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El Edificio Metálico constituye una obra de primer orden. Por muchas
razones es jerárquicamente el de mayor valor arquitectónico e
histórico del país.
Cuenta con un bagaje ancestral único, es hijo de la revolución
industrial y de la revolución educativa que el poder liberal implantó en
su época. Si nuestros antepasados lograron realizar obras de tal excelencia,
con gran audacia y visión, en medio de grandes sacrificios y adversidad,
nuestra generación tiene el deber ineludible de restaurar el Edificio
Metálico, dignificarlo, asignarle una nueva función en el siglo
XXI, aquilatar su verdadero valor arquitectónico y su aporte urbano
al entorno inmediato.
Paralelismo. El ingeniero Gustavo Eiffel, a raíz de la Exposición
Mundial realizada en París, construye en 1889 la torre que lleva su
nombre, y lo hace uniendo piezas de dimensiones fijas, con tal precisión
que llegaron a coincidir en sus enlaces hasta la décima de milímetro;
una obra impresionante que se convirtió en el símbolo de la Grande
Ville de Paris y posteriormente de la Ciudad Luz.
En 1891 se contrata con la fábrica Societé des Forges de Aiseau,
de Bélgica, el diseño y la estructura del Edificio Metálico.
Es al arquitecto Charles Thirion a quien corresponde proyectarlo. Este edificio,
al igual que la torre Eiffel, se erige pieza por pieza, plancha por plancha,
unidas al milímetro, hasta finalizar su construcción en 1896,
a escasos siete años de inaugurada la Torre Eiffel. Lleva impresa la
huella histórica de la batalla de Waterloo, en la cual Napoleón
Bonaparte perdió su imperio. Las planchas y elementos estructurales
se obtuvieron por la fundición de los desechos de los cañones
que yacían en el campo de batalla.
Irónico destino para los propósitos de quien proclamara, por
medio de su ministro del interior, Jean Antoine Chaptal, el precepto de que “la
ciencia debía descender de su pedestal y ofrecer su apoyo para la creación
de un nuevo mundo”. Sin embargo, fracasó en parte en tal intento
por sus ambiciones de poder; más bien, se cumplió ese destino
en nuestro pequeño país, pues los cañones construidos
para fines de conquista se convirtieron, por obra del azar, en la materia prima
de los elementos para conformar espacios difusores del saber, con la construcción
del Edificio Metálico.
Los antecedentes de la famosa frase de Chaptal tuvieron su origen en los principios
que llevaron a la creación de la Escuela Politécnica, fundada
en 1794 durante la Revolución Francesa, que se propuso de manera consciente
la enorme tarea de establecer una conexión entre la ciencia y la vida,
que aportase las aplicaciones prácticas a la industria y a los descubrimientos
científicos y matemáticos.
Mentalidad sin fronteras. La tecnología cobró gran importancia
y auge. En ingeniería y en arquitectura se utilizó el hierro
fundido en piezas prefabricadas para construir obras de gran magnitud, se generaron
nuevas ideas, nuevos espacios para albergar pabellones de exposiciones, bibliotecas
como la Nacional de París, puentes, estaciones de ferrocarril, etc.
Se crearon nuevos métodos de cálculo para diseñar las
grandes estructuras.
Una mentalidad sin fronteras indujo a fabricantes, ingenieros, arquitectos,
pintores, industriales, a desarrollar obras interesantes, bellas y funcionales.
Costa Rica se introdujo en esa corriente. De esta manera la ascendente revolución
industrial emprendió la fabricación en forma masiva de bienes
materiales elaborados en serie, lo cual tuvo un gran impacto social en el mundo,
hasta fines del siglo pasado. Es una de las épocas más trascendentales
de la civilización moderna.
Al igual que la Torre Eiffel en París, el Edificio Metálico levanta
grandes críticas en su contra. El novedoso y audaz sistema estructural
no fue en un inicio aceptado por la comunidad. Sin embargo, una vez construido,
se disiparon las críticas y, en su lugar, hubo elogios. “Se decía
con gran orgullo que el primer edificio metálico de Centroamérica
se había construido en el país”.
