LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 3 de agosto de 2008

/ÁNCORA

Librero

Amor medusa

 José Ricardo Chaves

  Los susurros de Perseo

 Uruk Editores

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Carlos Cortés

carloscortes@racsa.co.cr

Si bien Los susurros de Perseo es una de las novelas más sugerentes y significativas de la década de 1990, en su momento no fue valorada del todo por el lector ni por la crítica costarricenses. A esto contribuyó la escasa circulación de la edición mexicana y un marco de recepción que, en el ámbito de la crisis del Estado nacional, ha privilegiado la lectura de novelas históricas y políticas.

Nuestra mejor narrativa ha subvertido la idea patriarcal de nación desde el exterior –la novela bananera– y desde el interior de su núcleo represivo –la casa paterna, la sagrada familia–. Los susurros de Perseo forma parte de esta segunda tendencia, la exploración intimista que inicia Yolanda Oreamuno con La ruta de su evasión (1949). En estos 15 años, desde su primera edición, la obra de Chaves se convirtió en un espejo de la diversidad: “...de cómo no hay que ser, de lo anormal... en el sentido de que no es mayoritario, sino la excepción, la minoría... Anormal no en el sentido de silogismos morales o de sermones de médicos... el referente comunitario de la diferencia”.

Retrato del artista que “adolece”. Esta primera novela, que ahora se reedita, culmina la búsqueda que ya se plantea desde su libro inicial, La mujer oculta (1984), y que más tarde explora en relatos y ensayos posteriores: la identidad sexual, el homoerotismo, el andrógino, lo ominoso o siniestro, y diversos temas de la literatura del siglo XIX.

Si bien es probable que esta sea la más perfecta novela de aprendizaje de la literatura nacional, aprovecha tanto las posibilidades de la narrativa de iniciación –el Bildungsroman centroeuropeo– como de la novela intelectual para dotar de vida a un retrato del artista adolescente . A esto se añaden elementos góticos, esotéricos, exóticos y estetizantes, entre otros tópicos del modernismo novecentista –que caracterizan su siguiente ciclo narrativo–, junto con parodias de Proust, Borges y la tradición clásica y latinoamericana, en una escritura brillante y ricamente intertextual.

El relato está dominado por las relaciones homosexuales adolescentes, quizá por primera vez en la narrativa nacional. La alteridad no está vista fuera de la vida social “normal” porque la corrupción del mundo no proviene de las preferencias sexuales, sino de las relaciones de poder. Estas se manifiestan en los vericuetos de la familia de Luciano, la “hipócrita armonía que instaura el parentesco”, y en el típico colegio de curas pedófilos y crucifijos en la pared, donde la élite económica y política recibe sus lecciones de doble o triple moral y prepara su salto mortal al vacío.

Los secretos de familia –incesto, estupro, aborto, pedofilia– se guardan bajo el tupido velo de la simulación, en una fachada de respetabilidad que prefiere el pecado al placer negando toda pasión que pueda desmentir esa “hipócrita armonía”.

Matamos lo que amamos. La novela se asienta sobre “un triángulo joven y hermoso con un vértice femenino”: Luciano (artista en formación), el fornido y arrogante Andrade (“vano narcisismo de gimnasio”) y Renato (“un delicioso inferior, la sombra de Andrade”).

Luciano representa la pulsión de vida y la ambigüedad; Andrade/andrógino es la pulsión de poder –y la represión de sí mismo–, y Renato la pulsión de muerte y la seducción del abismo. Como el Doriam Gray de la obra de Oscar Wilde, Andrade quiere destruir su imagen y lo hace acabando con lo que ama. Sólo el artista, Luciano, acepta conciliar los opuestos.

La imagen central de la novela surge proteica de la clásica escultura del Perseo del italiano Benvenuto Cellini y de su potencia simbólica y sexual: el cuerpo tentador del héroe, la cabeza desgarra-da de la gorgona y la castración de lo prohibido.

Sólo se mata lo que más se ama, dice Wilde. Lo que nos obsesiona es también lo que nos causa terror: la verdad de nuestros deseos, los ojos de la medusa que nos petrifica, el abismo que llevamos por dentro, el espejo quebrado que nos muestra el abismo que somos, el demonio interior que queremos matar matándonos.

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