Costa Rica, Domingo 4 de mayo de 2008

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Música

Partitura, lenguaje cifrado

  Referencia La notación musical parece intimidante a primera vista; puede variar, pero siempre es necesaria

Jacques Sagot | jacsagot@gmail.com

Sucedió en Carnegie Hall, la sala de conciertos más prestigiosa del mundo, y a teatro lleno. Rachmaninoff y Kreisler tocaban una sonata para violín y piano. De pronto, Kreisler comenzó a “descarrilarse”; se acercó a Rachmaninoff y le preguntó nerviosamente: “¿Dónde estamos?”. “En Carnegie Hall, mi querido Fritz”, respondió Sergei con voz cruel y sibilante. Poco después, Kreisler reencontró su lugar en la partitura, y el incidente no desembocó en el completo desfase de los dos monstruos.

¡Aun leyendo sus partituras pueden los músicos extraviarse! ¡Se salta uno a veces una línea leyendo un simple libro, no va uno a perder contacto con la torre de control navegando en ese infinito jeroglífico que es una partitura!

‘Perderse’. Es cuestión de un parpadeo. Entre la sístole y la diástole puede uno ya no saber donde está parado. No olviden que, al leer una partitura, el músico debe ver ora el texto, ora la posición de sus manos en el instrumento.

Una partitura es un sistema cifrado de símbolos; o sea, algo que se propone a la lectura; valga decir, un medio que pone en contacto a un emisor (el compositor) con un receptor (el escucha), todo ello a través de ese intermediario-descodificador que es el intérprete. Finalmente, una partitura es un mapa, un plano en el que seguimos el curso de una o de varias melodías, sus relieves, sus meandros.

Al intérprete corresponde tomar el utensilio y transformarlo en música viva. De lo contrario, una partitura es letra muerta, un legajo que yace en el polvoriento limbo de alguna biblioteca.

Tocar “de oído” es un talento singularísimo, que las academias –santuarios de la pedantería– han desvalorado. No todo músico –aun algunos de los más calificados– es capaz de tocar de oído.

Resulta difícil que un músico pueda abordar la música mal llamada “clásica” exclusivamente de oído, y ello por la extrema importancia que cada uno de sus detalles y parámetros suele tener. Más fácil es hacerlo con las mil vertientes de la música popular y, por supuesto, en estilos improvisatorios como el jazz, en los cuales la música brota en un instante irrepetible y, a menudo, imposible de anotar.

Bach, Mozart, Beethoven, Chopin, Liszt, Gershwin… Casi todos los grandes maestros fueron brillantes improvisadores y tocaban con frecuencia “de oído”. Luego vinieron los conservatorios a esterilizar estas prácticas con su sacralización de la partitura, y mil profesores de ceño fruncido y metrónomo inexorable.

Do, Re, Mi. Durante la Edad Media, los primeros signos de notación eran pequeños garabatos escritos sobre cada sílaba de los textos sacros para recordar a la gente si la melodía “subía” o “bajaba”. Luego vinieron los neumas (notas cuadradas) del Canto Gregoriano. Seguían siendo muy ambiguos porque no había un punto de referencia estable para establecer lo que “subía” o “bajaba”.

Por fin, apareció Guido de Arezzo (991 - circa 1033), un monje benedictino que inventó el tetragrama, con sus cuatro líneas precursoras del moderno pentagrama. Guido de Arezzo “inventó” también las notas de la escala que hoy conocemos como “mayor”. Veamos cómo procedió.

Se cantaba un himno en latín destinado a celebrar a san Juan Bautista. Cada verso del poema comenzaba respectivamente con las sílabas Ut, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si. D’Arezzo decidió tomar cada sílaba inicial y “hacer” de ella una nota musical (el Ut fue cambiado a Do posteriormente).

¡Ya teníamos tetragrama para precisar, con sus líneas paralelas, la altura de los sonidos, y el nombre de cada uno de ellos!

Partitura, sí o no. Depende de la coyuntura. Los solistas del mundo deben tocar sin partitura gracias a Liszt, quien instauró la costumbre de tocar de memoria, de conformidad con su vocación de acróbata.

