Costa Rica, Domingo 30 de marzo de 2008

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Música

Alianza con lo eterno

  Ducentésimo año En 1808, Ludwig van Beethoven escribió dos célebres sinfonías ‘opuestas’ entre sí

Jacques Sagot | jacsagot@gmail.com

Todo concierto tiene sus grandes o pequeños accidentes, y la sinfonía Pastoral es un poco ingrata con el timbalero. El estreno se produjo el 22 de diciembre de 1808, con varios pasajes leídos a primera vista pues Beethoven no tenía dinero para costearse suficientes ensayos. El timbal solo aparece en el cuarto movimiento, para la escena de la tormenta. Casi media hora esperando, con los brazos cruzados, el pobre músico se adormila con la “Escena junto al arroyo”.

Se desatan los elementos, el director hace gestos desesperados al timbalero. Este se despabila y entra tarde. Tormenta fallida, sin truenos ni relámpagos. El estreno fue un fracaso. Pueden ustedes imaginarse la furia de Beethoven…

El santuario. La Pastoral es la gran égloga musical del hombre que alguna vez escribió: “¡Oh, Dios, qué majestad en los profundos bosques! En el reposo en la naturaleza está el reposo para servirte. Cuando camino por el bosque, cada árbol parece decirme: ‘¡Santo, santo, santo!’”.

De esta mística comunión con la naturaleza brotarán, una tras otra, las obras maestras que Beethoven esbozaba en sus libretas de apuntes durante sus largas caminatas a través de la campiña vienesa.

Hoy en día existe, en los alrededores de la ciudad, un sendero conocido como Beethovengang (la vereda de Beethoven), que, según parece, era uno de los senderos favoritos del maestro.

“Aquí compuse la escena junto al arroyo. Allá, en las copas de los árboles, las oropéndolas, los cuclillos y los ruiseñores la compusieron conmigo”, confesaría en cierta ocasión a su amigo Schindler

Largas y fecundas eran sus excursiones a Heiligenstadt (ahí escribió el desgarrador testamento donde por primera vez alude al drama de su sordera), Hetzendorf y Döbling, los pueblitos donde lo llevaban sus pasos.

“Amo más a un árbol que a un hombre”, dijo alguna vez, llevado sin duda por la misantropía en la que su enfermedad le había sumido.

A Teresa Malfatti, de quien estaba enamorado, escribió: “En medio de la naturaleza soy feliz como un niño. Me llena de alegría errar a través de los bosques, los arbustos, los árboles, los floridos peñascos. ¡Ningún hombre puede amar la campiña tanto como yo! Si tan solo la naturaleza pudiera devolverme los ecos que de ella espero!”.

La diferencia. Dos referentes literarios son harto significativos: Las confesiones y ensueños de un caminante solitario , del francés Rousseau, que Beethoven conoció en una traducción del poeta alemán Klopstock (1724-1803), y la obra del gran poeta inglés Wordsworth (1770-1850), quien había nacido el mismo año que Beethoven y era admirador ferviente de Rousseau.

La Pastoral es la única sinfonía de Beethoven que “narra” una serie de eventos extramusicales. Es lo que luego se llamaría música “programática” o “descriptiva”. Los títulos de los cinco movimientos trazan una jornada en el campo: I, “Alegres sentimientos que se despiertan al llegar a la campiña”; II, “Escena junto al arroyo”; III, “Alegre reunión de campesinos”; IV, “Tormenta”; V, “Gratitud por la vuelta a la calma”.

¿Dónde encontramos un antecedente musical de características similares? Adivina, adivinador… ¡Pues en las Cuatro estaciones , de Vivaldi!

En vano buscaremos en la Pastoral el preciosismo de los melifluos pastorcillos de Lebrun; o la cartesiana geometría de los jardines de Versalles, trazados a escuadra y compás; ni mucho menos el eco de los bucólicos retozos de María Antonieta, que en sus tardes de ocio (casi todas) se entretenía jugando en los jardines de su palacio con un séquito de cortesanos embozados en pastoriles disfraces: postreros exponentes de una sociedad moribunda que se solazaba bailando la gavota sobre el cráter de un volcán a punto de estallar.

Contrastes. La naturaleza de Beethoven no es la de Fragonard y Boucher. Después de los torrentes de sangre de la Revolución Francesa y las campañas napoleónicas, se hacía ya imposible seguir alimentando la ilusión de que Europa vivía “en el mejor de los mundos posibles” (Leibiniz).

Ese universo en el que los pastorcillos nunca riñen, los rebaños no se desbocan y los arroyos jamás se salen de sus cauces, había perdido para siempre su vigencia social y estética. La sensibilidad de Occidente estaba madura ya para la purificadora tormenta de la Pastoral .

La naturaleza de Beethoven no se deja poner corsé. Corre libre y desmelenada, derramando por doquier esa belleza caótica en la que el hombre sensible sabe sin embargo discernir las leyes eternas del orden y la armonía. A la campiña vienesa, con sus bosques legendarios y sus rústicas aldeas, canta Beethoven en su sinfonía Pastoral .

Resulta casi incomprensible que una obra tan idílica haya sido compuesta al mismo tiempo que la dramática y tempestuosa Quinta sinfonía .

Históricamente se trata de obras gemelas, y, sin embargo, ¡qué diferencia abismal entre una y otra! Es risueña y hospitalaria la naturaleza que celebra Beethoven, albergue del peregrino extenuado por las largas caminatas, remanso de paz del cavilador taciturno que huye del mundo para reencontrarse a sí mismo en la soledad del bosque umbrío.

Certeza. La Quinta es combate interior; la Pastoral , reconciliación con el mundo a través de la naturaleza. Sin embargo, esta es una naturaleza capaz de sacudirse, con una inopinada tormenta, a esas hormigas pensantes que recorren desprevenidas sus espaldas.

Precisamente para dar cabida a la tormenta, Beethoven añade un quinto movimiento (¡tremenda trasgresión!) a los cuatro estipulados por el esquema de la sinfonía clásica que legó Haydn.

El bosque reverdecido se convierte en una alegoría del triunfo de la vida, eternamente renovada en el ciclo de las estaciones. Tan pronto surgida a la vida, la música se esfuma para siempre. Es un instante puro; y por eso siempre reverdece, no cesa de nacer.

Por una parte, para Beethoven, está la insobornable conciencia de su transitoriedad como ser humano; por otra, la íntima certeza de que, a través de la belleza, su vida había sido bendecida con una alianza con lo eterno.

Tal era la existencial contradicción en que se debatía Beethoven. Él sabía que, en un mundo hecho de efímeros espejismos, ni la naturaleza ni la música pasarían. Por esto hizo de ellas su morada.

Música

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Toda música es hija de la naturaleza. Esta fue ella la primera profesora de música que tuvimos. Nos enseñó el ritmo primal a través del pálpito materno, y nos hará descubrir después el ritmo de las estaciones, de los ciclos vitales, del oleaje, del desplazamiento de las estrellas. Ritmo, siempre ritmo.

“A través de la razón nos hacemos amos y posesores de la naturaleza”, dice Descartes en su Discurso del método . ¿Alguien le preguntó a la naturaleza si quería ser amaestrada y poseída? Tal vez bastaba con amarla y celebrarla. Tal vez necesitaba poetas más bien que violadores. Cantarla y no saquearla: fue precisamente lo que hizo Beethoven.

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Ludwig van Beethoven (1770-1827) compositor alemán de música académica. Se le considera como el principal precursor de la transición del clasicismo al romanticismo. Archivo

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