LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 31 de mayo de 2009

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Historia

Llorados duelos antiguos

  Lucidas exequias En el pasado, los rituales funerarios fueron encuentros de personajes extravagantes

El Álbum de Figueroa, joya del Archivo Nacional, recoge con fisga las apreciaciones de José María Figueroa Oreamuno (1820-1900) referentes a viejas costumbres mortuorias de Costa Rica. Ritos domésticos o funerales simbólicos, como la procesión del Santo Sepulcro, ocupan el frente y parte de la cara anterior ( vuelto ) del folio 15 del volumen I del antiguo documento.

De letra de su inquieto autor leemos que “existía en la antiguidad [sic] una asociación de mujeres todas garabateadas de arrugas y más pilongas que piojo de pobre, cuyo oficio era gimotear y echar lagrimones como garbanzos. ¡Vaya una profesión perra y barrabasada!”.

Las lloronas de muerto eran frecuentes en la Costa Rica colonial, así como en el siglo XIX y aun entrado el XX. Herederas de las plañideras clásicas, en América también se llamaron “doloridas”. Según Figueroa, “lo particular es que toda socia era vieja como el pecado, fea como el chisme, y con pespuntes de bruja y rufiana”.

Aunque se las precisaba cuando un principal moría, el gobierno colonial hizo lo posible por desterrar esta costumbre. El folio informa de bandos por los que se las prohibía bajo amenazas de fuertes penas a las infractoras; pero todo fue en vano, y privó la lloradera feliz, aunque no para todo el mundo.

Funerales-espectáculos. En aquellos días, un funeral decente era caro y venía con extras. Si el muerto heredaba hacienda, no bien fallecía “cuando el albacea y deudos se echaban por esas calles en busca de la llorona de más fama, la cual se encargaba de contratar a las comadres que la habían de acompañar”, cuenta Figueroa.

El estipendio andaba por los cuatro pesos para la plañidera en jefe y dos para cada subalterna. “Y cuando los dolientes echándola de rumbosos añadían algunos regalos sobre el precio de tarifa, entonces las doloridas estaban también obligadas a hacer algo de extraordinario, y este algo era acompañar el llanto con patatuses, convulsiones epilépticas y repelones”, explica el Álbum. Aquellos funerales entretenían a la población pues eran espectáculos muy llamativos.

De luto riguroso, las lloronas se allegaban a la puerta del templo rodeadas de los llamados “pobres de hacha”: gente del pueblo que concurría con un delgado cirio de cera negra. Todos, con aires de circunstancia, esperaban la entrada del finado de postín, que llegaría cargado en andas, con una carpeta de algodón negro sobre la cara, y apoyada la cabeza en sus propias almohadas.

La salida del cadáver no era menos espectacular: abría el entierro la cruz alta flanqueada por los ciriales. Según la dignidad del muerto era el número de curas, y así el traje que lucían. Un entierro de gala era presidido por tres curas revestidos, acompañados por tres ayudantes que llevarían la caldereta de agua bendita, el hisopo y el incensario.

Al salir el funeral, las campanas repicaban y las lloronas daban rienda suelta a lo que, certero, Figueroa llama “aflicción de contrabando”. Los lamentos comenzaban en el atrio, y, según hubiese sido el pago, así era la intensidad.

“Y dígase lo que se quiera en contra de ellas, pero lo que yo sostengo es que ganaban la plata en conciencia. Habíalas tan adiestradas que no parecía sino que llevaban dentro del cuerpo un almacén de lágrimas”, afirma el cronista.

Lágrimas de cocodrilo. Si el llanto no abundaba, había métodos para provocarlo con ayudas externas. Aunque las lágrimas teatralmente bien fingidas brotan con facilidad, alguna reseca solucionaba el asunto “merced al expediente de pasarse por los ojos los dedos untados con el zumo de ajos y cebollas”. El llanto explotaba así entre los ayes y las congojas con los que exaltaban las cualidades del muerto.

“No concluía aquí la misión de las lloronas. Quedaba aún el rabo por desollar; esto es, la ceremonia de recibir el duelo en casa del difunto durante treinta noches”, añade Figueroa.

El luto decimonónico exigía que, durante el día, las casas se oscurecieran con cortinas negras, de modo que se producía una terrorífica lobreguez.

