La música siempre cuenta cosas. Historias, leyendas, epopeyas o simples episodios de la vida. La música es, como diría Carlos Luis Sáenz, una “abuela cuentacuentos”. Por esto conviene prestarle un máximo de atención. No escucharla mientras estamos leyendo (como lo hace alguna gente), no usarla como contaminante sonoro en las playas, supermercados y ascensores. Aguzar los oídos, siempre aguzar los oídos. A veces susurra, bisbisea apenas, y, si no ponemos atención, su voz caerá como agua en un cesto de mimbre.
Toda música cuenta algo, sí, pero no toda lo hace de la misma manera. Hay música llamada descriptiva, o música “de programa”. Hay, por otra parte, música “pura” (que en el fondo nunca es tan pura). Examinemos estos tres rostros de la más elusiva de las artes.
Narrar con sonidos. Hija del romanticismo y de las grandes novelas de Balzac, Stendhal, Dickens, Flaubert y Pérez Galdós. Como si la novela (el género literario más importante del siglo XIX) la hubiese fecundado, la música adquiere aquí una propensión narrativa. Cuenta historias. Es música programática, esto es, sigue al pie de la letra un programa preestablecido por el autor. Este programa, ¿en qué puede consistir? En absolutamente cualquier cosa.
Citemos dos ejemplos. El Moldava , de Bedrich Smetana, traza el itinerario del famoso río –emblema nacional checo– desde que sus arroyuelos van poco a poco confluyendo en el cauce principal (líneas de las flautas, fluidas, furtivas como el agua), hasta su entrada triunfal a Praga.
En el camino asistimos a un remanso lleno de luz de Luna, al furor de los rápidos, a una pequeña boda aldeana…, otros tantos episodios en la vida de este río que no es, en el fondo, otra cosa que la vida misma.
Otra pieza narrativa. Berlioz era impúdicamente autobiográfico en todo lo que escribía. Solía enamorarse hasta los tuétanos, hasta la negación de los más elementales principios de la racionalidad.
En honor de la actriz shakespeareana Harriet Smithson (¿era a ella o a la Ofelia de Hamlet a quien en realidad amaba?) compone su Sinfonía fantástica , subtitulada “Episodios de la vida de un artista”. El río no es ahora geográfico sino interno, y más se asemeja a un irreprimible torrente.
La obra tiene cinco movimientos. El primero se llama “Ensueños” y nos introduce en el alma del artista, a la sazón entregado a las más vagarosas visiones.
Escuchamos por primera vez el tema que habrá de representar a la amada: la “idea fija” (los enemigos de Berlioz, que eran muchos y particularmente ofídicos, comenzaron a llamar a la pobre Harriet Smithson: “Madame Idea Fija”).
El segundo movimiento nos lleva a un palacio donde se baila el vals. En medio de la muchedumbre, apareciendo y desapareciendo entre el movimiento de las parejas, Berlioz alcanza apenas a ver a su amada: el tema de la “idea fija” nos hace apenas un guiño de ojos.
En el tercer movimiento vemos al artista soñar en el campo. Profunda, profundísima es su soledad, a veces interrumpida apenas por el caramillo de algún lejano pastor. Truenos en la distancia.
El cuarto movimiento es la “Marcha al suplicio”: el artista ha tratado de envenenarse y cae en un sopor surcado por las más abigarradas visiones. Ha matado a su amada y es llevado, a ritmo de marcha fatal e inexorable, hacia su decapitación, con redoble de tambores y todo.
El quinto representa su descenso al infierno. Chirridos, gritos de terror, cortejos fúnebres… la “idea fija” aparece una vez más, pero ahora está transformada en una tonada grotesca y sarcástica: su amada se le aparece como una vulgar bacante. Ronda del Sabbath, y orgía de demonios para concluir la historia.
Tal es la música narrativa. Todo en ella está al servicio de una historia. Es, en mucho, la directa antecesora del cine. Nos invita a “ver” cosas, a identificarnos con personajes o con objetos concretos.
