Música
Cómo tuvimos música nacional
80 años Una singular historia hizo el ritmo de Costa Rica al punto guanacasteco
Una discusión acalorada se había producido durante una reunión a la que asistieron unos cuarenta músicos, de los más importantes de Costa Rica. Así lo reveló, días después, La Nueva Prensa del 28 de octubre de 1927.
El encuentro había sido convocado por Luis Dobles Segreda, secretario de Educación Pública, para analizar las bases de un concurso de composición que la Secretaría había abierto.
Por medio de él se invitaba a los compositores a escribir obras de carácter nacional. Con ellas se trataría de formar un repertorio de “canciones genuinamente costarricenses”.
Las bases del concurso estipulaban que la música debía ser compuesta primero, y luego la letra. Sin embargo, este orden causó tanto disgusto entre los compositores, que Dobles Segreda decidió convocarlos para conversar con ellos. Aquel encuentro fue muy importante pues sirvió para que, por primera vez, los músicos discutieran acerca de la composición en nuestro país.
La búsqueda de una identidad musical ya era una tendencia en Hispanoamérica. En esta, los compositores buscaban, en la música indígena o en la popular, la fuente para crear un lenguaje propio.
No obstante, en el caso de los compositores costarricenses existía un problema: por decenios, la mitología nacional había insistido en que la nuestra era una “sociedad blanca”, racialmente homogénea, en la cual los elementos indígenas y negros estaban ausentes.
Lo cierto era que sí existían esas posibles fuentes de enriquecimiento melódico y rítmico, pero los músicos nacionales no les prestaban atención.
Cambios. Así, con tales ideas, fue pasando el tiempo; pero, en 1927, a raíz de la convocatoria al concurso, los compositores costarricenses discutieron por primera vez acerca de “lo nacional” en la música.
Uno de los acuerdos fue que el elemento rítmico era primordial para cimentar una música nacional. El compositor Manuel Freer propuso que se abriese un concurso para “inventar” un ritmo: este serviría de norma para una música “regional o tica”, según informó La Nueva Prensa.
A su vez, Julio Fonseca, destacado compositor, alegó que la música nacional no podía ser obra de un concurso, sino que debía nacer espontáneamente del “alma nacional”. Por su parte, Enrique Echandi, pintor y guitarrista, señaló que “ese ritmo se forma a través de los siglos y que no se improvisa”, indicó el periódico.
Echandi añadió que no se podía instaurar como nacional un ritmo surgido de un concurso, y que un ritmo de este tipo debía salir “de las montañas, como producto autóctono, y no venir desde las ciudades hasta los pueblos”.
El secretario Dobles Segreda fue contundente al manifestar que él “tenía fe en las fuerzas creadoras de la nación” y que, si bien no podía imponerse un “ritmo nacional”, sí podía proponerse uno para que se fuera popularizando.
Ante esa posición tan clara del secretario de Educación Pública, Julio Fonseca comentó que se podría tomar como base el ritmo de 6/8 de la música guanacasteca. De esa reunión no salió el acuerdo de cuál debía ser el ritmo nacional, pero sí el sentimiento de que se debía crear o “inventar” uno.
La necesidad de tener un ritmo propio fue inspiradora para enviar una comisión de músicos a Guanacaste poco más de un año después. Ella fue encargada, por Dobles Segreda, de “recoger la música regional, la poca que sobreviva y quede a flote sobre el diluvio de fox-trots y one steps que el jazz band nos ha echado encima” (Secretaría de Educación Pública: Primer folleto de música nacional. Colección de bailes típicos de la provincia de Guanacaste. San José, Imprenta Nacional, 1929).
Los miembros de la comisión enviada fueron José Daniel Zúñiga, director técnico de Música; Julio Fonseca, compositor y director de la Escuela de Música Santa Cecilia, y Roberto Cantillano, director de la Banda Militar de San José y candidato al puesto de director general de Bandas.
Ellos visitaron San Pablo de Nicoya, Nicoya, Santa Cruz, Filadelfia y Liberia. Como resultado de esta excursión inicial, en 1929 apareció el Primer folleto de música nacional.
Dos excursiones más tuvieron como resultado un segundo (1934) y un tercer (1935) folletos, editados esta vez bajo el título de Música criolla . En ambos libros se indicaba que el material correspondía a diversas regiones del país, pero, en su mayoría, era música guanacasteca.
