Costa Rica, Domingo 27 de enero de 2008

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Ciencia

Ilya y los salmones

  Creativos Como los salmones, los humanos muchas veces somos audaces y vamos a contracorriente

Enrique Margery Bertoglia | enrique.margery@gmail.com

Los salmones nacen en la parte alta de los ríos. Al llegar la juventud, bajan cientos de kilómetros hasta el mar, donde viven hasta la madurez. En ese momento sucede algo increíble, pues son convocados por el lugar donde nacieron.

Entonces emprenden el camino de vuelta. Dando saltos que pueden superar los dos metros, los salmones realizan un viaje río arriba, plagado de todo tipo de obstáculos: a los rápidos, cascadas y embalses, se suman los depredadores, los vertidos tóxicos y la corriente que intenta hacerlos retroceder.

Sin comer durante el viaje, los peces convierten sus tejidos en energía y pierden la mitad de su peso para llegar al lugar exacto en el que nacieron.

Allí se reproducen y luego se dejan arrastrar exhaustos por la corriente; aunque muchos mueren varados en las orillas, unos pocos logran regresar al mar, donde se recuperan y reinician el ciclo.

La flecha del tiempo. La termodinámica nació en el siglo XIX y es la rama de la física que estudia la energía. En 1865, Rudolf Clausius desarrolla el concepto de entropía (la fracción de la energía de un sistema que no es posible convertir en algo útil, en trabajo). Pronto aparece la segunda ley de la termodinámica, la que dicta que la entropía aumenta con el tiempo en un sistema cerrado (uno que no intercambia materia ni energía con su entorno).

Con la termodinámica aparece la noción de flecha del tiempo para indicar el sentido en el que se desarrollan los acontecimientos y dan lugar a procesos irreversibles.

Así, por ejemplo, sabemos que un jarrón se rompe si se estrella contra el suelo, pero no concebimos que sus fragmentos se reagrupen espontáneamente para volver a formar el jarrón (este proceso es irreversible).

Esa tendencia se resume en la segunda ley de la termodinámica: el crecimiento inevitable de la entropía en el universo (un aumento del desorden).

De ese modo, los fenómenos irreversibles, con el consiguiente incremento de la entropía, pueden ser vistos como indicadores del sentido del tiempo: en el largo plazo, todos los jarrones acabarán rotos.

Ahora bien, la teoría evolutiva dice que primero existieron los organismos más simples, que luego evolucionaron hacia formas más complejas.

De tal manera, la flecha biológica parece tener un sentido contrario a la termodinámica pues no va hacia el desorden, sino hacia mayores niveles de orden y sofisticación.

“Estructuras disipativas”. Sin negar la veracidad la segunda ley de la termodinámica, Ilya Prigogine (Premio Nobel de Química de 1977) centra su atención en los procesos termodinámicos de los sistemas abiertos.

En particular, para Prigogine, los seres vivos son sistemas abiertos en desequilibrio pues viven mientras se mantengan en un continuo intercambio de energía con su entorno.

Así, la inestabilidad no destruye a los seres vivos, sino que les permite avanzar hacia mayores niveles de complejidad en medio de un universo que, obedeciendo la segunda ley de la termodinámica, va rumbo al desorden y la degradación.

En la misma línea tenemos a Janos von Neumann (el genial matemático húngaro) y su paradoja de la autoorganización , nacida de comparar las máquinas artificiales con las “máquinas” vivientes: apenas las máquinas artificiales (compuestas por elementos altamente fiables) comienzan a operar, sus componentes empiezan a degradarse y no pueden repararse a sí mismas.

Por el contrario, las “máquinas” vivientes, formadas por elementos poco fiables y proteínas que se degradan todo el tiempo, poseen la propiedad de crecer, reproducirse y autorregenerarse continuamente, produciendo moléculas nuevas que van ocupando el lugar de las degradadas.

Así las cosas, en los seres vivos los procesos irreversibles no siguen la ley de la entropía y la evolución hacia el desorden pues son capaces de autoorganizarse, exportar la entropía a su entorno e incrementar su orden interno.

Más aún, Prigogine sostiene que la inestabilidad es el elemento que dispara la capacidad de transformación. Dentro de un sistema abierto lejos del equilibrio, el continuo movimiento de energía a través del sistema crea fluctuaciones, es decir, desviaciones del equilibrio que lo van caotizando progresivamente hasta llevarlo a lo que denomina un “punto de bifurcación”.

En dicho punto, puede ser que el sistema retorne al estado de equilibrio original, o que empiece a autoorganizarse hasta constituir un orden superior, más integrado y conectado que el anterior, al que Prigogine llama estructura disipativa .

Ahora bien, la teoría no puede predecir cuál camino tomará el sistema al llegar al punto de bifurcación: es una cuestión de azar. De este modo, el azar no sólo forma efectivamente parte de la realidad física, sino que, además, sumado al caos y a la irreversibilidad, puede dar lugar al orden y a la organización.

Nosotros funcionamos así: puestos en una encrucijada, a veces intentamos volver a la situación original (“mejor malo conocido que bueno por conocer”) y otras veces buscamos lo nuevo y el cambio.

Por ejemplo, una crisis es un punto de bifurcación para un equipo de trabajo. Si los problemas son reprimidos, será posible alcanzar una paz aparente, que camufla grandes problemas subterráneos.

Empero, también es posible enfrentar los problemas, hablar de aquello que nadie quiere hablar, sentar responsabilidades y construir compromisos colectivos, para así llevar al equipo a un nuevo nivel de operación, más conectado y asertivo.

Si la primera posibilidad sugiere un proceso reversible pues vuelve al punto de partida, la segunda posibilidad plantea un proceso irreversible, que implica progresar hacia estructuras de mayor complejidad y efectividad.

Saltando contra corriente. Jean Piaget, el renombrado padre de la psicología genética, compartía estas ideas al proponer una evolución de la inteligencia humana en términos de minicrisis.

En ellas podían darse dos procesos: el primero es la asimilación de un evento a una estructura cognitiva preestablecida (el retorno al equilibrio); el segundo, la acomodación, implica la modificación de la estructura cognitiva para acoger información que no resulta interpretable bajo los esquemas preexistentes (es decir, un salto hacia una estructura disipativa).

La segunda ley de la termodinámica nos recuerda que la entropía tiene por aliado al tiempo, a los siglos que atestiguan como los muros se desintegran y se vuelven polvo los libros.

Sin embargo, ahí vamos nosotros: como los salmones, a contracorriente de un universo que parece ir hacia la degradación; sujetos de minicrisis, avances y retrocesos, tratando de aprender, reinventándonos, dispuestos a correr riesgos, desoyendo el sentido común que nos aconseja ir a la segura; guardando un precario equilibrio mientras saltamos de una estructura disipativa a la siguiente.

EL AUTOR ES CONSULTOR Y MIEMBRO DE LA RED INTERNACIONAL DE ECOLOGÍA DE LOS SABERES (RIES).

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