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Domingo 08 de julio, 2007
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El humanista venezolano-chileno Andrés Bello López.ARCHIVO

Andrés Bello, el desterrado


Arturo Uslar Pietri

El hombre que con queda voz interior lee los mutilados versos donde fulgura el primer resplandor en la lengua del alma y de la pasión de una raza que, prodigiosamente, es todavía suya, alza la cabeza y fija la vista en los altos ventanales empañados de niebla.

Está envejecido y refleja cansancio. Las arrugas, las canas y la calvicie prematuras no han destruido la bella nobleza de su rostro ni la honda serenidad de aquella mirada azul, que parece reposar sobre las cosas sin prisa, pero también sin esperanza.

Notas relacionadas:

  • Personaje
  • Los guardianes del British Museum, que pasan silenciosos junto a su habitual mesa de trabajo, lo conocen bien. Es Mister Bello , un caballero de la América del Sur, que desde hace diecisiete años visita asiduamente la rica biblioteca. Unas veces se enfrasca en la lectura de los clásicos griegos y su rostro se ilumina de una plácida sonrisa de niño sobre los renglones de una erudita edición de la Odisea .

    En otras ocasiones lo ven mecer tímidamente la mano, como marcando con vago gesto el compás de la medida de una égloga de Virgilio, y, en otras, se hunde en la Crónica de Turpín , o en un tratado de fisiología, o en el grueso infolio de Las siete partidas .

    Cuando entra al gran edificio y se dirige a su sitio, se hace ligero y firme aquel pesado andar que arrastra entre la neblina de las calles. Se despoja de su raído abrigo y de su viejo sombrero, se sienta y suspira acongojadamente.

    Pero en aquel invierno de 1827 no hace otra cosa que leer y releer con infatigable ansia el Poema del Cid . Día a día se llenan con su menuda y enrevesada letra los cuadernos de apuntes que lleva. Se propone analizar a fondo y reconstruir el poema, su lengua, su gramática, su sentido y su historicidad. […]

    En 1814 se casa con Mary Ann Boyland. Es una inglesa, una mujer del norte y de la niebla, que no habla su lengua ni puede entender sus versos. Es el mismo año en que Boves, a la cabeza de sus feroces jinetes, parece que va a anegar en sangre y fuego a Venezuela.

    Empiezan a nacer los hijos, y la pobreza y la estrechez se hacen mayores. Los niños juegan en las sombrías callejas del barrio pobre y cantan canciones inglesas. Su nombre se hace irreconocible en la pronunciación de sus compañeros de juego. Bello se esfuerza en hablarles en español, en hablarles de su raza, de su pueblo, de la civilización a la que pertenecen.

    Le parece que aquel mundo neblinoso que está devorándolo acabará de tragárselo por entero en sus hijos el día en que el inglés llegue a ser la lengua materna de ellos.

    Su mujer sigue siendo extranjera; sus hijos no conocen la patria lejana, que cada día parece hacerse más remota e inaccesible, y la pobreza lo persigue y lo atenaza con su infinita cauda de humillaciones y amarguras, de la que no es la menor la de no poderse dedicar de lleno a sus estudios y a su obra.

    Más tarde enviuda y en 1824 vuelve a casarse con otra dama inglesa, Isabel Dunn, quien le da nuevos hijos. Es el año de la victoria de Ayacucho, y el joven héroe que la gana es el hermano de María Josefa de Sucre, aquella fina mujer que fue el hondo amor juvenil de Bello en Caracas.

    Su destino parece ser el de marchar agobiado y alejarse de todo lo que ama. No es sino el desterrado y por eso se aferra con tanta ansiedad a lo que ha podido llevarse consigo: la ciencia, la literatura, la lengua y la imagen de América.

    Por eso resulta tan revelador que en sus investigaciones sobre la literatura española haya de detenerse por largo tiempo, por todo el tiempo de su vida, en el estudio y la meditación del poema del Cid. No sólo porque es el monumento auroral del alma castellana y el poderoso vagido de su lengua, que son esencia unificadora de su América, sino porque también es la gesta del desterrado, la hazaña del paladín que lucha para reconquistar lo que le han arrebatado, del que convierte la desgracia en grandeza y alegría: “Albricias, Alvar Fáñez, ca echados somos de tierra”.

    En el momento en que se sumerge en el poema del Cid va llegando a su término aquella larga etapa de Londres, que es la de la angustiosa espera, la del aprendizaje inagotable de la pobreza y la del rumbo borrado.

    Entre la modesta casa, que es casi tugurio; el trabajo en las ambulantes oficinas de la Legación de la Gran Colombia o de Chile, las clases a los hijos del Ministro Hamilton, la ocasional charla con Blanco White, el laborioso descifrar de los manuscritos de Bentham, la vasta sala del Museo Británico y sobre el sabor de humillación del hombre que sabe lo que vale y se siente injustamente preterido, vienen a asaltarlo las visiones esplendorosas de su tierra.

    Entonces parece olvidar todo lo demás. No oye el áspero quehacer de Mrs . Bello y las riñas de los chicos, no mira al empañado cristal de niebla que cubre la ventana ni los maltrechos muebles, sino que únicamente siente aquella poderosa voz interior, “flor de su cultura”, que brota en la contenida cadencia de unos versos perfectos: “Salve, fecunda zona, / Que al sol enamorado circunscribes / El vago curso…”.

