Costa Rica, Domingo 13 de enero de 2008

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Altos de la Cascada

 Extracto de la novela ‘Las viudas de los jueves’, de la autora argentina claudia piñeiro

Capítulo III

Altos de la Cascada es el barrio donde vivimos. Todos nosotros. Primero se mudaron Ronie y Virginia Guevara, casi al mismo tiempo que los Urovich; unos años después, el Tano; Gustavo Masotta fue de los últimos en llegar.

Unos antes, otros después, nos convertimos en vecinos. El nuestro es un barrio cerrado, cercado con un alambrado perimetral disimulado detrás de arbustos de distinta especie. Altos de la Cascada Country Club, o club de campo, aunque la mayoría de nosotros acorte el nombre y le diga ‘La Cascada’, y otros pocos elijan decirle ‘Los Altos’. Con cancha de golf, tenis, piletas, dos club house, y seguridad privada. Quince vigiladotes en los turnos diurnos, y veintidós en el de la noche. Algo más de doscientas hectáreas protegidas a las que sólo pueden entrar personas autorizadas por alguno de nosotros.

Para entrar al barrio hay tres opciones. Por un portón con barreras, si uno es socio, poniendo junto al lector una tarjeta magnética y personalizada. Por una puerta lateral, también con barreras si es visita autorizada, y previa entrega de ciertos datos como el número de documento, patente, y otros números identificatorios; o por un molinete donde se retiene el documento y se revisan bolsos y baúles si se trata de proveedores, empleadas domésticas, jardineros, pintores, albañiles, o cualquier otro tipo de trabajadores.

Todo alrededor, bordeando el perímetro y cada cincuenta metros, hay instaladas cámaras que giran ciento ochenta grados. Años atrás se habían instalado cámaras que giraban trescientos sesenta grados, pero fueron desactivadas y reemplazadas porque invadían la intimidad de algunos socios cuyas casas se encontraban cerca de los límites.

Las casas se separan unas de otras con cerco vivo, o sea, arbustos. No cualquier arbusto. Ya no están de moda ni la ligustrina ni las campanillas violetas de otra época, típicas de los ferrocarriles. No hay cercos rectos, cortados con prolijidad semejando paredes verdes, mucho menos arbustos redondeados. Los cercos se cortan desparejos, como desmechados, para que parezcan naturales, aunque el corte haya sido meticulosamente estudiado. A la vista parecería que esas plantas fueran más bien un accidente geográfico casual entre vecinos que una barrera puesta a propósito para marcar un límite, aunque lo fuera y ese límite sólo pudieran insinuarlo plantas.

No están permitidos alambrados, rejas, ni mucho menos paredes, excepto el alambrado perimetral de dos metros de altura que corre por cuenta de la administración del barrio, y que pronto será reemplazado por un muro que cumpla con nuevas normas de seguridad.

Los parques de las casas que dan al golf no tienen permitido poner ni siquiera cerco vivo en el lateral que da a la cancha; acercándose al borde uno puede deducir dónde terminan esos parques porque cambia el tipo de pasto, pero la mirada desde más lejos se pierde en el verde que continúa y se lleva de la mano la ilusión de que la propiedad privada y propia abarca todo.

Las calles tienen nombre de pájaros: Batibú, Mirlo. No guardan un trazado lineal típico. Abundan los cul-de-sac , calles sin salida que terminan en una pequeña rotonda parquizada, una especie de callejón más cotizado que el resto por ser menos transitado, más tranquilo.

Todos quisiéramos vivir en un cul-de-sac. En un barrio no cerrado, un callejón así desvelaría el sueño de quien lo tuviera que transitar, sobre todo de noche; temería ser asaltado, emboscado. En La Cascada no, no sería posible: uno puede caminar a la hora que sea, por donde sea, absolutamente tranquilo porque nada puede pasarle.

Autora: Claudia Piñeiro

Editorial: Alfaguara

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