En una oportunidad no muy remota, un conocido literato español –cuyo nombre nos reservamos para protección de su buena fama– afirmó que el Faust de Gounod contenía la mayor cantidad de temas silbables durante la rutina del afeitado. Sin embargo, no es solamente esa su condición de popularidad pues, como dice acertadamente el musicólogo francés Pierre-Jean Rémy, Faust es un poco la suma de “todas las músicas con las que hemos sido educados y que hemos cantado desde niños”.
En todo caso, en sus inconclusas Memoires , Charles-François Gounod reconoce haber roto muchas lanzas en su tarea de promover en la ópera “un estilo lírico, prolijo y de recato, que abordase con extrema dulzura los pasajes de mayor dramatismo”.
Resulta indudable que, al igual que lo hicieron Tomás Luis de Victoria, Giovanni Martini y un poco Vivaldi, Gounod siempre tuvo un pie en el convento y otro en el podio (¿deberíamos decir mejor “una mano en el Rosario y otra en el pentagrama”?). De hecho, durante mucho tiempo, el músico procuraba que se lo llamase Abate Gounod. Su perpetuo amor y admiración por Palestrina y su estilo lo llevaron a crear música trascendente con una línea melódica singularmente hermosa.
El mito de Faust . Faust es un mito, como lo es Don Juan , y ambos –mitos cristianos al fin– generan una inmensa e insoslayable moraleja: la futilidad de las ambiciones humanas. Por ello, para un occidental de nuestro tiempo, Faust es un triste Don Juan que llora los tiempos idos, invoca al Maligno, pacta con él y al final no sabe para qué puesto que no capitaliza las ventajas de su situación.
No obstante, la leyenda del Medioevo con relación al sabio alquimista que pacta con el diablo, es típicamente sajona. Según una obra de Walter Scott ( The Anticuary ), su nombre original era Fust y la leyenda popular lo ascendió a la homologación con el propio demonio, merced a las artes adquiridas en su singular contrato.
La primera concreción poética de tal mito ocurre en la propia Inglaterra con The Tragical History of the Life and Death of Doctor Faustus, de Christopher Marlowe, contemporáneo de Shakespeare, y estructurada en verso blanco isabelino. Es, pues, un drama occidental por excelencia.
A pesar de su incierta vocación, que lo enclaustra en varias oportunidades, Gounod vuelve una y otra vez a retomar su gigantesca obra hasta culminar con la quintaesencia de la melodía.
Ya desde sus estudios en el Conservatorio de París, el Maestro imaginaba un bosquejo de la obra: existen esbozos de una pieza para órgano (otra de sus grandes pasiones), y ellos integraron algunas de las contagiosas melodías que jalonan su gran obra.
Su primera peregrinación a Italia y Alemania, en 1838, lo hace concluir sus primeros esbozos de su inmortal ópera, Faust (o Fausto para complacer a don Beto Cañas). En su saco de viaje, Gounod portaba un ejemplar en francés de la obra de Goethe, y al leerlo tomaba apuntes en un cuaderno.
Se sabe además que, en una rara escena nocturna ocurrida en la isla de Capri, de un plumazo bosquejó toda la escena del Walpurgisnacht (Noche de Walpurgis). El contacto personal con Mendelssohn –otro gran organista y melodista– catapultó definitivamente a Gounod hacia la composición.
Ya en Roma, tuvo largas conversaciones con la célebre cantante (y afortunada compositora) Pauline Viardot, hija del gran tenor y maestro de canto Manuel García, paradigma por excelencia del bel canto . Esos diálogos lo ayudaron a la concepción básica de algunas escenas y del propio personaje Marguerite . Gounod dedicó personalmente su ópera Sapho a Viardot.
El Faust francés. En contraste con Faust , Gounod no pactó con el diablo, sino con el buen Dios. Por ello se ha dicho que, a diferencia del drama de Goethe –con un protagonista impertérrito y atemporal–, la ópera francesa revela toda la intensidad de un perfecto drama burgués. Los personajes de la obra de Gounod –o de sus libretistas Barbier y Carré– no reprimen el exteriorizar sus sentimientos.
