Costa Rica, Domingo 9 de diciembre de 2007

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Música

El terrible precio de la belleza

  Violencia Los cantantes ‘castrati’ fueron víctimas de un censurable ‘amor’ por la música

Jacques Sagot | jacsagot@gmail.com

El procedimiento quirúrgico era simple: se sumergía al niño de seis años en una tina con agua caliente y se le daba a beber alcohol. Se oprimían las yugulares y, una vez embriagado, se le apretaban las gónadas hasta que estas no pudieran ya palparse. Los testículos eran cortados con un cuchillo esterilizado al calor. La castración completa suprimía el impulso sexual, pero no la producción potencial de testosterona. Jugar a Dios, mutilar y deformar a un ser humano, violentar su integridad psicofísica para regalar al mundo una bella voz. De esta atrocidad surgieron algunas de las más soberbias voces de la que se tenga memoria: los castrati .

Lo monstruoso. Hombres a los que nunca se les dio la posibilidad de escoger, condenados a un tiempo a la gloria y a la humillación, a la belleza y a la monstruosidad. Solían ser grotescos, desproporcionados, con torsos gruesos y piernas delgadísimas, senos y caderas feminoides. No siendo eunucos, estaban capacitados para tener relaciones sexuales con mujeres sin riesgo de embarazarlas. Esta facultad y su inmensa fama de vedettes los tornaban particularmente codiciados entre las damas de palacio.

La castración masculina se originó en el antiguo Egipto, pero no se realizaba ciertamente con propósitos artísticos. Los primeros castrati de los que se tiene registro trabajaron para la capilla papal en 1562. Estándoles prohibido a las mujeres cantar en la iglesia, era natural que se echara mano de aquellos para cubrir el registro de las sopranos y las contraltos en el canto gregoriano.

El último castrato fue presumiblemente Alessandro Moreschi (1858-1922). De él se tienen dos grabaciones (1902, 1904), ambas rudimentarias y musicalmente decepcionantes. Existen pruebas, sin embargo, de que la práctica de castrar niños apostando a la posibilidad de convertirlos en prima donas siguió cultivándose en Italia hasta hace poco tiempo.

¿Perplejos? No deberíamos estarlo, nosotros, inteligentísimos residentes del siglo XXI, que persistimos en amputar clítoris y prepucios cuando los dogmas religiosos así lo disponen.

Mercancía. Solían proceder de familias pobres y llenas de hijos. Los padres salían de apuros vendiendo a alguno de sus niños para ser entrenado como cantante. Si, después de la castración, la voz evolucionaba en la dirección correcta y el castrato devenía estrella operática, la familia salía para siempre de apuros económicos.

Sin embargo, la mayoría de las veces, el niño resultaba carecer del talento musical necesario para desarrollar una carrera como cantante. Apuesta fallida. Vida miserable. Rabia sin límites.

Los que prosperaban llegaban a vivir como príncipes, a hacerse pagar a precio de oro sus recitales, a raptar condesas a diestra y siniestra: mutatis mutandi , chismorreos de moderno tabloide.

Sus romances causaban escándalos, competían entre sí en virtuosismo, tenían más poder que los compositores cuyas obras interpretaban. Tal era su fama, que la castración de los niños, a pesar de estar prohibida por la ley, se convirtió en una próspera industria en Italia y España.

Carlo Broschi Farinelli (1705-1782) tenía una voz tan prodigiosa que, después de cada una de sus arias, sus compañeros en el escenario olvidaban sus líneas, prorrumpían en aplausos o corrían llorando a abrazarlo.

¡Interrumpida quedaba la acción dramática durante varios minutos!

Lo sublime. El aparato emisor de los castrati combinaba la laringe de un niño con la capacidad pulmonar de un adulto. El color de la voz era extraño a un tiempo que fascinante. Podían recorrer con facilidad el registro de la contralto y la soprano, con potencia infinitamente mayor que la de la voz femenina. Eran capaces de pasar de las notas graves a las agudas (¡agudísimas!) con el donaire con que uno suele silbar en la ducha.

