Un grupo de científicos confinó a cinco chimpancés en una sala, en cuyo centro situó una escalera y, colgando del techo, un racimo de bananas. Cuando un mono subía la escalera para agarrar las bananas, los científicos lanzaban un potente chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo. Después de un tiempo, el mono que intentaba la escalada era violentamente reprimido por el resto.
Entonces, los científicos sustituyeron a uno de los monos; apenas el novato inició la trepada, fue rápidamente sujetado por los otros. Tras algunas palizas, el nuevo integrante del grupo captó el mensaje. Un segundo mono fue reemplazado, y ocurrió lo mismo (el primer sustituto participó con entusiasmo de la tunda al recién llegado). Un tercero fue cambiado, y se repitió el hecho.
Cuando el último de los veteranos fue sustituido, se logró un relevo generacional completo: un grupo de cinco monos que, sin haber nunca recibido un baño de agua fría, impedía ferozmente que cualquiera trepase por la escalera.
Los científicos continuaron con las rondas de sustituciones. A pesar de no haber experimentado ni presenciado el trauma del baldazo, cada nueva población había heredado sus hábitos y golpeaba al que intentase llegar a las bananas.
Gracias por el fuego. Todo carretero piensa que lo importante es la carga que transporta. Empero, en su libro La conciencia explicada (1991) , Daniel Dennett apunta: “Un carro con ruedas radiadas no sólo lleva mercancías de un lugar a otro; lleva la brillante idea de un carro con ruedas radiadas de una mente a otra”.
Sin importar si era el control del fuego, la agricultura, la imprenta o la radio, quienes vieron por primera vez un nuevo invento –que les pareció gratificante o útil– lo asimilaron y lo difundieron: la idea se transmitió por imitación.
Richard Dawkins, un biólogo de la Universidad de Oxford, tiene 35 años cuando publica El gen egoísta, en 1976. En este libro afirma que poseemos dos tipos de procesadores de información.
El primero de ellos es el genoma, que determina la naturaleza biológica de cada individuo (una mujer, un gato, un ruiseñor…). La información contenida en el genoma se divide en genes (término introducido en 1909 por Wilhelm Johannsen) o unidades mínimas de herencia biológica, que se transmiten de una generación a otra.
El cerebro y el sistema nervioso conforman el segundo procesador, encargado del manejo de la información cultural. Esta información se transmite de cerebro a cerebro por enseñanza, imitación (mímesis) o asimilación, y puede dividirse en unidades simples (tales como una idea, una técnica, un concepto, una costumbre o una manera de fabricar un utensilio).
Dawkins propone el neologismo meme para nombrar a estas unidades elementales de transmisión cultural (el término nace de su semejanza fonética con “gen” y la similitud de su raíz con “memoria” y “mímesis”).
Luego, así como nuestra naturaleza biológica se define a partir de la información genética, nuestra cultura se constituye por la información acumulada en nuestra memoria, que se articula en memes.
Por analogía con la agrupación de los genes en cromosomas, los memes se asocian para formar objetos culturales complejos (una teoría, una lengua, una mitología, etcétera).
Según Dawkins, todos los hechos culturales, desde el control del fuego en las sociedades prehistóricas hasta el bombardeo mediático de la sociedad actual, tienen su origen en la transmisión memética. Luego, la evolución cultural (los procesos de formación y circulación de ideas de una sociedad determinada) es análoga a la evolución biológica y, en general, a todo proceso evolutivo.
Espacios de la mente. En su libro La máquina de los memes (1999), la psicóloga británica Susan Blackmore sigue la línea trazada por Dawkins y sostiene que el ser humano evoluciona bajo la acción de dos replicadores: los genes y los memes. Igual que un gen salta de un cuerpo a otro mediante los espermatozoides o los óvulos, un meme se transmite de un individuo a otro (de una mente a otra) y de una generación a la siguiente.
En los memes encontramos características de longevidad, fecundidad y fidelidad. La longevidad alude al tiempo de permanencia de estos “replicadores culturales” en el cerebro de una persona (muchos de ellos, como la monogamia o las prácticas religiosas, pueden persistir durante mucho tiempo o incluso a lo largo de toda la vida del individuo). Empero, en nuestra “sociedad de la información” vivimos inundados por promesas políticas, artefactos revolucionarios, modas y terapias alternativas: una enorme cantidad de memes de corta vida que compiten por espacio en nuestros recuerdos y por la oportunidad de ser copiados de nuevo.
Un segundo factor es la fecundidad, es decir, la tasa con que un meme se transmite de un cerebro a otro y se propaga en la cultura.
Como apunta Dawkins, aquellos que proliferen serán los que mejor se repliquen. De ahí que una idea puede ser “buena”, pero, si no logra replicarse adecuadamente, desaparece; inversamente, una idea puede ser mala, falsa o nociva y replicarse muy bien (tal y como ocurre con los memes racistas y xenófobos, cuya fecundidad es impresionante en sociedades con altas tasas de desempleo).
El tercer factor es la fidelidad en la replicación. Muchos memes se transmiten con exactitud (aquí tenemos las tradiciones y creencias transmitidas verticalmente, de maestros a aprendices o de padres a hijos); otros sufren combinaciones y pequeñas mutaciones y se convierten en nuevos replicadores. De este modo, sujetos a variaciones y selecciones al ser copiados, los memes (y por tanto las culturas humanas) evolucionan.
Lo bueno y lo malo. Así como los genes necesitan de las cadenas cromosómicas para replicarse, los memes tienen al cerebro humano.
Su soporte no necesariamente es biológico e incluye libros, artefactos de grabación, redes de contactos cara a cara y una larga lista de prácticas y dispositivos.
Así, por ejemplo, Internet es un “denso tráfico de memes”, repleta de historias que se propagan velozmente por sitios virtuales y mensajes electrónicos (tal y como ocurrió, hace unos años, con la historia que introduce este artículo).
Algunos memes son valiosos (como los de la aritmética y la escritura, que se enseñan cuidadosamente a cada nueva generación); otros son inofensivos (por ejemplo, las listas de “las 100 mejores canciones del siglo XX”), y también los hay muy dañinos (recordemos las falsas creencias sobre el sida, que potenciaron su propagación).
Esos últimos deben ser combatidos pues son “replicadores culturales” de la intolerancia, el fanatismo, la vergüenza, la ignorancia, el miedo y la sobreexigencia que nos paraliza. Detrás de cada adulto mayor que teme echar a perder la computadora en su primera clase, toda niña que no quiere patear la pelota por temor al ridículo y todo joven que decide no hacer el examen porque sabe que no lo aprobará, hay un ser humano que obedece a un mal meme que le dice que no debe acercarse a la escalera.
EL AUTOR ES CONSULTOR Y MIEMBRO DE LA RED INTERNACIONAL DE ECOLOGÍA DE LOS SABERES (RIES)
FOTOS

Fragmento de la pintura La escuela de Atenas (1512- 1514), de Rafael Sanzio. Aparece aquí Euclides (túnica roja) enseñando sus cálculos a sus estudiantes. Además aparecen Claudio Ptolomeo (amarillo), Zaratustra (esfera estrellada) y Protógenes (extremo derecho). Wikicommons
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