Pocas películas han representado una influencia tan determinante y extensa para la cultura contemporánea como Metrópolis (1927). Pocos textos sobre la gran ciudad han representado el inabarcable hormigueo urbano como el inmenso filme dirigido por Fritz Lang.
Muy temprano, a solo una década de su estreno, Metrópolis salta al mundo del comic y da nombre al escenario vertical que transforma a Clark Kent en Superman. En 1949, el padre del animé y el manga japonés, Osamu Tezuka, se inspira en un cartel publicitario del filme para la creación de su propia Metrópolis .
A inicios de los años 80, la película es ya un mito universal, en buena medida gracias al homenaje ofrecido por Georges Lucas en el robot C-3PO de La guerra de las galaxias (1979). Poco a poco, la densa geografía de Metrópolis seduce a la generación MTV : sus imágenes hipnóticas ilustran Radio Ga Ga (1982), de la banda británica Queen , y se redibujan con nitidez en los videoclips Express yourself (1989) de Madonna y El 7 de setiembre (1991) de Mecano.
En los últimos años, los cinéfilos y urbanoadictos peregrinan hacia el filme por las rutas de la idolatría, las relaciones múltiples y el azar; a través del propio cine y de sus congéneres; de forma directa o por simple y espontánea equivocación.
De alguna manera, todos nos hemos asombrado delante de la imponente imaginería engendrada por Metrópolis . Todos somos hijos de sus frías catacumbas y de sus altos rascacielos, y hemos adivinado sus vastos territorios en filmes como Blade Runner (1982) y Sky Captain y el mundo del mañana (2004). Ahora, Internet nos cuenta que en pocos meses veremos el filme con asombros renovados.
Pérdida y hallazgo. Cuenta la leyenda que, con una duración aproximada de 210 minutos, la versión original de Metrópolis nunca llegó a estrenarse y se perdió irremediablemente. Se dice también que aquellos espectadores que asistieron a las salas de cine alemanas, entre enero y marzo de 1927, disfrutaron por primera y última vez de 170 minutos de inmenso cine.
En abril de ese mismo año, el estreno estadounidense redujo el metraje del filme a 112 minutos e inició un largo proceso de montajes simplistas y pérdidas invaluables. Después, las cábalas comerciales convirtieron a Metrópolis en una serie equívoca e irregular, constituida por versiones que duraban alrededor de 90 minutos. Algunos confunden fácilmente el cine con el futbol.
En 2001, tras largos años de búsquedas y restauraciones, el historiador Enno Patalas reconstruyó una versión de 147 minutos, convencido de que aquella sería la última estación del viaje hacia el filme perdido. Sin embargo, hace cuatro semanas, el periódico alemán Die Zeit anunció el hallazgo de la primera versión que fue presentada al público alemán, a inicios de 1927.
La pesquisa en torno al nuevo hallazgo sugiere que el empresario argentino Adolfo Wilson había llevado a la capital bonaerense esa copia de Metrópolis para su proyección. De sus manos pasó a un coleccionista privado que la vendió en los años 60 al Fondo Nacional de las Artes, y de allí al Museo del Cine de Buenos Aires, donde fue descubierta en abril de este año.
Ante la sorprendente noticia, las voces de entusiasmo se confunden con las opiniones más pesimistas. Algunos consideran la aparición del filme como una burda estrategia publicitaria; otros recuer-dan que se trata de la primera versión comercial impuesta al ingenio creativo de su director; hay quienes anuncian el mayor acontecimiento cinematográfico de las últimas décadas.
La ambivalencia y la complejidad que acompañaron a Fritz Lang durante su larga carrera de cineasta, prevalecen tres décadas después de su fallecimiento (1976).
Desencuentros. El argumento de Metrópolis nos sitúa en el año 2026, en medio de las grandes diferencias que prevalecen entre los trabajadores del inframundo y la élite intelectual de la superficie.
Esa marcada dicotomía entre clases sociales ha sido considerada, por algunos teóricos, como el síntoma de las relaciones desiguales entre la escritura simbólica de Thea von Harbou (guionista del filme y compañera de Lang) y los intereses arquitectónicos del director.
