado.
Agnès se suma al espigueo: mientras la mano izquierda sostiene la cámara, la derecha busca aquellas papas generosas, anómalas, con forma de corazón, o de “V”, como la inicial de su apellido.
Varda se interesa por la vida de esos espigadores. Algunos viven en caravanas, o comparten cuartos y comedores en las instituciones benéficas. Una es madre soltera de tres niños. Otro recuerda cuando tuvo esposa, trabajo, casa. En una ciudad de provincia, encontrará una comunidad de jóvenes, hippies contemporáneos, quienes afrontan la demanda de un supermercado por remover entre su basura.
No todos viven en la marginalidad o la extrema pobreza. Salomon y Charlie lo hacen en una casa grande y vieja, habitada por cadáveres de refrigeradores y cocinas que recogen de la calle, resucitan y venden.
En sus recorridos por los basureros de la ciudad, encuentran bolsas con pollo o conejo, intactas, desechadas por la sentencia de la fecha de expiración: “Tienen pollo para dos meses”, comenta Agnès; “Siempre hay a quién regalar un poco”, responde Charlie.
Otro espigador, el artista plástico Louis Pons, arma sus collages con material de desecho. Lo que fue una jaula, muta en las cuerdas de un violín; un parabrisas, en el desigual suelo de una colina.
Como Alain en el mercado parisino, François escarba entre los contenedores de una ciudad de provincia por razones éticas: “Es vergonzoso tanto despilfarro”, explica. Se come las calles con el paso de sus inconfundibles botas de hule y puede presumir de los manjares que ha encontrado, como también de que nunca se enferma.
En Dos años después , François reaparece para contar cómo le negaron su “derecho a recuperar”. Extrañada o molesta por su singular conducta, la policía lo detuvo y lo envió al hospital psiquiátrico durante seis meses. Para él, lo castigaron porque irrespetaba la norma: no consumía “como debe ser”.
La espigadora se espiga. El díptico de Varda es algo más que la muestra de la cotidianidad de aquellos que recogen lo que otros desechan. Son películas circulares, discurren sobre la creación y la creadora, reflexionan sobre el quehacer documental y la vejez.
La labor de la espigadora es parte de Les glaneurs et la glaneuse . Con Agnès, ojeamos el instructivo de su nueva, moderna y ligera cámara digital. Participamos de sus experimentos con el color. Eventualmente, una segunda cámara la mostrará grabando y entrevistando a otros espigadores.
En Dos años después , Varda presenta algunas de las respuestas a la primera película: cartas, dibujos, obsequios; varias, muchas papas en forma de corazón; insumos para este segundo documental.
En la primera película, Agnès recoge imágenes de su propio cuerpo: las manos arrugadas, las raíces blancas de su cabello: un cuerpo que pronto será desecho, sin espigador que lo recupere. Es el horror, la certidumbre de que el fin está cerca, asegura Agnès.
En la segunda cinta, ella contará que sus amigos reconocieron, en estos planos de sus manos viejas, los de otra de sus películas, el ejercicio necrófilo Jacquot des Nantes (1991). En esta, Varda narró la infancia de su esposo, el también realizador Jacques Demy ( Les parapluies de Cherbourg , 1964). Lo insólito del homenaje es que Demy, próximo a la muerte por una enfermedad terminal, se interpretaba a sí mismo en el filme.
Varda no había reparado en este detalle: en el testimonio de su vejez, revivía la muerte, entonces inminente, del hombre que amó. Tras la sorpresa, una respuesta de documentalista y espigadora: “No se trabaja con ‘significación’ o “coherencia”; se trabaja con lo que se encuentra”.
Varda trabaja con lo que encuentra en estas películas de madurez. Recoge lo que otros botaron. Ve y muestra lo que otros no vieron: los desechos de una sociedad que se agacha para recoger sus excesos.
FOTOS

Agnès Varda, cineasta belga. IMDB

Fotograma de Los espigadores y la espigadora (2000). IMDB

Fotograma de Los espigadores y la espigadora (2000). IMDB

las espigadoras , óleo del pintor francés Jean-François Millet citado en el documental. Wikicommons
El arte
documental
Los espigadores y la espigadora y Dos años después se exhibirán en la Alianza Francesa este viernes 5 de junio, como parte del ciclo Poesía y verdad: Documentales franceses contemporáneos . El ciclo continuará los jueves y los viernes de junio con documentales con temas como el conflicto palestino, la prostitución en Camboya y el quehacer de artistas como la coreógrafa Pina Bausch, el artista plástico Yves Klein y el pianista Glenn Gould. La entrada es gratuita.
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