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| Esta edición |
| Domingo 26 de agosto, 2007 |
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Trayectoria del sistema de la “mariposa”según Edward Lorenz. WIKIPEDIA PARA LN |
¿Siente el efecto mariposa?
Consecuencias PEQUEÑOS CAMBIOS Y FUERTES DECISIONES PUEDEN ALTERAR AL MUNDO NATURAL Y A LAS SOCIEDADESNuestro sentido común nos dice que la intensidad de nuestras acciones es proporcional a la magnitud de sus efectos. Así, por ejemplo, todo jugador sabe que un suave empujón pasará inadvertido por el oponente, uno moderado lo sacará de balance y uno muy fuerte lo arrojará al césped. Así, un estudiante supone que estudiando un poco apenas aprobará la materia, poniendo más empeño obtendrá una buena nota y esforzándose el máximo logrará una nota sobresaliente.
Sin embargo, la realidad nos señala que esa proporcionalidad entre causas y efectos no es absoluta y que debemos considerar otras dos posibilidades: acciones monumentales que producen efectos despreciables, y acciones pequeñas cuyos impactos son enormes.
Un ejemplo del primer caso son los formidables esfuerzos de cambio institucional que se traducen en procesos más complejos, sistemas incompatibles y proyectos inacabados: mucho ruido y pocas nueces. Un ejemplo del segundo caso es el comentario inocente que se propaga y distorsiona por la red informal, alimenta una escalada emocional y produce un conflicto terrible en la oficina.
Emocionalidad. Es importante observar que nuestras creencias acerca de la relación entre causas y efectos están teñidas por nuestra emocionalidad y nuestra “visión de mundo”.
Así, la creencia en “causas y efectos proporcionales” es una defensa que nos protege de la incertidumbre: si creemos que tras la causa conocida vendrá un efecto esperado, entonces no hay lugar para sorpresas desagradables.
Por su parte, la creencia en “grandes causas, pequeños efectos” podría ser una manifestación de la emocionalidad de la resignación (“no importa cuánto lo intente, al final nada cambiará”) y el resentimiento (“tanto que les ayudé y me lo agradecen con tan poco”).
La creencia en “pequeñas causas que producen grandes efectos” podría estar asociada con la emocionalidad de la ambición: creer que la intervención apropiada, en el momento indicado, puede dar réditos incalculables.
En 1961, el meteorólogo Edward Lorenz trabajaba en un modelo de predicción del clima por computadora. Tratando de apurar la tediosa tarea de repetir las simulaciones para chequear su trabajo, decidió redondear los datos. Un par de decimales menos le ahorrarían mucho tiempo (pensaba), y la diferencia en los resultados sería despreciable.
Para su sorpresa, los resultados arrojados por la computadora eran muy diferentes de los obtenidos en el ejercicio previo. Esto convenció a Lorenz de que pequeñas variaciones en sus datos de entrada resultaban en predicciones climáticas tremendamente divergentes.
Inspirado en un proverbio chino (“el aleteo de las alas de una mariposa puede sentirse al otro lado del mundo”), Lorenz llamaría “efecto mariposa” a este fenómeno.
Interesado en sistemas muy complejos (la atmósfera, el clima y sus patrones), Lorenz descubriría que su aparente desorden y su volatilidad se encontraban limitados por un complicadísimo patrón de orden, para el cual acuñó la expresiónatractor extraño (graficado por una computadora, este atractor se parece a una mariposa con sus alas desplegadas).
GRande y pequeño. Lorenz acababa de ligar minúsculas diferencias con cambios portentosos: dadas las condiciones iniciales de un sistema complejo, la más pequeña variación en ellas podía provocar que el sistema evolucionase en formas totalmente diferentes. Por sistema complejo podemos entender el clima, las bolsas de valores, las organizaciones humanas, los ecosistemas, etc.
En su forma más rigurosa, el efecto mariposa de Lorenz estaba asociado con perturbaciones minúsculas que, sin cambiar los sucesos en sí, podían modificar drásticamente la secuencia en la que estos se daban, haciendo la predic-ción imposible más allá de un cortísimo horizonte temporal.
Sin embargo, la versión del efecto mariposa más popular es aquella en la que pequeños cambios, al propagarse y amplificarse en los sistemas, son capaces de generar un efecto considerablemente grande.
Así tenemos, por ejemplo, el contacto accidental de un virus animal con seres humanos, lo que desata una epidemia a nivel global; o el simple resfrío de un presidente que produce un remezón en el mercado bursátil mundial.
Lo anterior nos lleva a preguntar: ¿qué hace falta para crear deliberadamente un efecto mariposa? Es claro que, para empezar, se requiere una intención, un deseo de lograr algo. A partir de allí, proponemos que el éxito de nuestra empresa dependerá de tres factores.
Primero, nadie logra un efecto mariposa sin dar el primer paso. Hay que actuar para mostrar compromiso (liderar por el ejemplo). Segundo, nuestro acto es sólo una chispa, una intencionalidad que se debe propagar y amplificar a través del sistema, por lo que se necesita hacer redes: hay que conectar con otros. Tercero, de poco servirá dar el primer paso y hacer redes si no logramos emocionar a otras personas.
Por ello, debemos proponer algo que resuene con una aspiración, necesidad o preocupación de muchos (este sería su atractor extraño) y nos permita “anclar” en su emocionalidad.
Querer y poder. Recordemos a Rosa Parks, una mujer negra del sur de los Estados Unidos, quien en 1955 se negó a ceder su asiento del bus a un hombre blanco. Luchadora por los derechos de las personas de origen africano, el acto de Parks estaba cargado de intencionalidad: al no moverse, actuó. Su gesto resonó en otros (como Martin Luther King, entonces un desconocido pastor religioso) y fue la chispa que encendió el Movimiento por los Derechos Civiles en los Estados Unidos.
En los más poderosos actos individuales están presentes los tres factores: dar el primer paso, hacer redes y resonar con una aspiración, necesidad o preocupación de muchos.
Eso sí, advirtamos que los sistemas humanos son todavía más complejos que el clima: en ellos no hay garantías, y los fenómenos no siempre son repetibles (como lo ilustra el caso de Irene Morgan, otra mujer afroamericana que, diez años antes que Rosa Parks, también se había negado a ceder su asiento a un blanco, con resultados mucho menos trascendentes).
Edward Lorenz tenía 45 años cuando su aletazo de mariposa (eliminar un insignificante par de decimales de sus datos) produjo un huracán en el edificio de la ciencia. Muchas tormentas han nacido y se han disuelto desde entonces. Hoy, Lorenz tiene 90 años y acude todos los días a su oficina del Instituto Tecnológico de Massachusetts, a un pequeño escritorio junto a un gran ventanal, en el que ve formarse los enormes nubarrones que llenan el fondo del cielo.
Acaso su ejemplo sirva para recordarnos que tenemos toda la vida para actuar, cargados de pasión e intencionalidad. Después de todo, si el clima –sin proponérselo– es capaz de acumular las nubes y fabricar un huracán, ¿de qué no serán capaces un individuo o un pequeño grupo dispuestos a crear su propio efecto mariposa?
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