Uno nunca ha sido ángel de la guarda, pero sí presume lo molesta que será un alma-incordio que exija pasar un día más en este mundo. Su ángel debería explicarle que, como los diarios, las vidas tienen hora de cierre, y que la muerte, como las rotativas, no esperan. Sin embargo, es antiguo ese demandante empeño en acumular la última tardanza: a ella aludió, hace veintiún siglos, Marco Tulio Cicerón en De senectute (Sobre la ancianidad), uno de sus diálogos morales más leídos.
Los antiguos eran dados a moralizar por escrito las costumbres del futuro pues parece que la falta de perspectiva histórica les impedía moralizar las suyas. Diríase que lograron tanto éxito entre sus contemporáneos como entre nosotros.
En De senectute , Cicerón niega que la ancianidad sea siempre una edad agotada, de lentas reacciones y pálidos reflejos. Recuerda el entusiasmo con el que trabajaban los labradores de los campos sabinos. Parecía que el tiempo solo les alcanzaba para aprovechar el tiempo, y, de simplemente mirarlos, se habrían cansado las hormigas japonesas.
Cicerón los elogia con fervor y añade que, entre aquellos campesinos, “nadie es tan viejo que no espere vivir un año más” (cap. VIII), aunque sepa que, quizá mañana, la hoz de los años le negará cosechar la florecida suma de su empeño.
Luego, el sorprendido Arpinate cita un verso del poeta Estacio que debió ser el lema de aquellos campesinos: “Planta árboles que puedan aprovechar al siglo venidero”, y que, de paso, convierte al buen Estacio en precursor del ecologismo.
Al fin, Cicerón redondea su pensamiento: “Un largo tiempo de vida es suficiente para vivir bien” (cap. XIX); es decir, importa más el uso del tiempo que el tiempo; o sea, se viven obras, no días.
En el 2005, el filósofo argentino Juan José Sebreli publicó la autobiografía El tiempo de una vida . Curiosamente, o no tanto, Sebreli repite a Cicerón: “Se muere siempre demasiado pronto”; empero, “cuanto más plenamente se ha vivido, menos angustiará el avizoramiento de la frontera final” (p. 315). Los ángeles están fuera del tiempo, pero están también fuera de las obras plenas de una vida. Quizá envidien un poco nuestro privilegio de vivir.
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Pintura doméstica en Pompeya. . ARchivo
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