Sus características vocales les permitían desarrollar carreras con intensas agendas de conciertos durante cuatro décadas o más. Aun cantando pianissimo, su voz tenía un timbre tan nítido y penetrante que podía atravesar el fortissimo de la orquesta y llegar con toda su pureza al público. Su control sobre la respiración los capacitaba para sostener una nota y prolongar una frase melódica prácticamente ad infinitud .

Trinaban como ruiseñores (no solo haciendo alternar notas contiguas una de la otra, sino aquellas más distantes entre sí), pero tenían la potencia de terodáctilos. Combinación inaudita de pujanza y agilidad. Como un futbolista pesado y muscular que estuviese además dotado de la capacidad para ejecutar toda suerte de filigranas y de “bailarse” a tres rivales sobre un ladrillo.

Bel canto. La relación entre los castrati y el bel canto fue recíprocamente fecundante. El bel canto propició el auge de los castrati , y estos le dieron a aquel incomparable realce.

El bel canto era el estilo interpretativo y la técnica de emisión vocal predominantes durante el siglo XVIII, si bien Rossini, Bellini y Donizetti siguieron cultivándolo a su manera durante la primera mitad del XIX.

¿En qué aspectos musicales ponía su énfasis el bel canto ? En la belleza de la voz, en su brillantez y agilidad; en la plasticidad de las líneas melódicas; en el virtuosismo vocal: trinos, ornamentos, florituras de todo jaez (coloratura). ¿Sus problemas? En su fase degenerativa, el bel canto cayó en el manierismo, en la sobreornamentación, en la ostentación virtuosística (¡a ver quien puede sostener durante más tiempo tal o cual trino!) y en la completa desustanciación de la música: ya no importaban la verdad dramática, la sinceridad del sentimiento.

El aria da capo (la primera parte se cantaba tal cual la había escrito el compositor, en la repetición el cantante añadía cuantos gorgoritos le placía) fue su expresión formal característica; pero, a veces, a los castrati se les iba la mano con los gorgoritos, y entonces comenzaba la eterna riña con los compositores. Handel llegó a los puños con más de uno de ellos.

Otro sentir. Una cosa es la disciplina y otra el ensañamiento. Preparar a un niño para la música es hacer de él un ser humano integral. Proponerle un horizonte de libertad, no infligirle una de las más crueles limitaciones que pueda uno imaginar. Darle la belleza por residencia, no llenar su vida de barrotes. Propender a su salud (para Platón, la enseñanza de la música era parte fundamental de la higiene física) y no mutilar y deformar su cuerpo.

Amemos la maravillosa plenitud del canto, pero no por ello vendamos el alma al diablo. Los castrati fueron un exitoso experimento vocal, pero un crimen de lesa humanidad. Evoquemos su historia con estremecimiento, con tristeza y con no poca vergüenza por lo que el hombre ha sido capaz de hacer para robarle a la belleza uno que otro fulgor.

De ello fueron cómplices todos: la realeza, el clero, la familia-infierno, los empresarios y ciertamente los compositores, por insignes que fueran. ¿Que tal era la mentalidad de su época? De acuerdo, pero eso no los exculpa.

Uno quisiera creer que los genios están siempre por encima de la cosmovisión de sus contemporáneos. Desafortunadamente no es así. Muchas veces son mero eco de las aberraciones, prejuicios y crueldades de su siglo y su cultura. Handel, Mozart, Rossini… Perdonen, maestros, pero erraron, erraron, erraron.

FOTOS

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Carlo Broschi Farinelli (1705-1782), vistiendo la Orden de Calatrava. Pintura de Jacopo Amigoni, que data de 1750-52. Wikicommons

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Caricatura de Farinelli feminizado hecha por Pier Leone Ghezzi en 1724. Wikicommons

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