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| Domingo 08 de abril, 2007 |
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José León Sánchez:con Tenochtitlan conquistó la novela histórica. archivo /LA NACIÓN |
El fin de la Suiza centroamericana
Juicio pendiente. ¿QUÉ QUEDARÁ DE LA NOVELA COSTARRICENSE DE LOS ÚLTIMOS AÑOS?En 1990 le pedí a mi amigo Habib Succar, entonces gerente de la Editorial Costa Rica (ECR), que me ayudara a demostrar una hipótesis que me rondaba la cabeza: los ochentas habían sido francamente pobres para nuestra novela, en cantidad y calidad, al revés de lo ocurrido una década antes.
Las mejores novelas se publicaron en México y España, Tenochtitlán , de José León Sánchez, y María la noche , de Anacristina Rossi, mientras que la crisis económica de la ECR, en 1987, afectó severamente su catálogo. La guerra prodigiosa , de Rafael Ángel Herra, fue de lo poco interesante que salió de ese sello y se leyó mal o como un “eco” de la moda medieval creada por El nombre de la rosa . Otros títulos sugestivos los editaron EDUCA o Guayacán, La estrategia de la araña , de Rodrigo Soto, y Esa orilla sin nadie , de Hugo Rivas.
No dejaba de ser raro que la recesión económica, la adopción de otro modelo de desarrollo –que 25 años más tarde desembocaría en el TLC–, la revolución sandinista y la crisis regional, junto con la atención mundial que generaban, no produjera novelas.
El relevo generacional no hizo sino aumentar esta crisis de identidad: Joaquín Gutiérrez abandonó el género en 1978, y Carmen Naranjo lo llevó a un callejón sin salida con su antinovela Diario de una multitud (1974). Los novelistas más recientes se decantaban por la intertextualidad –Herra, Durán Ayanegui–, el absoluto –Rodrigo Soto– o el lenguaje –Álvarez Araya o yo mismo–. Lo que más dudas me despertó fue por qué Gerardo César Hurtado, Quince Duncan y Julieta Pinto no llevaron su crítica de Liberación Nacional y de la Costa Rica surgida de 1948 en vías de perdición –en Los vencidos , Final de calle y El eco de los pasos – a sus últimas consecuencias.
La conclusión a la que llegué, sin que pudiera probarla o no la lista de ediciones que gentilmente me dio Habib, fue que esa novela crítica era heredera de la política cultural socialdemócrata o, más concretamente, liberacionista, y de esa especie de “invención de la literatura nacional” que fue la creación de la ECR y la adopción de Magón (premio nacional de cultura), Aquileo J. Echeverría (premios nacionales) y Joaquín García Monge (premio de periodismo cultural) como modelos literarios.
Hasta la publicación de la colección XXV Aniversario de Víctor Julio Peralta, en 1985, la ECR fue fundamental para dotar a la literatura costarricense de un espacio vital, pero se sustentaba tanto en un modelo de Estado como en un nacionalismo literario incompatible con visiones contradictorias sobre ese mismo Estado-nación.
Contra el consenso. En 1992, la publicación de Asalto al paraíso , de Tatiana Lobo, lo cambió todo. Mostró el camino a seguir hacia lo que llamé la novela contraconsensual; abrió un ciclo narrativo que redefinió lo que hasta entonces era literatura nacional; y nos permitió releer obras no solo como anteriores sino como antecedentes: Cachaza , de Virgilio Mora, inadvertida en su edición original de 1977, y dos obras de José León Sánchez, La luna de la hierba roja y Tenochtitlán , la última batalla de los aztecas.
La excepcional Tenochtitlán le dio la perspectiva histórica y amplitud de miras necesarias a la futura novela costarricense mientras que La luna de la hierba roja y Esa orilla sin nadie , de Rivas, la dotaron del catalizador explosivo y de una chispa de rebeldía al plantear de un modo directo lo que otros textos apenas insinuaban, que la corrupción y el crimen eran parte del sistema político. Esto lo capitalizaríamos todos los novelistas posteriores y de modo particular mi novela Cruz de olvido .
Si lo graficara, diría que Tenochtitlán operó sobre el eje horizontal, ampliando épocas y épicas, intertextos y contextos, mientras que novelas como La ruta de su evasión de Yolanda Oreamuno, Cachaza y María la noche actuaron en el eje vertical, profanando la raíz de lo costarricense: el orden patriarcal, el infierno familiar, la intimidad incestuosa y el secreto privado.