“Después de las siete de la noche, los amigos del finado entraban silenciosos en la sala y tomaban asiento sin proferir palabra. Un duelo era, en buen romance, una congregación de mudos”, detalla el folio. “Solo a las lloronas les era lícito sonarse con estrépito y lanzar de rato en rato un ¡Ay Jesús! o un sispiro [sic] cavernoso, que parecía queja del otro mundo”.

Lo demás era silencio hasta que “un travieso largaba media docena de ratoncillos y se armaba una de gritos, carreras, y chillidos y pataletas”.

A las ocho terminaba la visita. Las mujeres se ponían inquietas porque ninguna quería ser la primera en levantarse. A ese acto lo llamaban romper el chivato , y entre ellas era muy mal vista la que lo perpetrase. Sin embargo, alguna corajuda se decidía y, acercándose al deudo más cercano, le decía:

–Alguien debe dar ejemplo en tomar el camino a la puerta porque ustedes estarán cansados, y quienes se quedan molestan.

La llorona era la última en irse. Por cada noche del duelo, recibía una peseta y un bollo de chocolate. “¡Y la ganga duraba un mes cabal!”, apunta Figueroa y aclara que nunca había lloronas cuando fallecían niños.

Jerarquía llorona. “Entre todas las plañideras había una que era el non plus ultra del género y que sólo se dignaba asistir en entierro de gobernador, de obispo o de personajes muy encumbrados. Distinguíase con el título de la llorona de Viernes Santo , pero el pueblo la llamaba con otro nombre que, por no ruborizar a nuestras lectoras, dejamos en el fondo del tintero”.

Un entierro de campanillas debía dar de qué hablar: “El entierro de don Fulano ha estado de lo bueno lo mejor. ¡Con decirte, niña, que hasta la llorona de Viernes Santo estuvo en la puerta de la iglesia!”, precisa Figueroa.

En la procesión del Viernes Santo, detrás del Santo Sepulcro iba “una multitud de viatas [sic]”, y entre ellas sobresalía la llorona del Viernes Santo , con toda su dignidad. Su trabajo empezaba horas antes, cuando representaban el descendimiento de Cristo y se mostraba la espalda del crucifijo para que el pueblo viera los azotes.

El llanto general incluía gritos tan extremos “que parecía una coyotera aullando”, y la llorona de Viernes Santo comandaba “patatuses y mal de corazón”.

Sin embargo, hubo una plañidera menor que quiso quedarse con el mandado. En una procesión del Viernes Santo, desgreñada y excesiva, daba alaridos estremecedores y la agarró contra los judíos, a quienes lanzó “apóstrofes tan subidos de punto como llamarlos hijos de la mala palabra”.

El obispo había venido de visita; detuvo la procesión “y ordenó que se retirase aquella mujer escandalosa que, sin respeto a la santidad del día, osaba pronunciar palabras inmundas”. Sin embargo, el pueblo se opuso. “¡No faltaba más que deslucir la procesión eliminando de ella a la llorona!”, agrega Figueroa.

El obispo vio perdida la batalla. Acatando la voluntad de la masa, mandó que la procesión continuase, pero al año siguiente prohibió la presencia de las lloronas y, de paso, la del “sinturión” [sic], que, montado a caballo y con la espada desnuda, se lucía haciendo “mil piruetas ante el Santo Sepulcro”.

Prohibiciones más o menos, con los años, las lloronas fúnebres perdieron terreno. José María Figueroa lo achacó, en parte, a los “adelantos del siglo XIX”, cuando “a las lloronas las hemos reemplazado con algo peor si cabe…, con las necrologías de los periódicos, tan exageradas y mentirosas que llevan ventaja con mucho a los ayes, patatuses y ponderaciones de las lloronas del otro siglo”.

FOTOS

  • Nacion.com

    En los entierros finos no podían faltar las “doloridas” o “lloronas”. Archivo Nacional de Costa Rica para LN

  • Nacion.com

    Las exequias de los ricos eran un gran espectáculo para el pueblo. Archivo Nacional de Costa Rica para LN

  • Nacion.com

    Cuando un niño moría se creía que era otro ángel para el Cielo. Por eso sus entierros eran muy celebrados. Archivo Nacional para LN

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