Ciencia
Herminia y el heladero
Azar y voluntad ¿Podemos realizar bien algo? Todo depende de nuestra propia convicción ... y de la opinión ajena
Imagínese caminando por la playa a media tarde. Puerto Viejo quedó atrás, y usted avanza por una angosta franja de arena que es atacada por las olas y por la selva que se abalanza sobre el mar.
A pocos metros, usted distingue una figura sentada sobre las rocas: es un pescador que teje sus redes. Añoso y tranquilo, se deja escuchar por quien se acerque, mientras conversa con el mar. Un extremo de la malla se ha enredado, pero al viejo no parece preocuparle el amasijo de cuerda y lastres y dice: “La mayoría de los problemas se resuelven solos si no nos metemos con ellos”.
Opiniones… Junto a las olas, una niña acaba de encontrar un hermoso caracol; “Algunas personas nacen con buena suerte”, afirma el veterano, sonriendo. Luego ve un grueso nubarrón en el horizonte y apunta: “Cuando algo malo va a suceder, sucederá sin importar lo que se haga para tratar de evitarlo”. Usted se despide y continúa su paseo.
Playa abajo se encuentra con un heladero. Animoso y conversador, el segundo personaje decide acompañarlo. Sin mucho éxito, unos veraneantes luchan por proteger su castillo de arena del embate de la marea. Otro grupo ha edificado su castillo más retirado del mar y trabaja sin problemas. “Es mejor ser inteligente que tener suerte”, expresa el heladero.
Tras las palmeras, se deja ver el techo herrumbrado de la escuela de Manzanillo. Chicas y chicos han salido al corredor a esperar al amigo que les trae helados y les cuenta fábulas.
“Si alguien estudia con suficientes ganas, puede pasar cualquier materia”, dice el heladero, enjugándose el sudor de la frente. Luego, recordando los consejos de su abuela, agrega: “Las personas pueden lograr lo que quieran con sólo seguir intentándolo”.
Dispuesto a tomar una siesta bajo las palmeras, su acompañante le hace un guiño de despedida. Usted sigue rumbo a la punta de Manzanillo, pensando en el heladero y el pescador. No cabe duda de que los dos personajes tienen ideas muy diferentes acerca de “cómo son las cosas”.
Aunque las dos perspectivas encierran algo de verdad, usted no deja de preguntarse: “¿Cuál de las dos se acerca más a mi propia visión del mundo: la del heladero o la del pescador?”.
Al repasarlas mentalmente, una de las dos visiones le parece más acertada, así que se detiene por un instante, toma un largo sorbo de brisa marina y hace su elección.
Dentro y fuera. El heladero y el pescador representan dos modos de ver el mundo. En 1965, el psicólogo Julian Rotter acuñó el término “locus [lugar] de control” para describir una mayor o menor tendencia de las personas a responsabilizarse por los eventos (positivos, negativos o neutros) que experimentan.
Así, las personas con locus de control interno (como el heladero) perciben que los eventos están bajo su control personal y ocurren como resultado de sus propias acciones. Estas personas consideran positivamente el esfuerzo y la habilidad personal, tienden a responsa-bilizarse por sus actos y sienten que poseen control sobre su destino.
Por su lado, los individuos con mayor tendencia al locus de control externo (como el pescador) tienden a ubicar el control fuera de ellos y a atribuir sus éxitos o fracasos a la presencia de fuerzas externas (el azar, el destino, la suerte o el poder de otros).
Claro está que el locus de control no representa dos categorías separadas (donde cada cual es puramente externalizador o internalizador); más bien, se trata de una escala donde algunas personas tienden hacia el locus externo, en tanto que otras lo hacen hacia el interno.
Además, el locus no estudia si el control nace realmente de fuentes externas o internas, sino el modo en que cada individuo percibe las cosas. No es lo mismo pensar que nuestro futuro está determinado por nuestras propias habilidades, que creer que dependemos de la suerte y la voluntad de otros. Esta percepción determina cómo vemos el mundo y las posibilidades que abrimos o cerramos.
En general, las personas provistas de un locus de control interno muestran una mayor capacidad para trabajar en el mejoramiento personal, tolerar situaciones ambiguas y correr riesgos; atribuyen sus logros a su propio esfuerzo y habilidades, pero también aceptan sus fracasos y experimentan la culpa y la vergüenza con más intensidad que los individuos de locus externo.
Por su parte, esos últimos atribuyen sus éxitos a la buena suerte y consideran que la casualidad resolverá sus problemas; achacan sus fracasos a la mala suerte, la mala voluntad de otros y a que “les tocó la tarea más difícil”.
El psicólogo Martin Seligman postuló una condición psicológica llamada indefensión aprendida . En tal estado, una persona aprende a creer que está indefensa, que no tiene ningún control sobre la situación en la que se encuentra y que cualquier cosa que haga es inútil. Los individuos orientados al locus de control externo son más propensos a caer en la indefensión aprendida.
El color de la esperanza. El mar está aún más azul cuando usted inicia el camino de regreso. Cerca de la escuela, una maestra aprovecha el recreo para caminar por la playa mientras sus estudiantes se agolpan alrededor del heladero.
Su nombre es Herminia Brown, y atiende el quinto y el sexto grados. Por las tardes, ha asumido una clase de recuperación para estudiantes que han fallado en las pruebas trimestrales.
Para ella, las malas notas nacen de la actitud con la que los estudiantes afrontan el aprendizaje. Dice: “En muchos encuentro una baja esperanza activa , una inclinación muy débil a actuar para convertir sus esperanzas en realidades; lejos de afrontar sus retos con optimismo y confianza, esperan salir bien porque el examen esté fácil, la profesora los considere o tengan suerte”.
Herminia quiere que sus estudiantes presten más atención a las fábulas que les cuenta el heladero, que a las historias del pescador. De sus lecturas en la universidad, rescata la importancia que el pedagogo brasileño Paulo Freire daba a la esperanza activa: una esperanza que no es pura espera y pasividad, sino protagonismo y lucha por sostener y construir un sueño.
La profesora sonríe. Tiene los dientes grandes y perlados, pero su sonrisa viene de adentro: de su locus de control interno. Llama a sus estudiantes de regreso al aula y sabe dos cosas: que la mala suerte no puede dañar a quien confía en sus propios recursos; y que los deseos, los sueños y los anhelos solo sirven cuando alimentan una esperanza que es acción.
Usted está sentado en la playa; el heladero ya partió, y el Sol se hunde en el mar. Es hora de volver al hotel, que está a poco más de dos kilómetros de distancia. Si usted apuesta por la esperanza pasiva, lo más probable es que lo sorprendan la noche y la marea alta. Mejor será abrazar la esperanza activa, ponerse de pie… y comenzar a caminar.
EL AUTOR ES CONSULTOR Y MIEMBRO DE LA RED INTERNACIONAL DE ECOLOGÍA DE LOS SABERES (RIES).
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Caribe (2007), acuarela de la artista nacional Flora Zeledón. Archivo
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