No es casualidad que esa “puesta al margen” provenga de las afueras del valle central: la hacen autores malditos, renegados o no canonizados por el sistema –Sánchez, el “Monstruo de la Basílica” para las buenas gentes de Cartago; el “psiquiatra” Virgilio Mora o la “chilena” Tatiana Lobo–, con obras que abandonan la jaula consensual: la caída de México, el asilo de locos, la decapitación de Pablo Presbere...
Muchas de estas novelas se sitúan en lo que ha sido, desde el siglo XIX, el espacio novelístico: la encrucijada en la que un hecho individual deviene acontecimiento histórico, adquiere significado político o resonancia simbólica o metafórica. Este es el caso de El año del laberinto , de Tatiana Lobo; Limón blues , de Anacristina Rossi, y Cruz de olvido.
Bienios esenciales. Sin embargo, lo interesante es que estas obras reencuentran una tradición que ocultó el nacionalismo patriarcal socialdemócrata: que nuestra literatura también es latinoamericana. El infierno verde y Pedro Arnáez , de Marín Cañas, y Mamita Yunái , de Fallas, siempre lo fueron, así como Murámonos, Federico y Te acordás, hermano de, Joaquín Gutiérrez; Diario de una multitud , de Carmen Naranjo, y El eco de los pasos , de Julieta Pinto, por citar algunas.
Eso permitió que la crítica internacional viera que Asalto al paraíso se inscribía en la nueva novela histórica, que Limón blues es parte de la saga afrocaribeña y que Cruz de olvido mantiene puntos de contacto con la estética de la violencia centroamericana o que el procónsul parodia al dictador latinoamericano.
En esta eclosión, dos bienios fueron fundamentales: 1992-1993, con la edición de Asalto al paraíso , La loca de Gandoca , de Rossi; Las estirpes de Montánchez , de Fernando Durán Ayanegui; Viaje al reino de los deseos , de Herra; Tertuliano y la legión de los superlimpios , de Rodolfo Arias; Mundicia , de Rodrigo Soto; Única mirando al mar , de Fernando Contreras, y Los susurros de Perseo (1994), de José Ricardo Chaves; y 1999-2000: Cruz de olvido ; Y si trina la canaria , de Uriel Quesada; Desconciertos en un jardín tropical , de Magda Zavala; Los dorados ; de Sergio Muñoz; Los ojos del antifaz , de Adriano Corrales; El año del laberinto , El tibio recinto de la oscuridad , de Contreras; Los gallos de San Esteban , de Óscar Núñez, y El más violento paraíso (2001), de Alexander Obando.
La mayoría de estas obras fue publicada por editoriales privadas o incluso internacionales –como hace José León Sánchez desde 1970–, y no gracias a la política cultural del Estado, lo cual modifica la recepción literaria.
Para bien y para mal, la nueva cárcel estética es el mercado. Nuestras novelas son un producto de consumo y sobreviven si logran lectores o son obras de texto. La paradoja es que, si bien vivimos el mejor momento narrativo desde la generación de 1940, nuestro público es ínfimo en comparación con el de otros países de Latinoamérica. Seguimos mordiéndonos la cola.
El autor ha desarrollando estas tesis en el ensayo-ficción ‘La gran novela perdida. Historia personal de la narrativa costarrisible’.
Tatiana Lobo:novelística contra el consenso e inicio de una redefinición. ARCHIVO /LA NACIÓN |
Virgilio Mora,psiquiatra y enigmático novelista residente en Nueva York. |
Carmen Naranjo:hacia un callejón sin salida con Diario de una multitud. ARCHIVO /LA NACIÓN |
Joaquín Gutiérrez,autor esencial, dejó de publicar novelas en 1978. ARCHIVO /LA NACIÓN |
Julieta Pinto: El eco de los pasos, novela nacional e hispanoamericana. ARCHIVO /LA NACIÓN |
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Shakespeare llegará reinventado el próximo jueves al Teatro Universitario. Ese día, se estrenará Ofelia , adaptación del texto del dramaturgo chileno Marco Antonio de la Parra titulado Ofelia o la madre muerta . Esta obra a su vez está basada en la tragedia Hamlet , de William Shakespeare. |