Ciencia
El gran mordisco
Avances La cibernética tuvo un extraño origen bélico y pasó por tres etapas en el siglo XX
Norbert Wiener comenzó a asistir al colegio a los siete años; a los once, ya estaba en la universidad. Durante la Segunda Guerra Mundial, Wiener recibió, del gobierno norteamericano, la tarea de crear mecanismos para la artillería antiaérea, que anticipasen la trayectoria de los aviones enemigos y los interceptasen.
El reto era este: segundos después de lanzado el proyectil antiaéreo, su objetivo se hallaría en una posición distinta. Entonces, debían perfeccionarse los dispositivos de predicción y ajuste, y no apuntar hacia la posición del avión en el momento del disparo, sino hacia una posición calculada.
¿Qué hace un exniño prodigio cuando le piden acertar en un blanco en movimiento? Wiener encontró inspiración en la antigua Grecia y en los grandes barcos que batallaban contra la lluvia, el viento y las mareas. En ese entorno caótico, si el piloto lograba mantener su mirada sobre un faro lejano, entonces podía manipular el timón, ajustándolo constantemente, hasta alcanzar su destino.
Experto en el arte de pilotar un navío, este timonel (llamado kybernetes ) observaba los efectos de cada golpe de timón, y dichos efectos eran la causa del siguiente golpe.
Esto condujo a Wiener al término cibernética , cuya noción central es la retroalimentación : las salidas del sistema son reintroducidas en este, de manera que, al tener continuamente información sobre su desempeño, el sistema puede corregir las desviaciones, ajustar su comportamiento y acercarse progresivamente a su objetivo.
La noción de retroalimentación introdujo “procesos circulares”; rompió con la idea de causalidad tradicional, en la que causas y efectos se encadenan de forma lineal. Así las cosas, la cibernética se nos aparece hasta en la sopa: cuando preparamos este platillo, tras darle una probada, le ponemos sal, atizamos el fuego o agregamos agua (según queramos salar, adelgazar o espesar el brebaje), luego volvemos a probar y seguimos en este ciclo de prueba y ajuste hasta tener la sopa en su punto.
Luego, en un sistema cibernético, los efectos vuelven sobre las causas, y la retroalimentación está representada por el ouroboros , la serpiente mítica que se muerde su propia cola.
La segunda cibernética. La idea desarrollada por Wiener se centraba en la retroalimentación negativa o “conservadora”: la intención era corregir cualquier desviación que alejara al sistema de su objetivo.
En aquel momento se consideraba que los procesos de corrección de la desviación permitían mantener la organización, en tanto que los procesos de amplificación de la desviación llevaban a la desorganización y al caos.
En 1963 (un año antes de la muerte de Wiener), Magoroh Maruyama introdujo el concepto de retroalimentación positiva, que, a diferencia de la negativa, amplifica la desviación. Esto dio nacimiento a una segunda cibernética, donde la retroalimentación positiva podía llevar a la destrucción del sistema, pero también podía convertirse en un mecanismo de creación o de reestructuración.
Maruyama propuso que, en los sistemas vivientes, la supervivencia dependía de dos procesos complementarios: la morfostasis y la morfogénesis . La primera funciona mediante la retroalimentación negativa, para mantener los estados de equilibrio. La segunda se vale de la retroalimentación positiva para intensificar los desequilibrios y generar nuevas estructuras y patrones de funcionamiento.
De este modo, las crisis y la desorganización no son necesariamente destructivas, ni el desorden y el orden se cancelan mutuamente; al contrario, la evolución de los sistemas vivientes se puede interpretar como un proceso en el que se complementan orden y desorden, morfostasis y morfogénesis.
La tercera cibernética. El pensamiento científico considera que la objetividad en la ciencia es fundamental; es decir que, frente a un mismo sistema, cualquier observador verá lo mismo. En 1958, Heinz von Foerster revisa las ideas de Wiener y concluye que este sigue aplicando el modelo de la ciencia clásica, según el cual el observador está fuera del sistema y es capaz de estudiarlo con objetividad.
Ya Immanuel Kant (gran filósofo del siglo XVIII y uno de los más influyentes pensadores modernos) había afirmado que la realidad no se encuentra “fuera” de quien la observa, sino que en cierto modo ha sido “construida” por su aparato cognoscitivo. En la misma línea, el físico cuántico Werner Heisenberg sostenía: “La realidad objetiva se ha evaporado. Lo que nosotros observamos no es la naturaleza en sí, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogación”.
En 1972, Von Foerster señala que “la objetividad es la ilusión de que las observaciones pueden hacerse sin un observador”, y propone un nuevo modelo, en el cual el observador forma parte del sistema que estudia. Así nace la tercera cibernética, conocida como “cibernética de segundo orden”.
En ese sentido, cuando alguien observa un sistema, no es un receptor pasivo de información captada por sus sentidos, sino que su conocimiento es construido activamente. De ahí la necesidad de pasar de un observador “neutral” a uno “participante” y poner a los diferentes observadores a conversar para lograr consensos acerca de los objetivos (¿qué queremos lograr?) y los procesos (¿qué se supone que está pasando?).
Tres lecciones. La primera cibernética desempeñó un papel decisivo en el surgimiento de la actual revolución tecnológica (desde la informática y las comunicaciones hasta la inteligencia artificial y la robótica); la segunda mostró que el orden y el desorden son procesos complementarios, esenciales para la evolución de los sistemas vivientes, y la tercera borró la frontera entre el observador y lo observado.
En conjunto, las cibernéticas subrayaron tres aprendizajes: primero, que no avanzamos siendo dicotómicos (“esto o lo otro”) ni a golpe de tambor (“ahora o nunca”), sino que fijamos objetivos, actuamos, observamos el resultado y volvemos a actuar. Con paciencia y pasión aprendemos de nuestros éxitos y errores; afinamos y mejoramos, y nos vamos acercando a los resultados que buscamos.
El segundo aprendizaje dicta que, así como el músculo revienta sus fibras para crecer, no es extraño que debamos destruir lo actual para dar con lo nuevo. Sin negar la veracidad del primer aprendizaje, en ocasiones una crisis puede ser un elemento positivo, que nos saca del estancamiento e impulsa un salto cualitativo hacia adelante.
El tercer aprendizaje nos recuerda que no somos observadores pasivos del mundo, sino agentes activos que construyen la realidad.
Todo ello ocurrió en menos de cuarenta años, entre 1940 y 1980. Fue un período en el que, según el famoso antropólogo Gregory Bateson, las tres cibernéticas constituyeron “el mayor mordisco a la fruta del árbol del conocimiento que la humanidad haya dado en los últimos dos mil años”.
EL AUTOR ES CONSULTOR Y MIEMBRO DE LA RED INTERNACIONAL DE ECOLOGÍA DE LOS SABERES (RIES).
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Grabado de Lucas Jennis aparecido en el tratado de alquimia titulado De Lapide Philosophico (1625). Wikicommons
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