En la ópera, la encarnación del Mal –el misántropo Mefisto– es apostrofado por Faust como démon moqueur (demonio burlón), aunque en la obra de Goethe tiene un carácter diametralmente opuesto.
Méphistophélès se autodefine como “el espíritu que siempre niega, y con razón, pues todo cuanto tiene principio merece ser aniquilado”. Tal vez dicho contraste sea producto del clásico espíritu francés que, con sutil ironía, boceta un demonio que no se toma en serio y se ríe de todos.
En los cinco años restantes a su estreno en 1859, el éxito de la ópera fue arrollador. Todos los grandes teatros de Europa, la Scala incluida, la querían en su repertorio.
Sabida es la enorme atracción del público londinense por la obra, al extremo de que, desde 1863 hasta 1911, no dejó de ejecutarse temporada a temporada: todo un record . De hecho, fue el título con el cual el viejo Metropolitan de Nueva York abrió sus puertas, honor compartido por nuestro Teatro Nacional.
El secreto. Pese a que, a fines del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX, la obra sufrió una progresiva italianización , no hay duda de que refleja el alma francesa mejor que cualquier otra obra lírica, incluidas las consabidas Carmen, Manon, Pêcheurs de Perles, Werther, Contes d’Hoffman y Mignon .
Charles François Gounod es creador e impulsor de un estilo autóctono. Líricamente hablando, se mantiene separado del bel canto italiano y de la grandilocuencia wagneriana que se iniciaba en su época.
Por ello, tal vez, la creación del Faust lo terminó de impulsar hacia un estilo propio, nacionalista y puro, que hace de su drama la Grand Opéra française , por encima de Carmen o la Manon.
Decía Claude Debussy que el Faust constituye un hito en la sensibilidad francesa. Su refinamiento es proverbial, hasta el extremo de requerir los mayores niveles en su ejecución; pero tal vez la mejor expresión se la debamos a Maurice Ravel, para quien Charles Gounod –a pesar de los clavecinistas– “habría reencontrado el gran secreto de la sensualidad armónica”.
No hay duda de que, en el proceso de creación del Faust, Gounod dejó al descubierto los misterios de Eleusis, pero mantuvo sus melodías al alcance “silbable” de los mortales. La música del Faust arrastra consigo el inmarcesible signo de una juventud eterna. Ni un mítico viaje exploratorio de Ponce de León, ni la baba de mil caracoles, ni un pacto con el diablo, lograrán igualar tal cometido. A despecho del Mefisto tramposo y burlón, el alma del Hombre será joven por sí misma, a través del conocimiento y en la armonía eterna de la música.
FOTOS

Charles François Gounod (1818-1893), compositor francés autor de la ópera Faust . Wikicommons

Fausto y Margarita en el jardín (1846), del pintor Ary Scheffer (1795-1858). Wikicommons
Goethe
y sucesores
Múltiples son las inspiraciones líricas que el Faust de Johann Wolfgang von Goethe generó. La más grande y conocida es la obra de Gounod, pero no le cede en importancia La damnation de Faust , de Hector Berlioz. En un segundo plano permanece el enfoque nacionalista y pseudoverdiano –si bien melódico y puro– del Mefistofele de Arrigo Boito. Otras obras citables son las Ocho escenas de Faust, también de Berlioz; el Doktor Faust, de Ferruccio Busoni, y la ópera de Sergéi Prokófiev El ángel de fuego, en la cual aparecen los caracteres de Faust y Mefistófeles . Faust es una ópera que generalmente se representa de forma incompleta. Por razones de infraestructura, duración o carencia de un cuerpo de ballet apropiado, suele suprimirse la escena de la Noche de Walpurgis ( Walpurgisnacht ), celebrada el 31 de marzo. Según el drama original de Goethe, Mefistófeles porta consigo a Faust a la cima del monte Brocken para presenciar el aquelarre que ejecutan las ánimas condenadas.
Fausto
nos visita
La Compañía Lírica Nacional estrenará la ópera Faust en el Teatro Nacional hoy a las 5 p. m. La obra se repondrá el miércoles 30 de julio y el viernes 1.°, el martes 5 y el jueves 7 de agosto a las 7:30 p. m.
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