Zona Áurea: frescura y solidez

Exigimos bienales todos los años

Tamara Díaz
diazbringas@yahoo.com

Un panorama crítico de la V Bienarte, que refleja sus avances y sus nuevas necesidades.

Hace pocos meses circula un sugestivo correo demandando: "Exigimos bienales todos los años". Con la brevedad del buen chiste, aquel aviso jugaba con una de las instituciones más influyentes, polémicas y espectaculares del campo del arte contemporáneo: la Bienal.

En estos días, recién inaugurada la quinta edición de la Bienal Costarricense de Artes Visuales, volvió a simpatizarme aquella frase, que puede servirnos para pensar el evento local. "Exigimos bienales todos los años" resume quizá las paradojas, las expectativas y el humor que recorren buena parte de la más reciente Bienarte.

Más cerca del modelo de los salones nacionales que de los mega-eventos internacionales, las bienales costarricenses han pasado de los límites de la pintura, hacia una apertura a nuevos lenguajes. A partir de su tercera edición en el 2001, Bienarte se convirtió en un evento de artes visuales, ampliando su capacidad de convocatoria al mismo tiempo que su pertinencia y legitimidad.

Esa capacidad de la bienal para transformarse en la medida en que lo demandan las prácticas artísticas es, sin dudas, una de las cualidades más apreciadas del evento. No obstante, la voluntad de cambio debe actualizarse continuamente y ojalá los organizadores de Bienarte puedan seguir replanteando las condiciones de tan importante foro del arte nacional: sus requisitos de participación, sus formatos, sus premios.

Si una convocatoria abierta puede ser el lugar ideal para ensayar cualquier riesgo, la presente bienal se mostró todavía tímida, cautelosa. Tal vez la escena artística local no sea muy arriesgada, pero en buena medida las bases de Bienarte son todavía rígidas. Unos ciertos formatos, unas ciertas dimensiones, una cierta duración de los videos son algunas de esas limitaciones. Otras tienen que ver con el requisito para los participantes de tener al menos dos muestras personales o tres colectivas, lo que deja por fuera a muchos jóvenes artistas, para quienes la bienal serviría de plataforma de entrada al circuito de exposiciones.

No es coherente con las dinámicas actuales del arte que no se admitan propuestas colectivas. Tampoco la exigencia de presentar dos proyectos. Se sabe que un autor puede pasar uno, dos o veinte años realizando un único proyecto y eso no cuestiona su competencia artística -probablemente sí la comercial-. En todo caso, la presentación de dos obras no logra dar cuenta de los procesos de cada artista, que tal vez se podrían incluir en el formato de portafolios. Finalmente, creo que un tema que convendría revisar es el de los premios, de modo que no solo signifiquen el pase a la bienal centroamericana, sino también un (estimulante y necesario) apoyo económico a la producción artística local.

Priscilla no pinta. Yo tampoco. No obstante, la actual Bienal Costarricense de Artes Visuales muestra una escena artística más fresca y sólida que en las últimas ediciones. Es notable la consistencia de la selección y el marcado desplazamiento hacia las generaciones más jóvenes. Esta vez, la elección de los seis artistas costarricenses que participarán en la Bienal Centroamericana del 2006 resulta del todo convincente: Cinthya Soto, Guillermo Vargas (Habacuc), Rafael Sáenz, Paulina Velásquez, Jorge Albán y Roberto Guerrero exhiben propuestas sugestivas, críticas y con una óptima relación entre las preocupaciones temáticas y los medios plásticos elegidos. De lo que nos deja ver la muestra seleccionada, destacaría también, mucho: Los años duros, de Alejandro Ramírez; Sewing, de Karla Solano, y Copyright, de Lucía Madriz.

De cualquier modo, la presente edición revela un medio mucho más crítico y complejo, que en obras como Yo tampoco, de Rafael Sáenz (que hace referencia a Priscilla no pinta, la primera exposición de Priscilla Monge), es capaz de revisar la historia reciente del arte local e ironizar sobre los procesos de legitimación en los circuitos internacionales.

De la estadística sobre la participación al evento destaco estos detalles: de 82 hombres, fueron seleccionados 18; de 31 mujeres, 13 quedaron en la muestra. Un dato que me gusta traducir así: el 42% de la participación femenina resultó seleccionada, frente a un 22% de los varones. En cuanto a los medios, llama la atención que de 79 pinturas, quedaran solo 7. Why should I paint?, pregunta Ana de Vicente desde su propuesta fotográfica.

Finalmente, creo que nunca como en esta edición los espectadores pudimos disfrutar la muestra seleccionada como una exposición más o menos coherente, con relaciones entre obras y entre discursos. En las salas del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, cada propuesta cuenta con su espacio justo, en diálogo con las cercanas. No es poco lograr una exposición fluida a partir de una participación abierta -y amplia, compleja, desigual-. La precisa museografía hace legibles ciertas rutas: los límites entre realidad y representación; una preocupación por temas urbanos y por el contexto político y social; un malestar con los medios y las mediaciones (sean de la prensa, la publicidad o la mismísima policía).

Ni el vago azar ni las precisas leyes. Altero el verso de Borges para aprovecharlo en un viejo debate en torno a la selección y premiación en eventos de convocatoria abierta como Bienarte. Los argumentos suelen ser más o menos habituales: que cualquier proceso de valoración e interpretación pone en juego tal cantidad de variables que otro jurado habría ofrecido distintos resultados. Bien. Que un jurado supone criterios subjetivos y parciales; que si es internacional le falta suficiente conocimiento del contexto; que las obras en los eventos están un poco al margen de sus procesos de producción y circulación. De acuerdo. Sin embargo, una bienal no es una lotería.

Con cualquier excusa, por modestia de los seleccionados o consuelo de los excluidos, he escuchado mil veces el mismo comentario: es una lotería. Lo peligroso de ese argumento es que el juego de azar no requiere ninguna competencia, ningún conocimiento, ni dominio técnico ni investigación. No hubo leyes precisas, pero sí criterios informados y responsables en la selección del jurado que integraron Eva Grinstein, Pablo Helguera y Silvia Karman. Criterios que fueron explicitados en las presentaciones y en el acta del jurado y que se aprecian también en la muestra seleccionada.

La importancia de un evento como Bienarte estará, justamente, en su capacidad de ir más allá de lo "eventual", con lo que tiene de azaroso. Si se entiende no solo como un esporádico termómetro de la escena artística local, sino como espacio de confrontación y crítica, tal vez no hagan falta bienales todos los años, sino todos los días.


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