Disquisiciones
Domingo 26 de agosto, 2007
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AFICHE DE UNA ADAPTACIÓN AL CINE (1935) / LA NACIÓN
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La verdad, parece mentira


Víctor Hurtado Oviedo
vhurtado@nacion.com

En verano, al mediodía, el sol cae sobre el Panteón Jardín con violencias de gamonal. La luz plancha el aire contra las tumbas, y los condominios de nichos arden en su averno terrestre. El calor relumbra en las paredes con un albor tan blanco que los ángeles lo cortan para hacerse túnicas y estar más presentables en el Juicio Final.

El Panteón Jardín es un cementerio antiguo en la capital de México. Se ondula sobre una colina cual pirámide azteca: anchísima, sinuosa y apacible. El sacerdote de su propio sacrificio es el visitante, quien asciende caminos bajo el sol implacable. Al mediodía estival, por el cementerio no camina ni un alma. Aunque rodeado de muertos, el visitante se siente muy solo.

Arriba, en su olimpo mestizo, yacen actores y músicos de México, en la hectárea con muros de la Asociación de Artistas. En el centro, a tiro de aire de la tumba de Javier Solís, el mayor vocalista de boleros de toda la historia, vive enterrado Álvaro Carrillo. Fue ingeniero, y ahora, de noche, construye túneles para que se visiten los muertos.

Álvaro usó la ironía de nombrar con título equívoco un bolero exquisito: La mentira . Recorremos la letra mientras nos lleva la música, y “la mentira” nunca aparece en los versos. Por ello, algunos ansiosos lo llaman Se te olvid a.

Así, La mentira es un engaño.

La mentira es un pecado, ya se sabe; pero además es una forma de relación social en la que una de las partes oculta algo a la otra. Ya se sabe; lo que no se sabía era que el mismo mentiroso se miente; al menos, no logra convencer a la mitad de su encéfalo de acompañar la farsa.

En su libro La inteligencia social , Daniel Goleman afirma que mentimos con el circuito consciente, ‘alto’ (cerebral), mientras que se nos resiste el circuito ‘bajo’ (de la amígdala encefálica). Así, nuestra cara y nuestro cuerpo –más sinceros que nuestra inteligencia– nos desmienten. Una mirada esquiva, un gesto raro, revelan nuestra estafa a quien sepa verla. La verdad nos acecha. Somos un mentiroso señor Hyde que siempre lleva dentro la conciencia-doctor Jekyll. Algo de nosotros se opone al propio engaño. ¿Oyó la ciencia la voz de la conciencia? Sí; la verdad, parece mentira.