Por otra parte, la película ha sido vista como una fiel radiografía de la sociedad alemana de mediados de los años veinte, cargada de elementos tan heterogéneos y determinantes como el expresionismo alemán, el futurismo, la arquitectura Bauhaus, el cristianismo, el pensamiento marxista y el emergente nacionalsocialismo.
Durante el rodaje de Metrópolis intervinieron los más destacados profesionales del cine alemán, en medio de una multitud de alrededor de 15.000 extras.
El público no respondió con el entusiasmo esperado, a pesar de novedosos valores de producción que incluían un sinnúmero de efectos ópticos y maquetas, y de una campaña promocional sin precedentes, iniciada con dos años de anticipación al estreno del filme.
Es muy probable que la construcción laberíntica de la película y su visión apocalíptica, en contrasentido de las teorías progresistas del momento, ahuyentasen a las grandes audiencias de las salas cinematográficas.
Tal vez, a pesar de las colosales evidencias, Lang no pretendía hacer un filme para las masas. Tampoco hizo un cine para los cinéfilos ni cineastas de su tiempo.
El joven Luis Buñuel, que había descubierto su vocación de director tras el visionado de Las tres luces (1921), dirigida años atrás por el propio Lang, se refirió a Metrópolis como un híbrido entre la deslumbrante majestuosidad y el más trasnochado sentimentalismo.
El mito es una curiosa criatura, que siempre nace algún tiempo después.
Las previsiones del mito. Entre los primeros detractores de Metrópolis sobresale la figura del escritor H. G. Welles, quien descalificó el filme por su poca relación con la imaginería del futuro.
Esa circunstancia resulta al menos curiosa si se considera la excepcional capacidad previsora del filme, no ya en los términos proféticos atribuidos a la llamada literatu-ra de anticipación, sino en lo relativo a la historia estética del cine.
Metrópolis preludia al cine de propaganda política rodado por Leni Riefenstahl en el momento cumbre del fascismo; al thriller psicológico y al cine de catástrofes que culmina inevitablemente con la feliz salvación del inocente, entre un amplio abanico de posibilidades y rasgos genéricos.
De esta manera, como cualquier mito que se precie de serlo, el filme incluye, en su cauce, aquello que vendrá en los años posteriores.
En estos días de revisiones y entusiasmos, el productor hollywoodense Thomas Schühly ha adquirido los derechos para hacer un remake de Metrópolis .
Por suerte para la más devota cinefilia, no es posible filmar el mito una vez más, tal vez porque las relaciones entre historia y fantasía descansan sobre los hombros del azar y no tienen la mala costumbre de repetirse; tal vez porque Metrópolis solamente fue filmada para que soñásemos con llegar hasta ella algún día.
FOTOS

El científico Rotwang muestra con orgullo su más acabada invención y sueña con un futuro de obreros robot. Jurgen Ureña para LN

En Metrópolis, la presencia del robot estimula el sueño de un ser humano superior y anticipa el ideario del facismo alemán. Jurgen Ureña para LN

Freder se rebela contra el trato inhumano que sufren los obreros en la gran ciudad liderada por su padre. Jurgen Ureña para LN

Metrópolis funda el imaginario de la gran ciudad mediante el uso de innumerables efectos ópticos y maquetas. Jurgen Ureña para LN
Ficha técnica
del filme
Título original: Metrópolis . Dirección: Fritz Lang. País: Alemania. Año de estreno: 1927. Duraciones: 210 minutos (versión del director, aún perdida), 170 minutos (versión estrenada en Alemania en 1927), 147 minutos (versión presentada por Enno Patalas en el año 2001). Producción: Erich Pommer. Guion: Fritz Lang y Thea von Harbou. Música: Gottfried Huppertz. Fotografía: Karl Freund y Gunther Rittau. Reparto: Gustav Fröhlich (Freder), Brigitte Helm (Maria), Alfred Abel (Johan ‘Joh’ Fredersen), Rudolf Klein-Rögge (Rotwang).
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