Don Joaquín García Monge dató la fecha de su amistad con el mexicano Alfonso Reyes en 1917, cuando salió, en El Convivio, la primera edición de Visión de Anáhuac. Prueba de su simpatía y afecto es su nutrida correspondencia y la más de media centena de artículos que le publicó en su Repertorio Americano .
Después de más de diez años de escribirse, hubo un largo silencio. Reyes rompió el mutismo y le dijo a su amigo costarricense, a finales de 1937, que no deseaba sentirse desterrado del “repertorio de la honradez y la inteligencia americanas”.
Lo que más importaba a Alfonso Reyes era sentir su amistad. ¿Por qué ese silencio? ¿Acaso no andaban peleando en la misma guerra? Ambos sufrían las consecuencias por defender la España republicana. Sólo le pedía una palabra.
¿Cómo iba a perder ese cariño si era una de las “pocas joyas” que quedaban en esta América nuestra?, le respondió don Joaquín antes de que terminara ese año de 1937. Cada semana salía un paquetito de su Costa Rica llevando Repertorio Americano al domicilio de Alfonso Reyes, y, adjuntas, cartas suyas para el mexicano.
Cada vez que García Monge encontraba alguna colaboración de Reyes –como sus palabras por la muerte de Genaro Estrada, publicadas en La Nación de Buenos Aires–, las reproducía en el Repertorio Americano . Don Joaquín confiesa a don Alfonso que Estrada quiso que fuera a su México; lo mismo le dijo José Vasconcelos; pero de su parte nunca hubo oportunidad. Algún día sería eso...
Por lo menos desde 1938, Alfonso Reyes deseó que García Monge se encontrase pronto en México y esperaba acompañarlo “en todo y por todo”. ¿Por qué posponía una y otra vez don Joaquín su visita a México? Por “molestias, pobrezas, incomprensiones y dificultades”, lo dijo con franqueza.
Pasó otro lustro de silencio. Nuevamente, Reyes tomó la palabra y escribió a García Monge que nunca lo olvidaba. Mensajeros literarios y humanos iban y venían entre Costa Rica y México llevando parabienes o peticiones.
Por ejemplo, Reyes pidió a García Monge que enviase al argentino Carlos Alberto González, la traducción que había realizado el peruano Ventura García Calderón de los Rabaiyat , y que en Costa Rica había editado El Convivio . Por su parte, don Joaquín rogó a don Alfonso que tendiera su mano amiga a don Samuel Arguedas, miembro electo de la Academia Costarricense de la Lengua y padre de Sol Arguedas. Don Samuel anhelaba vivir al lado de su hija y ganarse la vida en la gran ciudad de México.
En 1944, a propósito de los 25 años de Repertorio Americano , Reyes y un grupo de amigos hicieron hasta lo imposible ante la Secretaría de Educación Pública para que don Joaquín viajase a México.
Una de las primeras enteradas fue Yolanda Oreamuno, quien se encontraba en la capital mexicana y era recomendada del ilustre don Joaquito .
Pues bien, en carta confidencial de 27 de julio de 1944, don Alfonso pidió a Yolanda estos datos para el secretario de Educación: precisiones sobre si don Joaquín vendría solo, qué clase de alojamiento quería…; en fin, “todas las informaciones” que permitieran “enviar una invitación precisa, práctica y conveniente” y “todo por cuenta” de esa Secretaría. En octubre de ese 1944, don Alfonso le comunicó a don Joaquín la invitación para que viajase a México.
Desafortunadamente, el costarricense no pudo arribar al país del norte. García Monge expresó a Reyes que deseaba viajar, pero que no podía hacerlo y que sería para otra ocasión. Estaba angustiado por la situación en la que vivía, pero ya vería cómo un día daba el salto y les caería a sus amigos mexicanos. De un momento a otro, eso podría ocurrir, y don Alfonso recibiría un cable con el día de su llegada.
El embajador mexicano en San José manifestó a García Monge que la invitación estaba en pie; sólo faltaba la decisión de “partir en firme”. Don Joaquín estaba muy agradecido; envió un abrazo a Reyes y le dijo: “Crea que llego”.
No terminaba el año 44 cuando le envió una carta por la que le presentó a Vera Yamuni, discípula y amiga. “Es árabe, de lo mejor que nos ha nacido por acá. De ánimo varonil, resuelta, estudiosa, buena, servicial. Converse con ella y verá cuánto vale esta niña. Hay que ayudarle”, pidió García Monge a Reyes. Al instante, don Alfonso la recibió en El Colegio de México y quedó impresionado.
Nuevamente se produjo el silencio, aunque don Alfonso disfrutaba de las nuevas amistades que le llegaban de Costa Rica.
Entre envíos de libros y desembarcos en México de savia joven costarricense que enriquecía la vida cultural de ese país, don Alfonso estaba enterado de las penurias económicas, de los quebrantos morales, de la ruina en la que se sentía don Joaquín con su Repertorio Americano . ¿Qué ayuda podía prestarle?
Alfredo Cardona Peña vivía en México desde hacía muchos años y frecuentaba a Reyes.
Cardona le transcribió parte de la carta que había recibido a mediados de 1955 de su coterráneo: don Joaquín le decía que atravesaba por una crisis “de ánimo, de voluntad, y económica también”. Añadía: “Viera el aburrimiento y tristeza en que me vivo”.
Cardona tampoco sabía qué hacer; creía que pronto se les iba a morir García Monge. El Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica apoyaban su empresa ameri-cana tomando suscripciones. ¿Qué otra cosa se podía hacer?
Se iba a intentar una vez más ayudar y apoyar a don Joaquín. La solución debería ser permanente “y no hacerle un obsequio transitorio”, respondió categóricamente Reyes a Alfredo Cardona.
Por su parte, don Alfonso escribió a su amigo: “¡Ay don Joaquín! ¡Cuánto lo he deseado junto a mí! ¡Cuánto he soñado verlo instalado en una casita de Cuernavaca, a hora y media de México, consagrado a su Repertorio y a recibir los domingos algunas visitas escogidas de los muchachos y de sus hermanos viejos como yo!”.
Esa carta (18 de noviembre de 1955) coincide con la aparición de “Tengo en México un amigo”, y que Reyes respondió con un “Tiene usted en México un amigo” pues sólo un hombre como García Monge, un costarricense con esa fina sensibilidad y amistad a toda prueba, le tomó el pulso de su corazón, y sus latidos le dijeron por dónde corrían su sangre y su pensamiento. En esta notable misiva, Reyes definió a don Joaquín: “Hombre único en América, amigo predilecto”.
García Monge vivió unos años más, trabajando incansablemente por su Atenas costarricense, pero nunca pudo llegar a México, a pesar de sus deseos. García Monge murió el 31 de octubre de 1958; el 27 de diciembre de 1959, Reyes. Seguramente, hoy, los dos amigos se frecuentan en alguna casita que escogieron en Cuernavaca, a la que por algo la llaman “de la eterna primavera”. Las semillas de Joaquín García Monge sembradas en tierra mexicana, siempre dan frutos.
EL AUTOR ES ESPECIALISTA EN LA OBRA DE ALFONSO REYES E INVESTIGADOR EN LA FACULTAD DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES DE LA UNAM.
FOTOS

Alfonso Reyes (1889-1959) escritor, poeta y diplomático mexicano. Alberto Enríquez para LN

Reproducción de una carta de Reyes a García Monge. Alberto Enríquez para LN

Reproducción de una carta de García Monge a Reyes. Alberto Enríquez para LN

Primera edición de Visión de Anáhuac , publicada en Costa Rica. Alicia Reyes para LN
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