Disquisiciones
Domingo 08 de julio, 2007
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‘Sócrates en Atenas’ (grabado ANÓNIMO) / LA NACIÓN

Paulo, el helenístico



Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

Quienes mal los quieren, dicen que los libros de Paulo Coelho son de esos que uno llevaría a una isla desierta para abandonarlos en ella.

Aquello demuestra que alguna gente confunde el buen gusto con la intolerancia, y que hace bien.

Otras personas añadirían que, en los libros del señor Coelho, pasar las páginas es empeorar las cosas. Sorprende que no hayan descubierto el antídoto: no empeorar de página es quedarse en una.

Uno debe confesar que se ha perdido la experiencia de aquella frustración, quizá porque a uno le gusta leer, pero no tanto.

Algunos de los libros del señor Coelho son novelas de autoayuda en las que una persona derrota ejemplarmente a la adversidad.

Lo que importa es esto: el ejemplo que ha de servirnos para superar nuestras propias angustias.

Sus libros, laicos, no se diferencian mucho de las hagiografías, en las que los santos nos regalan paradigmas de la salvación.

¿Qué tienen de malo –aparte de su “literatura”– los libros del grafómano brasileño?: el pretender que las soluciones de las tragedias personales siempre consisten en sobreponerse heroicamente al mal.

Al contrario, quizá ocurra que la pobreza, la enfermedad terrible, la soledad insistente o la violencia padecida nos sobrepasen y nos rindan al final. Es una pena, pero sucede.

Clasificar al señor Coelho entre los filósofos sería exponerse a demandas de ambas partes; pero, aun así, algo hay.

Lo que Coelho, imitadores, adjuntos y extensiones reeditan es la “desviación” de la filosofía griega surgida tras la muerte de Aristóteles. Se la llama filosofía helenística y se compone de escuelas, con matices dentro de cada una; las principales: la estoica y la epicúrea.

Lo propio de ambas fue la preterición (omisión) de la curiosidad científica que había culminado en Aristóteles, a quien alguien llamó “titán del pensamiento”.

Así, los helenísticos retomaron al padre Sócrates, quien había centrado el filosofar en la vida misma: cuál es mi destino, cómo ser bueno, cómo ser feliz, cómo debo comportarme con mi prójimo. Algo, poco, del viento que cubrió a Sócrates llegó a Coelho, y ninguno lo supo.