Hace unos veinte años, una cliente rechazó una acuarela que había encargado previamente porque la casita de Escazú que pidió se la habían pintado sin los encalados típicos y sin la corona de tejas característica de los cuadros de souvenir .
Para desilusión de la clienta, la artista costarricense Gisela Stradtmann (1936) le presentó una casa elaborada con una coloración y una perspectiva audaces, mas atípicas. El negocio se malogró, pero el cuadro y la anécdota perviven para confirmar el norte de una creadora que se aleja de las convenciones.
Casa de Escazú (1979) recibe al espectador en De lo visible a lo invisible , una exposición retrospectiva en la Galería Sophia Wanamaker en el Centro Cultural Costarricense Norteamericano, en Los Yoses.
La muestra relata una evolución que arranca desde una figuración realista, pasa por el paulatino predominio de la mancha y termina con una declarada abstracción.
El curador Juan Diego Roldán afirma que la exhibición “es un recorrido que muestra visualmente cómo, de lo complejo, se recurre a la simpleza, a la síntesis, a la calma”.
Maestra de acuarelistas, Stradtmann recoge 51 obras de pequeño y mediano formatos que relatan una vida con agua, papel y color.
Buena mano. La artista fue estudiante y profesora en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica. Desde 1969 se integró al taller que dirigía Margarita Bertheau (1903-1975) y en el que había otras pintoras, como Magda Santonastasio y Xenia Gordienko.
Bertheau fue la influencia más decisiva en su carrera. De esa época se ocupan los cuadros La casa de don José (1985) e Interior (1970), los cuales retratan el local que alquilaba el grupo en Escazú centro.
La exposición recoge una obra sin título de su Serie negra 1 (1977), la que rompe –una vez más– una de las convenciones de la acuarela: el uso predominante de tonos negros.
“En la acuarela hay mucho tabú. Por ejemplo, se dice que no se deben usar el blanco ni el negro, pero yo creo que, con respeto, se pueden experimentar con ellos para generar nuevas posibilidades”, dice la autora.
La muestra recoge una serie de flores, elaborada en 1982, en la cual la artista muestra el predominio de la mancha y el progresivo abandono de los contornos de las figuras.
“En algunas de estas obras ni siquiera se reconocen los contornos, sino solo los manchones que sugieren flores. Poco a poco, para mí empezaron a ser muy importantes el color y la mancha”, explica.
Una obra como La paz (1986), en la que aparece un jarrón con margaritas, se revela como un experimento de composición con manchas y figuras geométricas, una de las investigaciones que marcará la obra más reciente de Stradtmann.
Entre lo visible… también registra algunas obras con valores paisajísticos y arquitectónicos, como San Miguel de Allende (1987) y Ruinas de Cartago (1988). La figura humana aparece en el retrato Hija de don José (1978) y en varios desnudos, como Femenino (1974) y Sandrita (1985 y 1986).
Rompedora. “La última parte de su propuesta es de una exquisitez experimental y contemporánea que refleja su enorme capacidad de síntesis, diseño y cromatismo”, destaca Roldán.
En la sección superior de la galería destacan los trabajos abstractos de Stradtmann. Al espectador lo recibe Alegría sideral (1994), obra que forma parte de una serie sobre el espacio.
La exposición incorpora los tonos azulados mediante esta acuarela, los cuales han dominado en el trabajo reciente de la autora.
“El azul es un color muy difícil de manejar porque puede quedar ‘sucio’ o empastado”, advierte la pintora.
La cuidada caligrafía con la que la autora firma sus obras contrasta con la extraversión de tonalidades y formas atrapadas en sus cuadros. Además de Bolandi, Stradtmann resalta en su formación las influencias de profesores como Charles Reid, en Estados Unidos, y Francisco Alvarado y Carlos Salazar Herrera en Costa Rica.
“Yo aprendí mucho de Carlos Salazar Herrera, quien, aunque era grabador, nos daba clases de perspectiva y me recomendaba libros. Era un artista y profesor verdadero”, recuerda.
La artista ofrece una técnica rompedora –en sentido literal– con obras como Marte (2006) y Chirripó (2006). En ellas, Stradtmann pinta grandes extensiones con un color plano o levemente degradado mediante la aplicación de varias capas de veladuras. A diferencia de la apariencia de la acuarela tradicional, estas veladuras van conformando un color opaco.
Posteriormente, la artista rompe cuidadosamente los pliegos de papel y los superpone a modo de collage . La rasgadura en el papel de acuarela revela grandes fragmentos blancos que contrastan con el color plano de la pintura. El efecto es tal que, en una obra como Chirripó , las capas de papel semejan la perspectiva de las montañas vistas contra el cielo.
Despiden la exposición la obra Cardumen (2008) y una serie de abstractos del 2006 que Juan Diego Roldán identifica como la “época de los cerúleos”. En estas obras la artista usa distintos tonos de azul en un delicado juego entre el pigmento, la pincelada y el tipo de papel.
Roldán afirma que Gisela Stradtmann representa un estilo y es “una escuela completa”. De su pincel han aprendido otras reconocidas artistas, como Virginia Berrocal, Sonia Lines de Scaglietti, Sonia Vargas, Xinia Matamoros y Hannia Ruin.
“Siempre me llamó la atención la obra pura, nítida, transparente y muy limpia. En ese sentido, la acuarela me parece más espontánea y fresca”, dice la autora.
De lo visible a lo invisible narra la historia de una acuarelista que le ha exigido a la técnica más de lo que muchos se hubieran imaginado que podría dar.
FOTOS

Gisela Stradtmann (1936) se mantiene en plena actividad experimentando principalmente con lenguajes abstractos. Mario Rojas

Casa de Escazú (1979). Mario Rojas

Ruinas de Cartago (1988). Mario Rojas

La paz (1986). Mario Rojas

Marte (2006). Mario Rojas

Serie Olas (2008). Mario Rojas

Cardumen (2008). Mario Rojas
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