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Domingo 08 de julio, 2007
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Anticipo

Ritmosagridulces



Los campesinos están esqueléticos; Laura se pregunta cómo viven. Siembran y no saben si van a poder cosechar. Le cuentan a Laura que antes era peor, los finqueros les robaban las cosechas y, si se quejaban, la Guardia Nacional los apresaba y torturaba o les mataba a alguien de la familia. Se organizaron por las comunidades cristianas de base. “Estar con la guerrilla es vivir el evangelio. Nuestro difunto Monseñor lo dijo: Un pueblo al que le cierran las vías tiene el sagrado derecho a la insurrección”, le dice Antonio.

Pero lo terrible no es el hambre; lo terrible son las guindas. Les avisan que vienen los chuchos –así le dicen al ejército– y tienen que ir a esconderse a las quebradas y barrancos –eso es irse de guinda–, mientras los soldados entran al pueblo y matan todo lo que ven.

Laura ya no tenía tos cuando le tocó la primera. El ejército avanzaba hacia el pueblo, había que formar una columna y huir silenciosamente en la oscuridad hacia los precipicios. Y ya salían en fila ordenada con la gente cargando sus pertenencias cuando a Toño le dio por llorar y llamar a Sinsontle, y peor se puso cuando vio que otros vecinos iban con sus animales y ellos habían dejado al ternerito. Toño berreaba que se quería devolver a traerlo, pero ya era tarde, no se podía atrasar la guinda, tenían a los soldados cerca. Toño no quería callarse. Antonio le tapó la boca, Toño lo mordió, llegó un miliciano y le recordó a Antonio que el niño se tenía que callar porque, si los soldados los descubrían, era muerte para todos. No había forma de callarlo; la familia quedó rezagada. Antonio le puso un trapo en la boca y el chico se iba a ahogar. Laura se lo quitó y lo tomó de la mano y empezó a contarle un cuento, “Toño, allá viene el Sinsontle, no podés verlo pero viene”, eso le calmó, pero solo un segundo porque enseguida decidió ir a esperar al Sinsontle, se le soltó de las manos y entonces Antonio fue tras él y le dio un cachetazo y el niño resbaló y pegó la cabeza contra una piedra. Sonó CRAC, como una olla de barro. Llegó el miliciano, “Compañeros, no más ruidos; los chuchos ya están en el pueblo, tenemos que apurarnos”.

Oyeron los disparos. Mierda, pensó Laura, se van a tirar a Sinsontle y a la vaca Pata. Sonia se agachó, Toño no se movía. Como todos los niños de cinco en ese pueblo, parecía de tres, las piernas y los brazos flacos como hilos. Sonia lo alzó desmadejado y corrieron, corrieron, Laura veía balancearse sus brazos inertes. Alcanzaron al resto. Los ancianos tropezaban, caían y se levantaban en silencio total, así llegaron a las cuevas y los precipi-cios.

Cuando oyeron los gemidos espantosos de los animales que habían dejado, Laura se alegró de que Toño durmiera.

Pasaron cinco días en barrancos y cuevas y al sexto se fueron los soldados y pudieron regresar. Habían visto las columnas de humo levantarse del pueblo y la nube de zopilotes. Toño estaba despierto, pero no tenía hambre, Sonia y Laura lo obligaron a tomar agua sucia, era lo único que había. Toño tenía la cabeza perfectamente redonda y en ese cráneo esférico sobresalía un tremendo chichón, y Laura se acordó de cuando la sobrina de Vera se dio un golpazo. Le dijo a Sonia que, si Toño vomitaba, tendrían que llevarlo donde el médico. Sonia contestó que no había médico. Antonio dijo que lo llevarían al hospital popular.

Todo el camino de vuelta, Toño se quejó de mareos, pero no vomitó. A la mitad empezaron a oler la podredumbre. Laura iba entre los últimos con una miliciana que le dijo: “Compañera Anaís, usted es nueva; va a tener que ser fuerte. Distraiga a los cipotes mientras los padres limpian”. Cuando entraron al pueblo, las moscas y los zopilotes formaban parches negros sobre los cuerpos hinchados de los animales. El hedor era espantoso. Los soldados habían prendido fuego a los ranchos y a todo lo que estaba dentro: camas, petates, hamacas, tapescos, pero las casas de bajareque estaban en pie.

Con Isma y Toño caminó donde Eva, que se había escondido con sus siete gallinas. Su casa de bahareque, un poco alejada del resto, tenía poco daño. Laura puso a los cipotes en una hamaca y enseguida se durmieron. Se fue a ayudar a Antonio y a Sonia. El rancho estaba hecho un horror. Habían roto los cántaros y quemado los petates, pero, además, habían metido en el cuarto a la vaca y al ternero y les habían cortado las articulaciones de las manos y las patas y los habían dejado así, vivos. Lentamente los animales se habían desangrado. Todo el piso estaba rojo, les había tomado su tiempo morir, por eso habían mugido tanto. Salió al patio y se duro para no desmayarse. Ayudó a Antonio y a Sonia y al resto de los vecinos a enterrar y quemar.

Cuando anocheció, fue por los cipotes. Eva les estaba dando sopa de chipilín. Al verla se pusieron contentos, le gritaron: “Vení” y Laura pensó que esos niños la querían. […]

Autora: Anacristina Rossi

Editorial: Legado