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Costa Rica, Domingo 25 de enero de 2009

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Música

Alma de la música

  Un maestro Robert Schumann fue un poderoso genio creador, pero murió atormentado por la locura

Jacques Sagot | jacsagot@gmail.com

Al decir de Friedrich Nietzsche, Con Robert Schumann (1810-1856) tenemos otro hombre que “nació póstumo”. Su obra fue comprendida tiempo después de su muerte, y aun cabe preguntarse: ¿se lo entiende hoy en día? La música más íntima del mundo, la más introspectiva, requiere oyentes particularmente sensibles a los secretos movimientos del alma.

“La música debe tener tres cualidades: sinceridad, sinceridad y sinceridad”, dijo Schumann alguna vez. En efecto, en él, las emociones son expresadas de una manera directa, sin ripio, sin artilugios. Consideremos su vida, donde incomparables fulgores jalonan un viaje irreversible hacia la noche.

El rincón de una biblioteca. Hijo de un bibliotecario de la ciudad sajona de Zwickau (Alemania), Schumann pasó su infancia inmerso en un mundo libresco donde las novelas de Walter Scott y la abundantísima poesía alemana de la época constituyeron sus nutrientes espirituales básicos. Se ejercitaba escribiendo versos según el modelo de Hölderlin, y hasta bien entrada su juventud tuvo la convicción de que sería recordado como poeta más que como músico. Considerando su inmensa estatura de compositor, esta creencia nos hace sonreír.

De todos los maestros de la historia de la música, Schumann es el que tuvo una cultura literaria más sólida, y eso trasluce de manera palpable en su obra. Así, sentado en el rincón de la biblioteca de su padre, iba cobrando cuerpo su genio y fecundándose su imaginación.

El suicidio de su hermana vino a quebrar este mundo contemplativo. Desde entonces, la terrible opción del suicidio se convertiría para él en una obsesión inescapable. Schumann evitaba los pisos altos, los fármacos de todo tipo y los objetos cortantes, víctima de una fijación que terminaría por vencerlo muchos años después. Sus crisis depresivas se sucedían periódicamente y alternaban con momentos de expansiva euforia.

Consciente de la fractura de su psique, Schumann crea dos personajes apócrifos, especies de alter ego : Florestán y Eusebio. El primero era apasionado, exuberante, y rebosaba salud. El segundo representaba lo nocturno y una melancolía lindante con la morbidez. En términos modernos, Schumann podría ser descrito como un “ciclador rápido”, esto es, un hombre que pendulaba entre la euforia y la depresión sin transición alguna.

La palabra del ángel. Una inmensa fuerza estabilizadora representó la joven Clara Wieck, de dieciséis años, hija de su profesor de piano, el temible Friedrich Wieck. Si alguna vez pudo hablarse de una historia de amor perfecta, es en el caso de Clara y de Robert. “Mi Fantasía en Do mayor no es otra cosa que un largo grito de amor por ti”, le escribe cuando hacía ya sus primeros pero espectaculares pasos en la composición.

La muchacha correspondió plenamente, pero hubo alguien que, por el contrario, se opuso con ferocidad: Herr Wieck. Para evitar la boda de su hija con aquel compositor sin prestigio, sin dinero, disidente de una carrera de abogado que había execrado desde el primer momento, el profesor acusó a Schumann de alcoholismo, de delincuencia, de parasitismo social…; pero nada impidió la unión de los enamorados. “Tu ‘sí’ representa el momento de más pura felicidad de mi vida”, dice Schumann.

Schumann intentó la carrera de virtuoso cuando asistió a un concierto del mítico Paganini, el violinista cuyos poderes se atribuían a un pacto con el Diablo. Para ejercitar el cuarto dedo (el punto débil de cualquier pianista) inventó un dispositivo mecánico que supuestamente le conferiría mayor fuerza e independencia. El único efecto de tan desafortunada idea fue una parálisis que acabó para siempre con sus sueños de virtuoso. Fue un doloroso golpe para él, pero una bendición para la historia de la música. Perdimos a un pianista y nos ganamos a un compositor de primera línea.

