Ciencia
La vida es juego
Buen ejemplo Tanto la educación como las relaciones sociales deben aprender de la actividad lúdica
Nuestra cultura está llena de juegos: corremos tras una pelota, compramos la lotería, practicamos el ajedrez, gozamos haciendo imitaciones, repartimos las cartas, aullamos en la montaña rusa y escapamos despavoridos de los toros. Todas estas actividades, atravesadas por sentimientos de tensión y alegría, son el reflejo de nuestra naturaleza lúdica, la búsqueda de emociones placenteras.
Dos pensadores destacan por tomar al juego en serio. El primero es Johan Huizinga, historiador holandés y autor del libro Homo Ludens (1938); el segundo es Roger Caillois, un sociólogo francés cuya obra Los juegos y los hombres data de 1958.
Huizinga define el juego como una acción libre (a la que no podríamos estar obligados sin que se perdiera su esencia), una actividad ejecutada en un “como si”, que nos aparta de la vida cotidiana y la rutina. En ella participamos con entusiasmo, y esto nos absorbe completamente: encontramos goce y afán de olvido (de la historia, del tiempo del mundo real); y, aunque sea por solo unos minutos, habitamos la eternidad.
Para Huizinga, la cultura humana brota del juego. Nuestros saberes, tecnologías, normas de convivencia asentadas en el derecho, las religiones, el arte y la poesía: toda la civilización es juego y se desarrolla jugando. De este modo, el homo ludens (la persona que juega) expresa una función humana tan esencial como la reflexión (ligada al homo sapiens ) y el trabajo (propia del homo faber ).
Multiforme. El juego es una actividad incierta (su desarrollo y el resultado no están dados de antemano) que se desarrolla siguiendo reglas obligatorias, aunque libremente aceptadas. Es decir, posee una seriedad propia, e infringir sus reglas lo estropea (como ocurre cuando un jugador de campo toma la pelota con la mano en un partido de futbol, o la patea en uno de baloncesto).
El juego se presenta bajo mil formas, en todas las civilizaciones y a lo largo de todas las etapas de la vida de las personas. Sin embargo, Roger Caillois describe cuatro tipos universales; veámoslos.
“Agon” (término griego que significa competencia ): donde los antagonistas se enfrentan en condiciones iniciales de igualdad (principio esencial de la rivalidad) y ponen a prueba sus destrezas y habilidades para demostrar su superioridad. El futbol y el ajedrez son buenos ejemplos.
“Alea” (término latino que remite a la suerte ): son juegos de azar; exactamente al contrario del agon, su resultado no depende de las destrezas del jugador ya que no se trata de vencer al adversario, sino de imponerse al destino. Se puede ver en la tirada de los dados, las apuestas y la lotería, así como en juegos que entremezclan la fortuna y lo mágico (el tarot).
“Mimicry” (proviene del griego mimesis, que significa imitación o simulacro ): en este caso jugamos a ser otro, un personaje de fantasía. Tiene que ver con las máscaras, la mímica y el disfraz. Como ejemplos tendríamos el personificar a un “diablito” en los turnos de pueblo o imitar a algún conocido en la oficina o el aula.
“Ilinx” (nombre griego del torbellino de agua): son juegos de riesgo y adrenalina, basados en desestabilizar la percepción y buscar el vértigo y el pánico. Asociado con el peligro, con “vivir al límite”, encontramos al ilinx en la montaña rusa, las corridas de toreros improvisados y el puentismo (saltar al vacío sujetos por cuerdas elásticas).
Estas cuatro formas pueden combinarse, tal y como ocurre en el fútbol, donde la competencia (el agon) es en sí un espectáculo y se funde con el teatro (la mimicry) : recordemos al jugador que hace una finta innecesaria para agradar al público, o aquel que, tras un suave empujón, se convierte en actor y cae al césped haciendo muecas exageradas, como si le acabasen de fracturar las piernas.
Aprender jugando. Roger Caillois plantea que “cuando una persona juega (de forma libre, voluntaria y espontánea), no persigue ninguna finalidad particular. Sólo desea jugar”. De ahí que este autor caracterice al juego como una actividad improductiva (por no crear ni bienes ni riqueza) y señale que la finalidad del juego es el juego mismo.
Sin embargo, el juego cumple funciones importantísimas para el individuo y la sociedad. Implica a menudo movimiento y ejercicio físico, por lo que estimula la coordinación, la precisión gestual y el aumento de la fuerza y de la velocidad. Es un “aprender poniendo el cuerpo”, clave en el desarrollo motor .
Además, jugar demanda comprender el funcionamiento de las cosas, anticipar los movimientos del adversario, construir escenarios, estudiar situaciones y elaborar estrategias de actuación, factores esenciales en el desarrollo intelectual .
Por otra parte, el juego, con su propia realidad imaginaria (el actuar “como si”), la repetición de situaciones (los contactos, vínculos y roces entre los participantes) y la búsqueda del balance entre cooperar y competir, estimula la comprensión y maduración de experiencias e incide en el desarrollo emocional .
Finalmente, el juego tiene un papel central en el aprendizaje de la vida social porque es una actividad reglamentada, consensuada por los propios participantes, de generación de roles y búsqueda de acuerdos (lo que es o no posible, lo que cada uno debe hacer, etc.).
Luego, estamos hablando de la mejor de las escuelas: aquella en la que se desarrollan integralmente nuestras dimensiones motriz, intelectual, emocional y social. El juego es un aula en la que el billar es clase de trigonometría y el liderazgo y el trabajo en equipo son una cancha de futbol. Es un espacio en el que a nadie se le dice: “¡Quédese quieto!, ¡concéntrese!”, ni se invoca la estéril y mal entendida seriedad de quien afirma que “aquí no estamos jugando”.
Huizinga señala que el ser humano es “un animal que está (agradablemente) condenado a jugar”. En cualquier organización, los mejores equipos e individuos disfrutan intensamente lo que hacen: tenaces, comprometidos y vibrantes, nos recuerdan que la creatividad, la iniciativa y la disposición para llevar nuestras capacidades hasta el límite, siempre están asociadas con un componente lúdico. Igual que un equipo deportivo, parecen olvidar que están trabajando y se dedican a vivir un gran partido.
Más vale, entonces, acabar con esa falsa dicotomía que asocia al trabajo con algo serio y al juego con algo inútil. El juego es relación, expresión, pensamiento y acción; nos ayuda a desarrollar tanto la tolerancia a la frustración (aceptar la derrota) como la orientación al logro (perseguir el triunfo). En suma, nos ayuda a ser individuos tenaces, creativos, interactivos y espontáneos. Por eso, si hablamos de reencantar la educación y el trabajo, debemos tener clara la necesidad de dar a la lúdica su espacio, tomar al juego en serio y recuperar al homo ludens .
EL AUTOR ES CONSULTOR Y MIEMBRO DE LA RED INTERNACIONAL DE ECOLOGÍA DE LOS SABERES (RIES).
FOTOS

Ilustración medieval alemana que muestra al rey Otto IV de Brandemburgo jugando al ajedrez con una dama. Wikicommons
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