LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 10 de agosto de 2008

/ÁNCORA

Anticipo

Territorios ausentes

 Fragmento del libro ‘Viajero que huye’, del escritor nacional Uriel Quesada.

Ayer, mi madre me contó por teléfono que papá se estaba quedando ciego.

“Él no dice nada, como siempre, pero ahora que le ayudo con las compras del mercado, lo noto”.

Su voz no transmitía emoción, no como quien da una mala noticia, sino como quien corrobora un hecho de por sí ya intuido.

“Se acerca al borde del caño y duda. Hasta hace poco, yo no entendía y pensaba que era otra necedad de viejo. Lo veía balancearse al filo de la acera, después dar un brinquito al pavimento. Quería regañarlo, pero decidí esperar. Vos sabés cómo es tu papá. Suspendió la suscripción del periódico, según yo porque la plata no alcanzaba, como siempre, pero ahora sospecho que no puede leerlo, aunque usa un lente que tiene escondido bajo llave... Tal vez te lo diga cuando hables con él... Hace poco lo mandé a comprar unas salsitas para adobar carne, pero trajo las incorrectas. Su excusa fue que los frascos se parecían...”.

Se detuvo un momento para tomar aire. Yo no había dicho nada hasta entonces, así que me preguntó si aún estaba ahí. “Sí, mi mama, dígame”.

Entonces empezó a hablar de otra cosa, las dolencias de una señora a quien yo no recordaba. Luego me explicó que el papá recién llegaba con los comestibles del día y, aunque también se estaba quedando sordo, aún podía oír lo que le interesaba.

“Un día de estos decidí preguntarle directamente si ya no veía”, continuó luego de otra pausa, seguro para asegurarse de que mi papá no se hallaba cerca. “Como te podrás imaginar, no me contestó con un ‘sí’ o un ‘no’. Se puso bravo, me dijo que lo dejara tranquilo, que no fuera metiche. ¿A vos qué te parece?”.

Creo haber respondido con una mezcolanza de resentimiento y cansancio. Seguidamente le ofrecí apoyo incondicional a mi madre pues, si era cierto que el papá se estaba quedando ciego, la responsabilidad de la casa y de la relación recaería al cien por cien en ella.

En aquel momento, en mi vida, “apoyo” significaba principalmente dinero, el que pudiera rescatar de una vida desordenada, deambulando de aquí a allá por ciudades y pueblos de Estados Unidos.

Mi mamá ya no tenía claro exactamente dónde yo residía, y a sus amistades les hablaba más bien del lugar desde donde le había hablado la última vez. Ella trataba de explicar mi comportamiento en términos de su falta de educación.

Le decía a la gente que no podía recordar el nombre del sitio donde yo me encontraba porque nunca aprendió bien geografía en la escuela. “Los Estados Unidos es tan grande”, solía justificarse. “Una ni se lo imagina”.

Mi madre venía de un pueblo tan pobre que en la escuela ni siquiera tenían un buen mapa de América. El único a disposición de los alumnos estaba rasgado en varias partes, y el maestro apuntaba con su temible regla metálica el vacío y les pedía a los niños que imaginaran los territorios faltantes, sus riquezas, sus gentes.

Sin embargo, la verdad podía ser otra: mi madre pocas veces había salido de Cartago, una ciudad pequeña entre montañas, donde las nociones de distancia eran muy particulares.

Fuera de los límites de Cartago todo parecía estar aterradoramente lejano. Unos cuantos cientos de kilómetros conducían inevitablemente a otro país, es decir a ese extremo del mundo donde todo era diferente y amenazador.

Cuando era niño, yo mismo sentí esa sensación de extravío hasta que leí algunos libros, le creí a las películas y conocí gente que tenía otras experiencias. Esas personas me enseñaron a soñar con espacios que yo apenas podía entender pues me faltaban imágenes, sonidos y sabores. Después crecí y me harté.

Las hermosas alturas alrededor de mi ciudad empezaron a asfixiarme, y un día vendí mis discos, un viejo ‘pickup’ que adoraba, unos aretes de oro que pertenecieron a mi abuela, y me subí a un avión sin contarle nada a nadie. No hubo ceremonia de despedida ni deseos de buena suerte. Mejor así.

Horas después estaba en Los Ángeles, tan lejos de todo que la idea de distancia se fue deshaciendo rápidamente en su propio absurdo. Llegué, como la gran mayoría de los indocumentados, por la puerta grande de un aeropuerto, con una visa que me daba unos meses de libertad para explorar mis sueños y tomar decisiones.

Le dije al oficial de migración que apenas le entendía... Yo. ¿Yo? ¡A los parques de diversiones! ¿Yo? Mall. ¿Entiende? Shopping... Al rato crucé esas puertas que se abren como por encanto, que separan el mundo aséptico y refrigerado del aeropuerto de la ferocidad de la calle. Aún era noche cerrada, pero, al otro lado de los cristales del aeropuerto, algo bullía, algo terrible y hermoso [...].

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Autor: Uriel Quesada

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