De inmediato comienzan a surgir sus primeras obras maestras: las Variaciones Abbeg , Papillons , los Intermezzi , el Carnaval , todas ellas para piano y destinadas a ser interpretadas por Clara, quien, bajo la tutela de su padre, se había convertido en una pianista de primerísima línea.

Una sabia progresión. Así pues, Schumann no fue nunca un niño prodigio, a la manera de Mozart, Mendelssohn o Liszt. Su maduración fue tardía, y su maestría, lograda en buena medida de manera autodidacta, a mediante el estudio de sus grandes predecesores, en especial Bach y Beethoven, y Schubert, de quien se sentía el gemelo espiritual.

Los primeros 19 opus de Schumann son obras para piano. Una vez dominado este medio de expresión, aborda exclusivamente el Lied (canción). A diferencia del indiscriminante Schubert (autor de 900 Lieder ), Schumann es tremendamente selectivo en la elección de sus poetas: Heine, Hölderlin, Schiller, Goethe, Byron, Eichendorff…; es decir, lo mejor de la primera generación romántica alemana e inglesa. La parte del piano tenía mucha mayor importancia que en las obras análogas de Schubert.

Casi en todos los Lieder tenemos un preludio pianístico que establece la atmósfera general del texto, varios interludios entre las estrofas del poema, y un postludio que da al piano la última palabra.

Después del Lied , Schumann se dedica a explorar la música de cámara: una gamilla de tríos, cuartetos, sonatas para violín y piano y otras obras surgen como por ensalmo de su pluma.

Finalmente, y como si se hubiese preparado toda su vida para ello, Schumann se lanza al difícil campo de la sinfonía. Nos dejaría cuatro de ellas. La inicial es la Primavera ; la tercera, la Renana . Todas son obras maestras, directas tributarias de Beethoven.

Genealogía de la música. La música alemana de los siglos XVIII, XIX y XX es como una inmensa cadena montañosa, donde se percibe una clara filiación entre sus diferentes maestros. A la manera del Génesis , podemos decir que Haydn engendró a Mozart, quien engendró a Beethoven, quien engendró a Schubert, Mendelssohn y Schumann, quien engendró a Brahms, quien engendró a Mahler.

Todos ellos están vinculados por una relación de continuidad. Entre los colosales picos encontramos apacible valles, como Weber, Spohr, Wolff… No hay otro país cuya tradición musical tenga este carácter genealógico.

Así pues, Schumann representa un de las cumbres de esta cordillera, especie de eslabón entre Beethoven y Brahms, quien fue su discípulo y amigo.

En 1852 comienza Schumann a experimentar los más fuertes embates de ese fantasma con el que había tenido que batirse toda su vida: la locura. Cree que demonios vienen a desgarrar sus entrañas, la nota La se fija en su mente noche y día, habla constantemente de la muerte… Ni Clara ni sus ocho hijos pueden hacer nada por evitar su desplome psíquico.

Un día de Carnaval de 1854, Robert sale intempestivamente de su casa, cabalga un momento sobre la baranda de un puente sobre el Rin, y se deja caer al agua. Es salvado por unos marineros (¿se puede a ello llamar “salvar”?) e internado de inmediato en el manicomio de Endenich.

Ahí pasa los dos últimos años de su vida, extinguiéndose paulatinamente. Las visitas de Clara y de su amigo Brahms poco hacen por aliviarlo. En un piano compone piezas que “le han sido dictadas por los ángeles”, y en un mapamundi emprende viajes imaginarios. En 1856 se extingue de inanición pues se había negado a comer desde meses atrás.

“Era como si yo me quedase en mi litoral y lo viera a él alejarse lentamente, sin que yo pudiera hacer nada por devolverlo a la costa. Dame fuerza, Señor, para poder vivir sin él”. Son las palabras que Clara escribe en su diario.

FOTOS

  • Nacion.com

    A Robert Schumann (1893) óleo de Henri Fantin-Latour (1836-1904) dedicado al músico. Art Renewal Center

  • Nacion.com

    Retrato de Robert Schumann,en 1839, estampado en una litografía de Joseph Kriehuber. Wikicommons

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