Gris, el color de su traje. Corbata, rayas verticales azules. Anteojos. Así lo vi al entrar en el aula. Mi compañero, sentado a mi lado, me dijo el nombre. Yo no lo conocía, pero en el cuaderno quedó, como iniciación del curso: Isaac Felipe Azofeifa. Fue el comienzo de lo que sería una relación de muchos años: profesor, compañero, jefe.
En la escuela de Letras y Filosofía, que ocupaba la sede de la escuela de Derecho, empezábamos lecciones a la una de la tarde, y siempre con don Abelardo Bonilla de entrada, a la sazón presidente de la Asamblea Legislativa. A don Isaac a veces le correspondía cerrar la tarde, después de la pausa para visitar la soda, ubicada en otro edificio, cerca del paraninfo.
Un compañero locuaz, bromista, simpático, Fernando, quien vivía al pie de Cuesta de Moras y trabajaba como locutor, imitaba la forma en que don Isaac impartía las lecciones. Ponía énfasis en la gesticulación de las manos y decía que “estaba quebrando bombillos”. “Bueno, imagínese la cantidad de vidrio que llevo”, manifestó cuando alguna vez le hablé de esa historia.
En ese tiempo nos pasamos, cambiamos de casa. Dejamos a nuestras vecinas, Ciencias Económicas y Odontología, y partimos a la incipiente ciudad universitaria; también ocupamos aulas prestadas, pertenecían a Ingeniería.
En esos días, cuando cursábamos el tercer año, don Isaac dejaba anotaciones, recados, consejos en los cuadernillos de examen, desde las generales de “bien la secuencia”, “trató bien el tema”, “debe mejorar el vocabulario”, hasta algunas más admonitorias, como “su redacción está en pañales”.
Pasaron algunos años y fue mi jefe en la escuela de Estudios Generales. ¿Cómo empezó esa relación profesor-alumno? Vio una hoja de matrícula y me dijo: “Somos coterráneos; yo también nací en Santo Domingo”. De ahí, los saludos y las conversaciones fueron frecuentes. ¿De qué hablábamos en esas pláticas? Los temas eran varios: academia y calle. “Con él se podía charlar sobre cualquier asunto” (Carlos Francisco Monge, Áncora , 1/2/09).
Gran conversador. Afloraba en palabras lo que descansaba en su mente. De la novela Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, comentaba: “Me gusta su última palabra, la esperanza” (“donde una raza buena sufre, ama y espera”).
Hablábamos de la aceptación que hubo para una obra de Rovinski, Las fisgonas de Paso Ancho ; de Óscar Castillo, revolcándose en las tablas del Teatro Nacional en el papel del emperador Jones; de Daniel Gallegos y la frase “Dios ha muerto” en La Colina .
Con motivo de un seminario sobre novelas hispanoamericanas que tuvo a cargo el profesor Seymour Menton, comentamos “la equivocación” que señaló don Alberto Cañas en relación con el escogimiento de la novela costarricense ahí analizada ( La República , 3/4/60).
En una pared, el Instituto Nacional de Seguros inscribió unas líneas de un poema de don Isaac: De veras, hijo, / ya todas las estrellas han partido. / Pero nunca se pone más oscuro / que cuando va a amanecer.
En relación con esos versos hubo comentarios: si eran de don Isaac o no. La respuesta del poeta fue sencilla, fina (muy fina). En carta al periodista Julio Rodríguez expresó:
“Para mí sería timbre de prestigio literario si pudiera decir que he tomado esa frase del texto de Lawrence que usted ha citado. Pero me llena de orgullo costarricense contarle que la frase salió de labios de una anciana guanacasteca” ( La Nación , 17/10/89).
Su vínculo con Chile era fuerte pues ahí había pasado parte esencial de su vida. “Mi profunda relación con la cultura chilena, a la que debo lo que soy como escritor y como hombre de cultura”, escribe en Vida y poesía.
Como director de Estudios Generales acogió a profesores chilenos que llegaron a Costa Rica después de septiembre de 1973. Fue labor callada, tesonera. En ningún momento, don Isaac habló de lo que realizaba. Solo una vez, indirectamente, comentó el tema con el profesor chileno Raúl Torres.
