Literatura
Dos siglos de edad
Influencia El poeta romántico español José de Espronceda dejó una estela en Costa Rica
Hace doscientos años, y a punto de llegar la primavera, en un pequeño pueblo de Badajoz (España) nació un individuo hecho para su época. A sus veintidós años se había convertido en un popular poeta, en un ciudadano político y en un enamorado trágico; es decir, en un romántico: José de Espronceda.
Muchos lo leyeron en su tiempo y la influencia sobre sus coetáneos fue notable. Después de su temprana muerte –el bardo tenía treinta y cuatro años– empezaron a menudear las ediciones de su poesía y con ellas más difusión y celebridad. Ya sus principales obras circulaban en Hispanoamérica en la segunda mitad del siglo XIX.
Para unos, grandilocuente y atildado; para otros, el mejor romántico español, junto a Larra; para algunos más, el modelo ideal de una poesía rica e inimitable. ¿Inimitable? Tal vez no; una buena parte de la lírica hispanoamericana, escrita a finales del siglo XIX, sigue sin confusión ciertas huellas esproncedianas, en su tono, en sus temas, en sus palabras.
Espronceda en Costa Rica. ¿Leyeron en Costa Rica a Espronceda nuestros mayores? Es difícil afirmarlo con certeza, aunque es de suponer que así haya sido. Era un poeta popular y ediciones importantes de su obra llegaron a algunas bibliotecas costarricenses. Por ejemplo, la de la familia herediana González Flores, buena parte de la cual la conserva la Sala de Libros Antiguos y Especiales, de la Universidad Nacional. Seguramente ellos –Alfredo, Luis Felipe, Víctor Manuel– lo leyeron atentos, con fruición y devoción; sobre todo uno de ellos, que también escribía poesía.
En esa colección de la Universidad Nacional hay algunas ediciones de Espronceda; una de ellas muy valiosa: sus Obras poéticas , publicada en París por Garnier Hermanos, en 1873. Es célebre por el prólogo de García de Villalta y una extensa biografía elaborada por Antonio Ferrer del Río, ambos notables críticos de la época.
Junto a esa joya hay otras ediciones: unas Poesías (Madrid, 1878), El diablo mundo (Madrid, 1882), Obras poéticas (París, 1905), y, con el mismo título, otra edición de Madrid, de 1906. Le perteneció, por la firma que aparece en la primera página, al poeta costarricense Enrique Hine; como su hermano Luis, fue de temple modernista, pero marcado por los ecos del romanticismo decimonónico. Lo probable es que hubiera leído no solo a Espronceda, sino también a otras voces de la época: Zorrilla, Campoamor, Núñez de Arce, Bécquer.
Libros, papel y pluma. José de Espronceda fue, entre aquellas preferencias, el romántico español que se leyó en el silencio de la habitación y que se recitó en veladas y reuniones literarias en el San José de finales del siglo XIX y principios del siguiente. Lo dicen los poemas costarricenses publicados por esa época, como la Lira costarricense , primera asamblea poética nacional aparecida en 1890.
Visto desde hoy día, Espronceda fue un poeta que gozó de renombre; muchos de sus versos estaban en boca de todos y sus obras las recibieron con esmero importantes editores. Una fama literaria acompañada por la notoriedad de su intensa labor política y su no menos conocida vida personal, salpicada de amoríos, raptos, separaciones y trágicas pérdidas. Fue poeta, soldado y amante; un modelo perfecto del romántico.
Pero los nuestros solo pudieron hacer de poetas. Los de la Lira costarricense fueron ocasionales; es inferible de las pequeñas notas biográficas que el compilador redacta, con generosidad, de cada uno de ellos. Fueron románticos de papel. Su retórica, el tono, los temas, las inclinaciones y gestos, son herencia del romanticismo español y de ciertos conceptos literarios visibles en los poemas de Espronceda.
Como no podía ser de otro modo, los poemas costarricenses decimonónicos nacieron de las lecturas y de las simpatías, si se tiene en cuenta que las letras criollas contaban entonces con escaso recorrido.