    Desfilan las estremecidas palmeras, el maíz, “jefe altanero de la espigada tribu”, el cacao con sus “urnas de coral”, el banano, amigo de la mano esclava, los jazmines del cafetal, las flores, todo el coloreado hálito del gran drama de la vida vegetal y animal del trópico, y después la visión “del rico suelo al hombre avasallado”, abierto a la paz y a la dulzura de la vida, sin que la emoción llegue a alterar un acento ni a perturbar el sereno ritmo de la Silva inmortal. […]

    Es entonces cuando se abre la tercera y definitiva etapa de su vida con el viaje a Chile en 1829. El signo del desterrado vuelve a afirmarse ante el pesado paso de aquel hombre de cuarenta y ocho años, lleno de conciencia, de fe en los destinos superiores del espíritu y de reflexiva desesperanza en su destino.

    La Europa que deja es la de la batalla de los románticos. Los versos de Byron y los de Hugo han resonado con sus ricos ecos en aquella alma clásica. Ha ensayado, con alegre curiosidad, su mano en la versión de algunos fragmentos del Sardanápalo , y ninguna de aquellas novedades escapan a su amor de la belleza ni alarma al asiduo lector de los griegos, de los cantares de gesta y del romancero; pero tampoco lo arrastran a sacrificar la perfección de la forma ni la pureza del lenguaje. Ese difícil fruto del esfuerzo paciente, de la fina sensibilidad y del estudio es el que le da ese sabor de eternidad sin fecha a todo lo que escribe y que empieza a ganarle el título intemporal de “Príncipe de los poetas americanos”.

    Vuelve a alejarse en el destierro. Es un “largo penar”. Va ahora a aquella provincia perdida en las playas australes del remoto Pacífico, a la que llega después de dar la vuelta a toda la América, de rebasar el Trópico y de pasar por las heladas soledades del estrecho de Magallanes. […]

    En 1847 sale su Gramática de la lengua castellana . Es un anciano de cerca de setenta años, movido por el poderoso anhelo de toda una vida, el que completa la extraordinaria hazaña, viva, fecunda y combatiente que está en esa grande obra.

    En la vida de la lengua castellana hay dos dramáticos momentos cargados de destino: uno es aquel en que el habla del condado de Fernán González se transforma, bajo los Reyes Católicos, en el instrumento de la unidad y de la culminación de la raza española, y el otro es aquel en que, roto y desmembrado el gran imperio, queda en la lengua la mayor esperanza de la reconstrucción de la unidad moral y cultural de las Espa-ñas. Dos de las mayores figuras de humanistas hispánicos realizan el sino de esas dos grandes horas.

    La hazaña de Lebrija, que hizo la primera gramática de una lengua moderna, porque “la lengua es la compañera del imperio”, la repite Bello, el criollo, que liberta la gramática castellana de la imitación latina y la rehace para que no se repita en América “la tenebrosa época de la corrupción del latín”.

    Refugiado en lo que ya nadie podía arrebatarle, en la forma más alta y perdurable de su patrimonio, Bello llega a cumplir plenamente su misión de servidor del espíritu y de la civilización. […]

    Foto id: 1652037

    Eghjg hjgj / LA NACIÓN
    Personaje

    Personaje



    paisaje de niebla con solitario pensativo

    Notas relacionadas:

  • Andrés Bello, el desterrado
  • El venezolano Arturo Uslar Pietri nació en Caracas en 1906, donde murió en el 2001. Fue periodista y político. Se lo considera uno de los grandes escritores de su país, y, sin duda, es de los mejores ensayistas que ha dado Hispanoamérica. Ha proliferado tanto y bien el ensayo en nuestros países, hay tantos reyes buenos en aquel arte, que esta realeza se acerca, por su número, a una democracia. Como ya se dijo, el ensayo es la sonata del pensamiento, y he aquí un virtuoso que juega con la historia, la biografía y las sutilezas de la observación.

    Algunos escritores publican tanto que tienen su obra dispersa en periódicos; otros publican más y tienen su obra dispersa en libros. Arturo Uslar es de estos últimos: nos dejó muchos libros, y buenos. Clásico de la novela histórica hispanoamericana es Las lanzas coloradas (1931), no menos que La isla de Robinson (1981), donde él recrea el delirio cívico del excéntrico y visionario Simón Rodríguez, maestro de Bolívar. Uslar también incurrió en la cortesía agradecible de publicar un libro intitulado Sumario de economía venezolana para alivio de estudiantes (1945), esfuerzo de esclarecimiento y compasión que solo podría igualarse con el de quien escriba Hegel sin esfuerzo .

    El siguiente ensayo-semblanza apareció en el libro Veinticinco ensayos , compilación de la que –esta vez sí– puede afirmarse que el título lo dice todo. Lo publicó Monte Ávila, Editores, en Caracas en 1969.

    El escrito traza luces sobre las sombras del pobre Andrés Bello, genial poeta, crítico, historiador, jurista y gramático nacido en Caracas y fallecido, como ciudadano y senador, en Chile. Por entre la turbulencia funeraria de las guerras de independencia, Bello escapa y se asila en el limbo de una atroz pobreza londinense. ¿Qué hace este personaje de Dickens, transido de niebla, tan solamente acompañado, tan lejos del sol plenario de Caracas? No ha de volver allá. Retornará a su “destino sudamericano” por otras tierras, y en Chile, y siempre en el mundo, ha de resurgir eterno y magistral. (Víctor Hurtado Oviedo)