Describir con sonidos. La música descriptiva se recuesta más a las artes plásticas que a la novela: pinturas, estatuas, cerámica, un paisaje, una figura histórica, una obra literaria…: casi cualquier cosa puede encender la imaginación del compositor, pero “pinta” más que “cuenta”.
El ejemplo clásico. ¿A ver? Sí, lo adivinaron: los Cuadros de una exposición , de Modest Mussorgsky. Un tema recurrente representa la transición de un cuadro a otro, y cada sección “retrata” musicalmente las pinturas: “Ballet de los pollitos saliendo del cascarón”, “La vieja carreta”, “El gnomo”, y “La gran puerta de Kíev” que es –permítannos asegurárselo– en efecto grandísima, tanto musical como arquitecturalmente.
Orfeo , de Liszt, está inspirado por una vasija griega, donde vemos al padre de todos los músicos domeñar con su lira a las furias infernales. La música está llena de serenidad, de una paz casi ultraterrena…
Los preludios , también de Liszt, son productos de un poema de Lamartine que concibe la vida como un mero preludio a lo desconocido: “Todo pasa, todo llega al término ignorado de su suerte: la aurora a la noche, y el hombre a la muerte”.
Las cuatro estaciones de Vivaldi, como la Pastoral de Beethoven, pintan más que cuentan. Son más descripción que narración, y ambas tienen a la naturaleza por común inspiradora; una naturaleza ante la cual el hombre se prosterna; una naturaleza para ser adorada, no violada y devastada.
La música pura. Bueno, los hay quienes dicen que la música en rigor no narra, ni describe ni expresa ( sic ) nada, y no son tontos: Edward Hanslick, Johannes Brahms e Igor Stravinsky, entre otros.
Según ellos, la música son “puras formas sonoras en movimiento”. Vale por lo que vale, no por lo que narre, o describa, o exprese.
Es cierto: el mejor programa del mundo no va a salvar una obra intrínsecamente mala de su naufragio en la memoria de los hombres; pero ese no es el punto. El punto es que la música no es nunca “pura”.
Aún cuando la pieza se llame simplemente Sinfonía en La bemol mayor , o Cuarteto para cuerdas Op. 136 , hay que tener en cuenta una cosa: el programa puede ser explícito o implícito.
Toda obra tiene su mensaje implícito. Para que nos exprese algo, no hace falta que nos hable de la tortuosa pasión de un artista enamorado o de “los apacibles sentimientos que se despiertan al llegar al campo”, como lo hace Beethoven al principio de la Pastoral .
Recuerdan ustedes la tendencia literaria de la segunda mitad del siglo XIX, que consistía en retratar meticulosamente los procesos sicológicos de los personajes, y que se llamaba “naturalismo”? Bueno, pues la música es una especie de naturalismo de los sonidos.
Ahí están siempre las emociones, que nos dicen su historia. Ahí están siempre los avatares del alma –esos de los que a veces ni el propio compositor es consciente– capturados en la música. Ahí está todo aquello para lo cual el concepto y la palabra han depuesto sus armas, declarándose semánticamente insuficientes, y que la música logra expresar con infinita elocuencia.
Poco importa que su mensaje sea explícito o implícito, poco importa que las emociones sean enarboladas cual banderas (Berlioz) u ocultas bajo espesa e intimidante barba (Brahms).
El hecho es que están ahí. El hecho es que siempre sabrán abrirse paso desde el epicentro del alma para contarnos su propia historia: sublime o ridícula, serena o atormentada, sorda o rugiente. La música está condenada a revelarnos, a delatarnos, porque sólo sabe decir la verdad.
EL AUTOR ES PIANISTA Y ESCRITOR, Y DOCTOR EN ARTES MUSICALES Y EN ESTUDIOS CULTURALES FRANCESES.
FOTOS

Música (1895), óleo del pintor simbolista austríaco Gustav Klimt (1862-1918). Wikicommons
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