Música
Palco en la ópera
Múltiple La ópera es un género musical muy complejo, lo más cercano al espectáculo total
Aun entre los músicos profesionales –ya no hablemos de los melómanos– es frecuente oír cosas como esta: “A mí me encantan las sinfonías y la música para piano, pero la ópera me da mucha pereza”. ¡Pereza! ¿Cómo puede uno amar o desamar algo que no comprende?
La ópera es una de las manifestaciones artísticas más bellas, más emocionantes que el hombre, jugando con la música y la literatura, ha creado. ¿Le gusta a usted el cine? Pues es de ahí, en mayor medida que del teatro, de donde salió el mal llamado “sétimo arte”.
Por supuesto, en materia de belleza, nadie puede convencer a nadie de nada. Argumentar es estéril, pero hay algo que sí podemos y debemos hacer: dar nuestro testimonio. Decir: “Esto es bello, me ha conmovido profundamente, e igual podría conmoverlo a usted”. Esto es exactamente lo que queremos hacer: contagiar un entusiasmo y una emoción; pero no podremos hacerlo sin antes pasar revista a los encantos de su espléndida anatomía.
La obertura. A veces llamada ‘preludio’, crea la atmósfera general de la acción. Con frecuencia incorpora temas que serán escuchados más tarde.
Atención: no hay que confundir la obertura “de concierto” (la 1812 de Tchaikovsky o la Obertura trágica de Brahms, por ejemplo, que están destinadas a tocarse como piezas autónomas) con la obertura operática, que, si bien puede interpretarse como pieza individual, solamente cobra pleno sentido en el contexto de la ópera.
La obertura operática se toca a telón cerrado, tan pronto el director emerge de su escotilla para tomar su posición al frente de la orquesta, ubicada en el foso, cada atril munido de su lamparita. Durante el barroco, la obertura era apenas una forma de llamar a los aristócratas a tomar sus asientos, y dejar para el intermedio sus flirteos, hartazgos y rumoraciones de palacio.
El recitativo. No nos compliquemos la vida con definiciones académicas; el recitativo es ese tipo de pasajes en los que los cantantes parecen estar hablando más que cantando. La orquesta acompaña de manera muy discreta, y los personajes dialogan, a menudo limitándose a repetir la misma nota. Los oyentes los consideran medio aburridos. La razón es sencilla: en efecto, lo son. Esto es, a menos de que se entienda su función en la ópera.
El interés del recitativo no es musical: es dramático, teatral. No está hecho para que la gente se embriague con arrobadoras melodías –que conspirarían contra el texto–, sino para que se entere de acontecimientos importantes para el seguimiento de la trama. Es momento para ponerle atención al texto, no necesariamente para sollozar de emoción.
El aria. El momento que todo mundo espera. La golosina de la noche. Triunfo de la melodía, esa que todo espectador saldrá del teatro canturreando. A diferencia del recitativo, el aria corresponde a situaciones de stasis , cuando la acción se congela momentáneamente para dar lugar a algún soliloquio del personaje.
Cosa terrible: el cantante puede interpretar el aria de manera sublime, que si falla el agudo (¡siempre habrá un agudo espectacular al final del número!) será abucheado. El circo romano. Un solo agudo, un solo penal, una sola cabriola sobre la cuerda floja sin red de protección…
El coro. Heroico, a menudo grandioso. La voz el pueblo ( Boris Godunov , de Mussorgsky); de los esclavos ( Nabucodonosor , de Verdi), del ejército ( Fausto , de Gounod); de las sacerdotisas ( Aida , de Verdi).
Son momentos siempre memorables, prefiguración de los grandes movimientos de masas del cine épico. De hecho, hay óperas en las que el verdadero protagonista es el coro. Tal es el caso de Boris Godunov , saga conmovedora del lastimado pueblo ruso del siglo XVI.
El intermezzo . Música puramente orquestal ejecutada entre los actos. El intermezzo de Cavallería Rusticana de Mascagni y los intermezzos de Carmen de Bizet son de una belleza tal que con mucho se elevan sobre el rango de simples interludios.
Una vez más, en tiempos de los miriñaques y las pelucas empolvadas, el intermezzo era la ocasión para comentar la última intriga de palacio; hacer vibrar coquetamente los abanicos; dirigir, a la mujer situada en un palco lejano, miradas cifradas que solo la dama era capaz de descodifiar; exhibir los más extravagantes atuendos… La música era lo de menos.
El dúo de amor. Momento para soñar y enamorarse. Juramentos de amor eterno, a veces desgarradores despedidas…; ¡ah, sí!, y el inevitable clímax erótico, con las dos voces aunando sus fuerzas en un agudo que derrite las columnas del teatro y pone a sollozar al más circunspecto.
Hay aplausos atronadores a veces, recogida unción cuando el dúo se diluye en la ternura y el silencio (“Oh, soave fanciulla” de La bohème , de Puccini). Fuego cuando el amor se manifiesta bajo la forma de la pasión, luz pura cuando se convierte en intimidad y caricia.
Los conjuntos vocales. Tríos (las lectoras de naipes en Carmen ), cuartetos (el de los protagonistas de Rigoletto , de Verdi), quintetos (nuevamente Carmen ). En un derroche de extravagancia, Donizetti incluye, en una de sus óperas menos conocidas, un noneto: ¡cinco mujeres y cuatro hombres, cada uno llevando su línea independiente y procurando no eclipsar a los demás compañeros!
Experimento titánico. La ópera es un género sincrético. En él tenemos música, literatura (el libreto), plástica (la escenografía), drama (la actuación, las vestimentas, los efectos luminotécnicos), danza (los ballets integrados a la ópera francesa), y, en el caso de Wagner y su Gesamtkunstwerk (“obra de arte total”), incluso religión.
Para el maestro de Bayreuth, la ópera era una forma de liturgia, como los misterios sacros de la edad media ( Parsifal está basada en la búsqueda del Santo Grial).
No es una síntesis (las síntesis son siempre conceptos cerrados); es diálogo, complementación y múltiple fecundación de las artes…: todo para hacernos ver el mundo de manera más bella, más noble, más dilatada.
Pureza del canto, nuestra forma primigenia de hacer música. Nada de micrófonos o amplificaciones de ningún tipo. Contacto directo con la voz, que debe llenar el teatro y entrar en nuestros cuerpos, cuerpos que están para hacerse tomar por la música, objetos acústicos y vibrátiles. Espíritus que quieren ser seducidos, y que sin duda lo serán si llegamos a la ópera con el corazón abierto, y los prejuicios confinados al destierro intelectual.
La ópera, la ópera… Cinco siglos antes que el cine, la manera más intensa de subsumirnos en un mundo que nos captura por los cinco sentidos y nos devuelve la imagen de nuestras propias grandezas, mezquindades, agonías y sacrificios.
EL AUTOR ES ESCRITOR y MÚSICO COSTARRICENSE. AL PIANO, HA GRABADO DISCOS CON OBRAS DE LOS PERIODOS CLÁSICO Y ROMÁNTICO EUROPEOS.
FOTOS

Georges Bizet (1838-1875), compositor francés perteneciente al periodo romántico cuya obra más famosa es la ópera Carmen . Wikicommons

Richard Wagner (1813-1883), compositor alemán autor de óperas como T ristán e Isolda y Pársifal . Wikicommons
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