El día que su primogénita cumplió doce años, el doctor Ignacio Cenda la llamó a su despacho, le pidió que apoyara la espalda en la pared donde tenía colgado el título de medicina de l’Université de Liège y la midió.
–Veintiséis pulgadas –murmuró con voz inexpresiva exactamente lo mismo que el año pasado, y que el anterior. Aunque sobre ese tema no se hablaba delante de ella por su delicadeza, su hija sabía que todos en la familia, excepto él, habían renunciado a la esperanza de que creciera.
–Bueno, al menos tampoco me he encogido –bromeó Chiquita tratando de restarle importancia al asunto, y se abrazó con cariño a las rodillas de su padre. Medir una pulgada más o menos no le importaba demasiado. Era corta de estatura, pero no de ideas, y hacía tiempo se había resignado a ser una enana.
–¡No uses esa palabra! –la regañaba Cirenia del Castillo, su madre, cada vez que la oía hablar así–. Tú no eres enana, sino liliputiense.
Pero, para Chiquita, una palabra u otra no cambiaba mucho las cosas.
–Los enanos son deformes, grotescos –insistía Ciño mirándola con reproche, sin dejar de mover a gran velocidad sus agujas de tejer–. Tú, en cambio, tienes una figurita frágil y armoniosa. Eres perfecta.
“Perfecta sí, pero enana. Perfectamente enana”, le hubiera gustado replicar a Chiquita, pero ¿para qué? Espiridiona Cenda del Castillo nació a las siete de la mañana del 14 de diciembre de 1869, en la ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas, en la costa norte de la isla de Cuba.
Don Ignacio no quiso asistir a su esposa en el parto, temeroso de que la emoción le hiciera perder su proverbial sangre fría, y pidió a Pedro Cartaya, un colega en el que tenía plena confianza, que se hiciera cargo de la tarea.
Como si fuera un marido cualquiera, y no uno de los médicos más respetados de la provincia, aguardó en su despacho, bebiendo whisky y caminando de un lado para otro, hasta que los aullidos de dolor de su mujer cesaron súbitamente y oyó un débil berrido. Entonces echó a correr hacia la puerta del dormitorio principal y allí se quedó, paralizado, sin atreverse a entrar. No tuvo que esperar mucho: a los pocos minutos, el doctor Cartaya salió de la habitación.
–¿Todo bien? –se apresuró a preguntarle–. ¿Algún problema? –insistió, temeroso de que la criatura hubiera nacido con alguna malformación.
–Tranquilízate, hombre –le dijo Cartaya–. Es una hembrita linda y sana, sólo que... un poco chiquita –añadió con cautela.
Aquel un poco fue un piadoso eufemismo. Segundos después, Ignacio Cenda comprobó, con un nudo en la garganta, que en realidad su hija era muy chiquita, demasiado, tal vez. Era la recién nacida más diminuta que había visto en su vida. Eso sí, no le faltaba ni le sobraba nada. Disimulando su desconcierto, besó la frente de Cirenia, que sostenía a la niña, ya lavada y envuelta en pañales, entre sus brazos, y le aseguró que no había de qué preocuparse.
–Con cuidados y buena alimentación crecerá –la tranquilizó. Él mismo, tan alto y fornido, había sido un sietemesino enclenque. Su esposa estuvo a punto de replicar que su primera hija no era ninguna prematura: la había llevado durante nueve largos meses en el vientre. ¿Por qué llegaba al mundo tan esmirriada? Pero se sentía tan agotada que prefirió cerrar los ojos y sumirse en un sueño reparador.
Doña Lola, la madre de Cirenia, había escogido los nombres de todos sus hijos y de la mayoría de sus nietos guiándose por el santoral, e insistió en que la niña se llamara Espiridiona [...].
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Autor: Antonio Orlando Rodríguez
Editorial: Santillana
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