Hoy, valorando la tecnología, cabe decir que es el primer edificio modulado
y prefabricado.
“
San José, vive un gran auge de crecimiento urbano, se construyen otras
obras importantes, identificándose el pueblo con estas, se aprecia el
ornato de la ciudad, era motivo de orgullo y honor, símbolo del progreso
y modernidad.” (Cerdas–Quirós).
Pureza del diseño. En esa época se produce lo que se ha denominado
la reforma educativa liberal, que promulga la Ley Fundamental de Educación
y la Ley General de Educación Común. Uno de los cambios primordiales
se realizó en la enseñanza primaria con la adopción del
modelo de “escuelas graduadas”.
Bajo la influencia de la revolución industrial y de las políticas
liberales en la educación, nació la Escuela de Graduados, ubicada
en el Edificio Metálico, erigido así en templo del saber bajo
el halo luminoso de Minerva, diosa de la Sabiduría, cuya bella efigie
domina en todo lo alto de su cúspide.
El diseño del edificio presenta excelentes proporciones y una rica ornamentación
de estilo clásico, integrada a la estructura metálica; también
muestra una interesante volumetría simétrica en su fachada principal,
conformada por tres volúmenes, acorde con la distribución arquitectónica
de su planta, que consta de tres cuerpos.
Pese a su configuración simétrica, los volúmenes le imprimen
un ritmo de movimiento evitando la monotonía. En el interior se crean
espacios de gran sensibilidad arquitectónica. El salón de actos
es uno de ellos; sus arcos y columnas corintias producen un efecto impresionante,
modulando el espacio en forma cadenciosa. El hierro, material frío,
se labra, se pinta de color, oro y blanco, imprimiéndole al ambiente
un aspecto sobrio, austero, elegante. Las galerías que conducen a las
aulas son muy esbeltas, al igual que sus columnas que se ubican rítmicamente
a lo largo de su trayecto. Se crea ese juego de sombras y contrastes con la
intensa luz que reciben del sol matutino o del poniente. En medio del conjunto
se observa el cuerpo central que termina en forma semicircular, a modo de ábside,
generando una volumetría de primer orden. Esta pureza de diseño
engendra formas del concepto de verdad arquitectónica, que según
la teoría del maestro Villagran García, se define así:
concordancia entre material y apariencia óptico-háptica, entre
forma y función mecánico – utilitaria y de aquel insoslayable
precepto en la composición arquitectónica: entre más apegada
se encuentra la forma a la función utilitario-económica, mejor
será su solución. Finalmente, quizá lo principal en este
caso sea la concordancia entre forma y tiempo histórico.
Carece de mármoles, candelabros, pinturas, esculturas, espejos, cortinajes,
pero en vez de ello le sobran valores básicos que rigen el campo de
la arquitectura, como son lo útil, su lógica de lo estético
y de lo social, conceptos que consolidan su excelente diseño.
El pensador Francés Paúl Valery, en su escrito Eupalinos o el
Arquitecto, adopta la forma dialogada griega y hace hablar a Sócrates
con Fedro, en el Olimpo; decía uno al otro: “ ¿No has observado,
al pasearte por esta ciudad que entre los edificios que la constituyen algunos
son mudos, otros hablan y en fin otros, los más raros, cantan?”.
Agrega Sócrates: “No es su destino, ni siquiera su forma general
lo que los anima o los reduce al silencio. Obedece al talento de su constructor
o bien al favor de las musas. Los edificios que no hablan ni cantan no merecen
sino desdén, son cosa muerta”.
Hay quienes carecen de la sensibilidad de escuchar; sus oídos están
sordos, no oyen su cantar, no lo consideran; estos enmudecen al igual que los
edificios que no hablan ni cantan.