Érase una vez, en una hacienda cafetalera, una pareja de enamorados: Eugenia y Rodrigo. Rodrigo parte a realizar estudios de derecho, a la ciudad, donde conoce a una actriz de quien se enamora. Lo acusan de robarle una joya, pero resulta inocente y retorna a la hacienda, donde se reencuentra con Eugenia.
Con esa historia de amor comienza la producción de cine en Costa Rica: se llama El retorno y la filmaron en 1930, a fines de la era silente. En ella se nos sugieren instrucciones para mirar la realidad: los valores tradicionales campesinos están amenazados por los urbanos. La “mala” citadina rompe el amor, y la ciudad corrompe la Costa Rica del labriego sencillo.
Para construir con imágenes una “Costa Rica vergel de Centro América, tierra de amor y de ensueño”, tal como dice la película, se hace esta ecuación: Costa Rica > territorio cafetalero del Valle Central. La hacienda cafetalera es el resumen, la metáfora del país.
La hacienda de los Aguilar posee un lago y una casa con corredor de baranda. La familia se reúne en torno a la mesa servida en hermosas vajillas. Las tomas idealizan a los peones y se recurre al himno nacional para llamarlos “labriegos sencillos”, tras la faena “que enrojece del hombre la faz”. Las secuencias tomadas en la ciudad muestran personajes de clase media urbana.
Pese a la evidente intención de hacer una demostración de “lo nacional”, El retorno no fue copia de la realidad del momento, y sus “olvidos” dicen mucho. En la cinta no hay negros ni indígenas; no hay alusión a la crisis de 1929 ni se menciona la pobreza campesina que creció con esa crisis. Si no es la realidad histórica, ¿qué aparece en El retorno y, en general, en nuestro cine?
Elvira no cambia. No haremos un recorrido histórico por el cine costarricense –esto ya lo hizo María Lourdes Cortés–; pero podríamos intentar observar, en momentos elegidos, de qué manera registra el cine las redes imaginarias que tejen la cultura.
Los personajes femeninos de El retorno siempre son definidos por otros. Las señoras que cosen sentadas se denominan en función de su marido: Marta de Aguilar, esposa de Fernando; Victoria, viuda del hermano de Fernando. La protagonista, Eugenia, “flor virginal”, es hija del hacendado Fernando Aguilar. La única que no se define en función de un hombre es una actriz, causante de los problemas por los que pasa Rodrigo cuando llega a la ciudad. Ella es la encarnación de lo extranjero y de los peligros urbanos. Con esos hilos y esas tijeras se bordaba el patriarcado.
Veinticinco años después, en 1955, la película Elvira continúa dentro de la representación de aquella comunidad imaginada. En Elvira , primera cinta nacional sonora, se escucha la canción “Por ser tan linda Costa Rica, la llaman la Suiza centroamericana”. Solo hay personajes meseteños “blancos”. La bandera y otros “símbolos nacionales” definen el territorio: un mapa de Costa Rica, el Teatro Nacional, el Club Unión (centro social oligarca) y paisajes del centro del país.
Así, hasta el decenio de 1950, las pocas películas nacionales son un “cine del blanqueamiento” pues representa la imaginada identidad cultural blanca. Ese cine negó la existencia de las lenguas y las culturas múltiples.
Hombre nuevo y rostros múltiples. Hoy se diría del “hombre nuevo” y de la “mujer nueva”, pero el lenguaje inclusivo no se usó en la década de 1970, cuando floreció el cine documental.
Hombre nuevo se llamó la serie de los filmes documentales producidos por el Centro Costarricense de Producción Cinematográfica (Centro de Cine). Desde su estructura misma, esas películas invitaban a mirar la ciudad sin idealizarla. Así, en Las cuarentas , de Víctor Vega, las imágenes del Club Unión contrastan con las de night clubs.
