Sin quererlo ni preverlo, una película norteamericana y una novela policial chilena han coincidido en asuntos que muchos prefieren ocultar: la complici-dad en crímenes y la culpa que los responsables podrían sentir.
La cinta es El lector , de Stephen Daldry, ambientada en la Alemania de la segunda posguerra, y la novela es La oscura memoria de las armas, de Ramón Díaz Eterovic, situada en el Chile posterior a la dictadura de Augusto Pinochet: dos “traumas” sociales y dos historias paralelas.
Primer acecho. En su crítica de la película El lector , Manohla Dargis, publicada en el New York Times , rechaza la forma en la que el cine hace uso del Horror y sus ramificaciones.
Dargis toma El lector como ejemplo de un tema que no puede transformarse en belleza sin caer en el riesgo de negar su sustrato perverso. Al final de su artículo se queja de que “la película no es ni sobre el Holocausto ni sobre los alemanes que han debido enfrentarse a su legado; es más bien sobre cómo hacer al público sentirse bien con respecto a una catástrofe histórica que se desdibuja con cada nueva interpolación de buen gusto”.
Basada en una novela del alemán Bernhard Schlink, El lector fue propuesta para cinco premios Oscar, y Kate Winslet, su protagonista, obtuvo el Oscar a la mejor actriz protagónica.
Kate Winslet encarna a Hanna Schmitz, una mujer analfabeta que encuentra trabajo durante la Segunda Guerra Mundial como guarda en un campo de concentración y que participa en crímenes en masa.
En el verano de 1959, Hanna tiene un breve affaire con un chico llamado Michael Berg, quien luego es testigo del juicio contra Schmitz y cuya vida queda marcada por un dilema moral: ¿debía aportar, durante el juicio, la información que tenía sobre la mujer– un atenuante de los cargos– o debía dejarla asumir la responsabilidad total de los crímenes?
La película le ofrece al público un “contrato” –como diría el escritor israelí Amos Oz– que no se desarrolla plenamente en ningún momento. El affaire veraniego acaba abruptamente cuando la misteriosa Hanna desaparece de su apartamentito pues acaban de ofrecerle un ascenso en su trabajo que la haría más visible.
El foco de atención se dirige entonces a Michael, a su vida de clase media sin muchas novedades hasta que ingresa en la universidad para estudiar derecho y se reencuentra con Hanna.
Tanto los espectadores como Michael nos enteramos de los secretos de Hanna, de su actitud distante que la hace verse a sí misma como una simple empleada que seguía órdenes eficientemente. No hay en ella trazos claros de arrepentimiento, no puede entender cómo su trabajo de ayudar al exterminio de personas puede ser un crimen.
Al final del juicio, cuando se declara la líder de una matanza, se vislumbra en Hanna un conflicto interior: la necesidad de expiación por haber realizado algo que sobrepasa su propio entendimiento.
Años después, volvemos encontrarnos a Michael, ahora un exitoso abogado, divorciado y con una hija pequeña. A pesar de su status social Michael no es feliz y lo que parece finalmente consolarlo es el acto de recontar a Hanna –ahora mediante casetes– las historias que compartieron ese verano del 59; pero Hanna sigue encarnando algo innombrable para Michael, lo cual precipita el final de la historia.
A pesar de sus posibles defectos, El lector es un buen esfuerzo por abordar el tema de la culpa generacional, de la verdad histórica, de los procesos individuales y colectivos con los que se exorciza el Horror. Omite seguir más de cerca a Hanna y a la vez deja incompleto el dilema de Michael, aunque trate privilegiadamente su punto de vista.
Por otra parte, el castigo al “pequeño criminal” de guerra frente a quienes orquestaron las masacres es otro tema sugerente que se pierde hacia el final de la película.
Segundo acecho. Esta novela del chileno Ramón Díaz Eterovic podría ser el otro lado de la moneda, no solamente por el aspecto geográfico y cultural, sino por su reflexión en torno a la paradoja entre una pretendida normalidad social y la culpa por crímenes contra la humanidad.
La historia se desarrolla en el Chile contemporáneo, donde un oscuro personaje es asesinado supuestamente durante un asalto. El detective Heredia asume el caso y descubre que tras el crimen se halla un intento de ocultar la verdad sobre un centro de detención de la dictadura militar. También se trata de evitar que los torturadores y asesinos sean llevados ante la justicia.
Heredia se encuentra un país que no quiere recordar, cuyas preocupaciones procuran borrar el pasado, aunque las huellas del Horror se encuentren por todas partes. Al mismo tiempo, quienes perpetraron los crímenes han formado una suerte de sociedad secreta con el propósito de protegerse, lo cual revela que no han desaparecido por completo las redes creadas durante la dictadura. Subsisten, tienen su propia dinámica y gran capacidad de acción.
Los miembros de esas redes no sufren ningún sentimiento culpa, sino que se creen víctimas de la ingratitud. Para los torturadores, la justicia es un juguete de sus adversarios políticos y el Chile actual no pasa de ser una sociedad malagradecida, que ha olvidado el aporte de los cuerpos de seguridad del régimen de Augusto Pinochet a un presente mejor. La misma presencia de esos grupos mantiene viva una versión siniestra de la historia.
Con La oscura memoria de las armas, Díaz Eterovic vuelve a mostrar su destreza como escritor de novelas policiacas. A partir de una escritura muy limpia, va construyendo una serie de relaciones cada vez más complejas, por las cuales, mano a mano, van avanzando el lector y Heredia.
Díaz Eterovic sigue siendo además un excelente dialoguista pues sus parlamentos crean ambientes, hacen avanzar la historia y muestra, a los lectores, sutilezas de su personajes. Heredia está muy en la línea del policial hard-boiled de Chandler, Cain o Hammett: es un solitario que, desde su marginalidad, observa el entorno y lo vive sin juzgarlo.
Aunque no lo diga abiertamente, Heredia es un detective de izquierda, que no se rinde ante las promesas del proyecto modernizador de la sociedad chilena. Eso sí, se mueve por un claro imperativo moral: el sentido de justicia, que para Heredia comprende tanto la búsqueda de la verdad como la defensa del honor de las víctimas.
Volviendo a la pregunta de Dargis, pero esta vez en torno a Chile y su historia, habría que responder que sí, faltan más obras sobre la dictadura. Este tema probablemente no se agote en décadas pues, conforme pasa el tiempo, saltan nuevas aristas, se saben cosas antes ignoradas. Al menos desde una perspectiva de fuera, pesa siempre el peligro del olvido, o lo que sería peor: trivializar el Horror.
A pesar de las distancias temporales, geográficas e históricas, tanto El lector como La oscura memoria de las armas coinciden en ciertos propósitos fundamentales: la necesidad de hurgar en la memoria colectiva, los dilemas del poder y la culpa como algo que atañe a todas la generaciones y a individuos de todos los grupos y condiciones sociales, o las limitaciones de la justicia. Detrás de ambas obras queda también el eco de las víctimas, cuya versión de la historia merece siempre ser conocida.
EL AUTOR ES ESCRITOR COSTARRICENSE. SU MÁS RECIENTE LIBRO ES ‘VIAJERO QUE HUYE’ (URUK EDITORES, 2008)
FOTOS

Fotograma de El lector , película protagonizada por Kate Winslet (Hanna Schmitz) y David Kross (Michael Berg). IMDB

La oscura memoria de las armas (2008), novela policiaca publicada por el chileno Ramón Díaz Eterovic, bajo el sello Lom. www.letrasdechile.cl

Afiche de El lector (2009), del director inglés Stephen Daldry. IMDB
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