Cerca del cielo. Estuvimos en nuestro pueblo, Santo Domingo, y nos detuvimos en varios lugares. “Aquí vivió el padre Benito; después llegó el padre Mendoza. Aquí estuvo la escuela; ahora está el Centro de Salud… Ya no hay plaza frente a la iglesia del Rosario: está el parque. En la Plaza Nueva, frente a la Basílica, hubo un hermoso árbol, un pino”.
Citó la calle Ronda, en la parte norte, y el nombre de una pulpería, El Guacalillo, punto de referencia para los viajes a San Miguel. Añadió que Arturo Agüero, otro poeta, tenía algo de domingueño pues en un poema se había referido a las vecinas que iban a lavar al río Virilla.
Como paréntesis, don Isaac Felipe mencionó que, cuando Rubén Darío estuvo en Costa Rica, se refirió a los domingueños como santodomingueños y que parecían pachaes (bajás).
Las menciones seguían: el poeta Asdrúbal Villalobos; el compositor y cantante Mario Chacón; Roberto Cantillano, músico, director de bandas: todos, nombres vinculados con la tierra que fue su cuna.
Cuando se le hizo el homenaje, por habérsele dado el nombre de Isaac Felipe Azofeifa a la biblioteca municipal, se notaba que el acto le había agradado. Después de discursos, música y entrega de pergaminos, hubo un refrigerio.
Fuimos a El Ranchito, restaurante cercano a la escuela Félix Arcadio Montero, donde habíamos escuchado sus palabras. El poeta dijo que le parecía hermoso el salón de actos de la escuela, por el espacio, por la altura y también porque desde ahí se veían las Tres Marías, en las montañas del norte.
La casa donde vivió, de adobes, estaba ubicada a mitad de una cuadra. Tenía ventanas de cajones, y desde ahí “oía venir la lluvia”, según nos dice en un verso. Un vecino me contó que, en la esquina, en tierra dura, jugaban los chiquillos, y las reinas eran bolitas de vidrio
Los más grandes se divertían con las acostumbradas mejengas en calles de zacate, con marcos de piedras, pedazos de ladrillos y cañas de bambú.
Este fue su pueblo, lleno de remembranzas: “…nacido en Santo Domingo / una ciudad en medio del campo / una vieja ciudad fuera del tiempo…”. “Yo y la ciudad vivíamos cerca del cielo”.
Esta fue su casa, llena de reminiscencias: “La casa de mi infancia es de barro del suelo a la teja / y de maderas apenas descuajadas, que en otro tiempo obedecieron / hachas y azuelas en los cercanos bosques”.
Ecos de infancia. En Vida y poesía , expresa: “Partiendo de la imagen de la casa de infancia, o del comentario rural puede darse valor o alcance universal humano al motivo”. En el poema Cementerio , leemos:
“Aquí está el tío Bernabé, y el abuelo Felipe, / y la dulce madre Dulcelina;/ aquí está Rubén, mi padre, / con su mano que amonesta y bendice, / y mi hermana Abisag, que tenía la edad de la flor. / Abel, Emilio, Lucas, el padrino; / aquí están las viejas tías, Balvanera y Elena; / don Blas, don Nicanor, don Rafael, que eran los ricos; / don José, que era escultor; / don Ramón, don Albino, don Marcial, / que eran los doctos, / y en su iglesia un santo varón, Benito”. Poesía , 1972.
Nació en abril. Murió en abril. “Abril me pertenece”, comentó, para referirse al poema. “Pero hay muchos envidiosos que se han metido en este mes”, agregaba. Yo le conté que conocía a algunos: dos en Escazú, otra en Alajuela, y en Santo Domingo a un amigo, Franklin, quien llegó de Heredia. “Pero abril me pertenece”, repitió. El poema, letra grande y enmarcado, está en una pared de la oficina de mi amigo.
“Abril me pertenece / a él regreso sin remedio… / Abril me pertenece hasta mi muerte”.
Nació en abril. Murió en abril.
FOTOS

Isaac Felipe Azofeifa (1909-1997), poeta, educador y político costarricense en una foto de 1980. Archivo

Vista de la plaza y la iglesia de Santo Domingo de Heredia en 1977, pueblo natal de Isaac Felipe Azofeifa. Archivo
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