¿Un pianista que sale a escena a tocar un concierto de Rachmaninoff con la partitura bajo el brazo? ¡Qué escándalo! Inmediatas suspicacias y rumores entre el público: “¿Será que no se sabe la pieza?”. Sin embargo, hubo grandes pianistas –Wanda Landowska y Myra Hess, entre ellas– que solo tocaban con partitura, y lo hacían tan espléndidamente que nadie les reclamaba nada.

En la música de cámara (sonatas para dos instrumentos, tríos, cuartetos, etc.) siempre se usa la partitura. Es una cuestión de prudencia: una cosa es que un solista se extravíe y otra que, perdiendo pie alguno de los miembros de un cuarteto, arrastre a los otros tres a la debacle.

Una vez, Mendelssohn interpretó al piano un cuarteto de su autoría con tres músicos de menor rango. Al llegar al concierto, el compositor advirtió que se le había olvidado la partitura.

¿Qué hizo? ¿Tocó sin partitura –cosa que hubiera perfectamente podido hacer–? No. Pidió que le trajeran un cuaderno cualquiera, lo colocó con toda dignidad sobre el atril, y lo hizo pasar por partitura. El concierto transcurrió maravillosamente.

La razón por la que no tocó de memoria es esta: no quería humillar a sus compañeros con la superioridad de su talento. Eso, señores, es aristocracia del espíritu. Es el gesto de un gran artista, pero también de un gran ser humano.

¿Y los directores? Estos temperamentales personajes usan la partitura según la circunstancia. Cuando acompañan a un solista, más vale tenerla bien puesta en el atril. ¿Qué tal si el solista se pierde? Solo la partitura puede servir como punto para todas las referencias posibles: “¡Salten a la letra D!”, “¡Tres compases después de M!”, “¡De vuelta a la coda!” (las diferentes secciones de una partitura están marcadas por las letras del alfabeto).

Mil veces más perentoria resulta la partitura cuando se dirige una ópera. En tales casos, el director tiene ante sí a setenta músicos (todos bien sentaditos en su foso), a un coro de cincuenta voces, a una soprano que muere de amor, a un tenor que muere de celos, a un barítono que muere de un certero golpe de espada, y a una contralto que muere porque todos los otros se mueren. ¡Quién va a estar pensando en la partitura en momentos de tan espeso patetismo!

El pobre director, titiritero prodigioso, mantiene los hilos de toda esa muchedumbre con la sola herramienta de su batuta.

¿Se imaginan ustedes la cantidad de cosas que pueden salir mal en un montaje de ópera? ¿Qué hacer en tales casos sin partitura? Un director de ópera que prescinde de partitura pone en peligro la noche por pura ostentación. ¿Para qué ejecutar saltos mortales sobre el vacío cuando se tiene la red de protección de la partitura?

Necesaria. Es imposible prescindir de partitura en el caso de alguna música contemporánea. En algunas instancias, el lenguaje es tan complejo y sobreintelectualizado, tan ajeno a la naturaleza humana y –digámoslo de una vez– abominable que mil cosas escapan al control del director o del ejecutante aun con la partitura a la vista. Nos gusta la música moderna, pero no que nos vendan una operación algebraica a guisa de obra de arte. Cada cosa en su lugar.

Aun las más avanzadas incursiones en el terreno de la música electrónica o de la música concreta requieren una forma de notación que permita su reproducción en el tiempo. Por supuesto, las partituras han cambiado, los símbolos se han modificado, y muchos músicos no usan ya el viejo pentagrama con el Do-Re-Mi del buen Guido)

Pese a todo, no importa cómo esté concebido el texto musical, este será siempre partitura.

La primera vez que vemos una partitura tradicional nos produce la misma impresión: un montón de hormiguitas colgando de una hoja de papel. No está mal... Tengamos únicamente en cuenta que esas hormiguitas nunca cobrarán vida sin la mano del músico que las anima y las libera de sus constrictivos márgenes.

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Misal del convento dominico de Lausana (Suiza). Copiado alrededor de 1240, es el más viejo que se conoce de su tipo. Actualmente permanece en el Museo Histórico de Lausana. Wikicommons

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