Disquisiciones
Domingo 16 de septiembre, 2007
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rUEDA DE CARRETA TÍPICA, DE sARCHÍ / LA NACIÓN

Otras disquisiciones: Arte y caña dulce



Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

Cuando no es un drama de Antón Chéjov, la gaviota se dedica a ser un ave que nos cuenta una parábola admirable sobre el arte y la imaginación del pueblo.

En Europa vuelan dos especies de gaviota: la plateada y la de espalda negra (de menor tamaño). Cuando se cruzan en el aire, son dos flechas que no se hablan; mas se querrían mejor si alguien les revelase que se parecen demasiado.

La gaviota plateada también vive en los Estados Unidos, pero, conforme se la encuentra hacia el oeste, se reduce su tamaño, y su color se obscurece: es más claro en Nueva York que en California. Aún más hacia el occidente, en sus hábitat del Asia, la gaviota antes plateada va “convirtiéndose” en su prima. En Europa, es ya la gaviota negra.

Un círculo de gaviotas corona a la Tierra y le ciñe, como un halo, el casquete de hielo. Lo extraño es que las gaviotas pueden fecundarse entre sí cuando son vecinas (como las del estado de Minnesota con las de Wisconsin), pero ya no se fecundan cuando conviven en Europa pues allá son dos especies distintas.

En ese círculo, sin moverse, una especie se convierte en otra. (Si no se hubiesen extinguido las especies que nos separan del chimpancé, la Tierra estaría cubierta de nuestros primos. ¿Cómo sería su literatura?, ¿harían buen cine? Es una pena que hoy se resignen a ser fósiles.)

Lo mismo pasa con muchas cosas del mundo. ¿Cuándo se vuelve celeste el azul? Siempre; y, si prosiguiera viaje, cierto día, el celeste se despertaría hecho blanco.

Un tránsito similar sucede con el arte del pueblo y con el que llamaremos culto (porque lo es). No son lo mismo: son como aquellas gaviotas de Europa, que se miran diferentes, pero que se unen mediante cadenas invisibles de eslabones de gente y de tiempo.

Un trovador popular improvisa con ingenio; mas el trabajo le roba el tiempo que enriquecería su gusto. Fernando Luján nos compensa: “Para adornar sus cabellos / busca el relente más fino / que baja de los luceros”. He aquí una abrumación de cultura que torna en arte lo que pudo ser una canción llana. Hemos perdido los eslabones, pero nos queda el milagro súbito de la belleza que oculta su estirpe de pueblo.