Interesante es el “rostro” que ofrece Aquileo J. Echeverría, nuestro poeta nacionalista y vernacular, muy distinto de su talante sonriente y cordial con el campesino y su lenguaje. Y todo por una paradoja: la Lira fue la antípoda estética del nacionalismo literario y, al mismo tiempo, la inauguración de la historia de la lírica costarricense.
Imitaciones e invitaciones. En su momento, los poemas de Espronceda fueron un modelo de escritura, casi una fórmula para hacer versos. El sello de su obra tiene mucho que ver con lo que se esperaba entonces de un poeta: exaltado, enfático, pegadizo, con un léxico impetuoso.
Los suyos son poemas a la patria, a sus héroes; hay elegías, homenajes, añoranzas, poemas amatorios, leyendas versificadas, cantos a la naturaleza (y el mar como uno de los temas recurrentes). Queda un poco más cerca del estilo de Núñez de Arce que del intimismo de Bécquer, pero fue la suya una retórica cultivada con esmero y con conciencia de su trabajo.
En ese modelo literario tiene su origen la que habría que llamar, sin remedio, la poesía culta costarricense; es decir, la escrita por quienes por su instrucción, sus intereses, sus lecturas y hasta su posición social, también decidieron probarse en el oficio. Son nuestros poetas de la Lira costarricense y, quizá, algunos otros posteriores.
Por sus temas, el “esproncedismo” está en los invitados a aquella vieja antología tica: en Alfaro Cooper, en Juan Diego Braun, en Justo A. Facio, en Luis R. Flores, en Pedro Jovel, en Félix Mata Valle, todos hoy poetas casi olvidados por editoriales, historias literarias y cátedras universitarias.
No hacían poemas políticos sino versos patrióticos: al 15 de setiembre, a la Unión Centroamericana, a Juan Santamaría, al volcán Irazú, a la libertad. Hay poemas de temas marinos, tan gratos a Espronceda: playas, bajeles, crepúsculos, naves procelosas, noches de tormenta, vientos huracanados.
También muy a tono con el peninsular, los enlirados ticos cumplieron un ritual de temas inevitables: la brevedad del placer y de la vida, el destino errante, las ilusiones rotas, la luna indiferente, los recuerdos fatales.
Si vamos a las palabras, nuestros poetas también abundaron en cierto léxico sembrado por el Romanticismo; corren por aquí y allá arpegios, laureles, suspiros, piélagos, desengaños, agonías, ayes, almas enfermas, pechos lacerados, noches umbrías, infortunios, sombras del destino, delirios, montes escarpados, torpes liras. Sobre todo eso: torpes liras; es decir, la trampa de lo inefable en la que suele caer cierta poética del estoicismo: lo que no se puede explicar con palabras.
Versos para la memoria. Espronceda dejó muchos versos memorables y memorizables, que pasaron a declamarse en veladas y recepciones. Seguramente las paredes de nuestros escasos salones literarios grabaron aquellos: “que es mi barco mi tesoro, / que es mi dios la libertad, / mi ley, la fuerza y el viento, / mi única patria, la mar”.
También se pudieron haber dicho versos de Bécquer, Zorrilla, Pastor Díaz, junto a los de Juan de Dios Peza o Manuel Acuña, neorrománticos de los lares hispanoamericanos. Una buena exploración en revistas, periódicos y álbumes privados da prueba de ello. Leer poesía era leer versos románticos. Es la pequeña crónica de unas lecturas que le fueron dando espacio a una historia literaria.
EL AUTOR ES POETA, CRÍTICO, ENSAYISTA Y CATEDRÁTICO COSTARRICENSE. ENTRE OTROS LIBROS, HA PUBLICADO LA ANTOLOGÍA ‘COSTA RICA: POESÍA ESCOGIDA’ (1998) Y ‘LA RAMA DEL FRESNO’ (ENSAYOS, 1999).
FOTOS

José de Espronceda (1808-1842), poeta considerado como el más destacado romántico español. Wikicommons

Poesía de José de Espronceda en una edición francesa de 1905. Bertold Salas para LN
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