Los personajes de los filmes no son ya las bellas damitas, sino el sujeto-pueblo: trabajadores bananeros, prostitutas, niños desnutridos de la calle, presos... Aun cuando no se hablaba de “la mujer nueva”, Patricia Howell ( Dos veces mujer ) y Mercedes Ramírez ( La libélula del Guararí ) comienzan el cine feminista en Costa Rica.
El cine nacional de los años 90 rompió mitos; se planteó, con humor y crítica, qué es Costa Rica. Un videoclip de Jurgen Ureña, Espejismos , muestra las imágenes emblemáticas de la ciudad de San José y la cotidianeidad de personajes urbanos reflejados en un espejo. De corta duración, es cine de profundos interrogantes: ¿es el cine un espejo de nuestra realidad? ¿Es un espejismo el dicho “pura vida”?
Ya a comienzos del siglo XXI, se reivindican prácticas culturales consideradas subalternas ( Se prohíbe bailar suin , de Gabriela Hernández). En Ellas se aman , de Laura Astorga, se evidencian las nuevas modalidades de contrataciones laborales maquileras. Aparecen la belleza del paisaje limonense (¡no meseteño!) y los movimientos ecologistas en Caribe , de Esteban Ramírez. La cultura de los jóvenes urbanos surge en Rojo atardecer .
Esta breve enumeración deja fuera valiosas producciones, más recientes, pero al menos recordemos a Paz Fábrega, cuyo cortometraje Cuilos relata la vida cotidiana familiar de personajes urbanos.
La aparición del video ha abaratado costos y ha permitido tomas desde el periplo cotidiano de los personajes. Tal es el caso del largometraje El camino , de Ishtar Yasin, cinta que relata la migración con rostro de mujer.
Memoria urbana. De difícil registro, el cine puede mostrar las representaciones sociales que los cineastas tienen sobre el espacio. Las cintas son así un soporte de la memoria urbana y de las territorialidades.
En El retorno , la fotografía de Walter Bolandi captura el San José y el Cartago de los años 30: el parque Morazán, la catedral, el Teatro Nacional, el Monumento Nacional, la basílica de Cartago, el valle de Orosi y las jerarquías sociales de la vida de la hacienda. Unas tomas de la pavimentación de la avenida de los Damas, en 1936, registran dicha nomenclatura.
En Elvira , los edificios de cuatro pisos muestran el proceso de cambio urbano del San José de los años 50. Ubicada en el centro de la ciudad, la catedral de San José marcaba el rango del poder que ostentaba la Iglesia Católica.
En la moviola del Centro de Cine pueden verse viejas tomas que recuerdan aquel remoto tiempo, cuando se vivía sin miedo. San José era entonces un lugar donde se viajaba en tranvía y donde los niños jugaban y montaban bicicleta en el parque Morazán. Hoy, la inseguridad y el temor urbanos quedan registrados en Doble llave y cadena, del joven cineasta Hernán Jiménez.
Si el escenario propicio al amor fue el campo, el flechazo de hoy puede ocurrir en un “mall” (como en Gestación , de Esteban Ramírez).
El “cine del blanqueamiento” habló de la oposición rural-urbana y miró con el ojo de la oligarquía cafetalera. El cine del hombre nuevo quebró viejos mitos y dirigió el lente a la llaga de los olvidados. El cine de múltiples rostros apuesta por cambios culturales: tiene la ciudad como escenario privilegiado y observa el territorio nacional como paisaje múltiple. La cámara mira el mundo desde los propios personajes cotidianos.
El cine no es copia de la realidad, pero guarda y resguarda la memoria de los olvidos. El cine deposita los valores intangibles de la cultura.
LA AUTORA ES SOCIÓLOGA E INTEGRANTE DE ICOMOS (CONSEJO MUNDIAL DE MONUMENTOS Y SITIOS).
FOTOS

Anuncio de la película Elvira , de 1955. Centro de Cine para LN

Fotograma de la película El camino, de Ishtar Yasin. Archivo

Imagen del documental Las cuarentas, de Víctor Vega. Centro de Cine para LN
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