Una vez recolectada la música nacional, había que darla a conocer. Para ello, el Estado no solamente editó los folletos mencionados, sino que apoyó la edición de 36 partituras más, todas ellas de himnos y canciones escolares. Por último, el Gobierno estimuló la presentación de conciertos de música nacional.
Muchas veces, desde mediados del siglo XIX, los programas de las bandas, de las filarmonías y de otras agrupaciones instrumentales incluían obras de compositores nacionales, pero siempre eran interpretaciones aisladas, “rodeadas” de temas extran-jeros.
Sin embargo, entre 1929 y 1939 se ofrecieron más de treinta conciertos cuyos programas estaban enteramente dedicados al repertorio nacional. Además, a partir de 1935, la estación radiofónica Alma Tica retransmitió esos conciertos.
Por su parte, la Dirección General de Bandas inició una serie de conciertos escolares de música nacional, que se efectuaban los miércoles.
Así, durante diez años, los músicos costarricenses efectuaron múltiples actividades con el fin principal de demostrar que sí existía una música nacional.
En ese sentido, fueron exitosos el proceso de adopción del ritmo guanacasteco como el nacional, las ediciones emprendidas por la Secretaría de Educación y los conciertos ofrecidos entre 1929 y 1939.
Logros. A fines del decenio de 1930, ya nadie dudaba de la existencia de la música nacional. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos, los compositores costarricenses no lograron crear un repertorio instrumental que reflejase una reelaboración o un desarrollo de los materiales melódicos o rítmicos recién descubiertos, en obras de cámara o sinfónicas, de mayor envergadura.
En la mayoría de los casos, lo que crearon fueron popurrís de las danzas y las canciones tradicionales guanacastecas. Un repertorio más elaborado no fue viable tal vez debido a la ausencia de una orquesta sinfónica y a la escasez de agrupaciones de cámara.
Lo que sí se logró fue crear un importante número de canciones escolares y un nuevo repertorio para bandas. Además, gracias a que fue escuchada en numerosos conciertos y bailada en muchas veladas escolares, la música guanacasteca adquirió el papel de música folclórica costarricense en la imaginación nacional.
La oficialización se produjo en 1947, cuando, a instancias del Club de Leones de San José, el punto guanacasteco fue declarado el baile nacional.
Pese a todo, es importante destacar que la adopción de la guanacasteca como música folclórica nacional significó la exclusión de otros ritmos, como, por ejemplo, los indígenas y los afrocaribeños.
Así, una historia que comenzó hace 80 años, terminó dando carácter musical a nuestro país. Junto a la guaria morada, el árbol de guanacaste y el yigüirro –entre otros símbolos–, el punto guanacasteco es un distintivo que nos representa como nación.
LA AUTORA DIRIGE LA ESCUELA DE MÚSICA DE LA UCR. HA PUBLICADO EL LIBRO ‘DE LAS FANFARRIAS AL CONCIERTO: MÚSICA EN COSTA RICA (1840-1940)’.
Nuestros
clásicos
Algunas obras clásicas de carácter nacionalista:Alejandro Monestel: Rapsodias guanacastecas, Nº 1 y Nº 2 (1936). Julio Mata: La opereta Rosas de Norgaria (1937) y la zarzuela Toyupán (1938).Julio Fonseca: Suite tropical (1932) y la Fantasía sinfónica (1937).
Compás de
seis por ocho
La música tradicional latinoamericana tiene dos patrones de compás usuales. El primer tipo proviene de danzas europeas a tres tiempos (compás 3/4), como los pasillos colombianos o los valses peruanos.El otro tipo es el compás de 6/8, utilizado en la mayoría de las danzas guanacastecas (entre ellas, el punto). Sin embargo, en este segundo tipo de piezas, lo ternario también está presente pues cada tiempo se subdivide internamente en tres partes: esto le da gran riqueza rítmica.
FOTOS

Banda militar de San José en 1920, en el Parque Nacional. Archivo Nacional de Costa Rica para LN

Alejandro Monestel, sentado en su oficina de cónsul en Nueva York. Archivo Histórico Musical de la Escuela de Artes Musicales de la UCR para LN
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