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Quizás no hay otra fotografía más famosa en el mundo contemporáneo
que aquella de Kevin Carter, con la que ganó el Premio Pulitzer en 1994,
en la que un buitre vigila pacientemente a un niño agonizante de desnutrición
en algún tramo del desierto del Sahara Occidental, en Sudán.
Nunca se ha dejado discutir sobre esa foto en los cónclaves de defensores
de los derechos humanos y en las escuelas de periodismo, para buscar como dilucidar
la posición ética del que tiene que informar. Se aprovecha del
horror, o lo evita. Ahuyenta al buitre, o toma la foto.
Y hay otra, no menos dramática, tomada en las vecindades del volcán
Casitas, en el occidente de Nicaragua, después de que el huracán
Mitch desbastó al país en 1999. En el mar de lodo que quedó después
del alud que bajó del volcán, el cadáver de un niño
desnudo es acechado por un cerdo. Igual que el niño agonizante y el
buitre, no hay nada más que ellos dos en la foto, el niño muerto
y el cerdo. Con la memoria de esa foto cierro mi novela Mil y una muertes,
que tiene por personaje precisamente a un fotógrafo.
Pero hay una última de este mismo año, que difiere de las anteriores.
El fotógrafo Chris Anderson carga sobre sus espaldas a una anciana desvalida,
para evacuarla de la aldea de Aitaroun, en el Líbano, que se halla bajo
el fuego de la artillería israelita, mientras otra anciana camina trabajosamente
a su lado. Aquí su opción fue distinta. Prefirió ayudar
a la anciana que tomar su foto entre los escombros, abandonada a su suerte.
No es tan sencillo afirmar que se trata de dos propuestas contradictorias,
una que es ética, y la otra no. Hay quienes dicen, para paliar la imagen
de insensibilidad que pesa sobre el fotógrafo Carter, que tras conseguir
la foto ahuyentó al buitre y sacó al niño del escenario,
pero esto tampoco resuelve el problema. El gran debate regresa a su punto de
origen, y tiene que ver con el papel de quien se halla en el lugar de los hechos
para informar. Y tiene que ver también con el papel del artista frente
a su modelo. ¿El buitre es el que está en la foto esperando la
muerte del niño, o el buitre es el fotógrafo, un buitre profesional?
El artista, que como ha dicho Vargas Llosa, vive de la carroña.
Flaubert defendía la absoluta neutralidad de ese artista que se topa
de pronto con una composición plástica que le ofrece la propia
vida, y no puede despreciarla. No opina sobre ella, no entra a hurgar en sí mismo
acerca de la justicia moral de lo que contemplan sus ojos. Ve la oportunidad
de consumar su papel de artista, nada más. Solo ve “motivos o
pretextos de la naturaleza rica en variedades de crueldad y maravilla, destinados
al ojo”.
En Mil y una muertes, Castellón, mi fotógrafo, oculto tras las
cortinas de una ventana, retrata el cadáver de su hija y de su yerno
que acaban de ser acribillados a tiros en la calle por la Gestapo, cuando están
por ser conducidos al gueto de Varsovia. El niño Rubén, su nieto,
se ha quedado contra un muro, aturdido por el terror, y también sale
en la foto.
La neutralidad, como generadora de arte, y por tanto de belleza, que derrota
a los sentimientos, o los congela. Porque lo terrible también es bello,
si es capaz de conmover. Si el artista ahuyenta al buitre, o al cerdo, y los
saca de cuadro, no hay obra de arte. Si el anciano fotógrafo que atisba
desde la ventana, baja corriendo al oír los disparos antes de tomar
la foto, la magia de que es capaz el artista, desaparece.
Anderson se perdió de tomar la foto de una anciana desvalida entre las
ruinas de lo que hasta hacía poco había sido su hogar, pero en
cambio otro fotógrafo encontró su propia oportunidad al retratar
a Anderson cargando a la anciana. La piedad, queda visto, también es
bella, como lo es el horror. Pero es la piedad registrada por la cámara,
que en términos de arte no existiría sin ese registro. Y más
allá de la neutralidad que impide escoger entre tomar la foto o no tomarla,
el grito de dolor de Castellón será, precisamente, esa foto. ¿No
es esa su manera de involucrarse?
¿Se trata entonces realmente de insensibilidad? ¿Quién dice
que una imagen de esas, la del niño frente al buitre, o frente al cerdo,
no va a ser multiplicada en todo el mundo, y tendrá consecuencias de advertencia
acerca de los abismos de injusticia que en lugar de cerrarse, se abren cada vez
más? Una foto es capaz de decirlo todo. El niño no representaría
esa advertencia solo. Necesita a su lado al buitre.
La belleza siempre está contaminada, nada ocurre por separado. El cuchillo
tiene un doble filo igualmente cortante, uno para la crueldad, otro para la
compasión. “En el destrozado cementerio se veían esqueletos
casi podridos mientras los árboles balanceaban sus frutos dorados encima
de nuestras cabezas. ¿No sientes lo completo de esta poesía y
cómo supone una gran síntesis?”, dice Flaubert en una carta
a Louise Colet.
El niño y el buitre, el niño y el cerdo. El padre frente al cuerpo
de su hija asesinada. El olor de los azahares junto al olor de los cadáveres,
el gusano en la rama florida, pero los dos filos en armonía dentro del
todo que es el cuchillo mismo.
Al fin y al cabo, el artista no es responsable del horror. No lo produce..
Y no puede dejar de hacer su oficio, que es registrarlo.