Polifonías: Lugar Común

Tres abuelos

Luis Chaves
cuervos@racsa.co.cr

Y tuve un abuelo postizo, hermano de mi abuelo paterno. Virgilio. El tío abuelo menos soltero que solitario, introvertido... Siempre me intrigó ese universo suyo inaccesible y la sensibilidad particular....

Hay algo que los viejos comparten. Ayer en un parque contemplé por varias horas a unos ancianos que convertían la mecánica ordinaria de alimentar a las palomas en un fenómeno metafísico. Esa forma de mirar y de moverse que, si bien es una acción en el presente, parece ubicarse no en el pasado sino en ese futuro que, por estadística, les es cada minuto más cercano. Entonces dejan de ser personas y se transforman en la vejez (que -sabemos- es el grupo telonero de la muerte). Ayer mismo, al descubrirme al borde de reflexiones tan lúgubres, decidí pensar en mis abuelos.

Mi abuelo materno, "el Don", tenía un taller de imprenta. Recuerdo caminar entre las patas de las mesas, coleccionar los sobrantes de sobres de manila, marearme deliciosamente con el olor del pegamento, oír la música concreta de las guillotinas accionadas manual y rítmicamente. El Don tuvo una vida desordenada, a tropezones. Probablemente atormentado por el reflejo de sí mismo que le devolvía su entorno, al final de la vida trató de reivindicarse convirtiéndose en un proto-protestante. La fe, esa prótesis de la voluntad y la razón. Pequeño y con pelos blancos asomados por sus orejas grandes, parecía pariente del Yoda. Suyo era el radio de transistores que, en las tardes, nos reunía para el Ja-ja del aire y Tres Patines.

Chaco, mi abuelo paterno, padre de once hijos, fue, además de zapatero, homeópata autodidacto. De niño me hipnotizaban, en su cuarto, los rayos de luz que atravesaban las decenas de frasquitos de vidrio ámbar, esos donde luego él depositaba las bolitas de azúcar que me curaron a mí y al resto de sus nietos de toda enfermedad curable. Fue un herediano estricto pero hogareño que logró transmitir el sentido de familia a su progenie numerosa.

Y tuve un abuelo postizo, hermano de mi abuelo paterno. Virgilio. El tío abuelo menos soltero que solitario, introvertido. Sin mayores posesiones materiales que los pájaros que cazaba en delicadas jaulas fabricadas por él mismo. Con debilidad por el alcohol, cuando no lo alcanzaba el delirium tremens en la calle, dormía donde su hermano. Era ese típico familiar que se queda solo en casa ajena, por ejemplo, el 31 de diciembre. Siempre me intrigó ese universo suyo inaccesible y la sensibilidad particular, nada convencional, que acaso develaba en ocasiones contadas. Alguna noche, que pasó en casa para cuidarnos a mi hermano y a mí, entré a la habitación y sentados en la cama vimos un episodio de la serie Kung Fu. No cruzamos palabra pero fue la única vez que sentí que conversamos de verdad.

El Don murió perseguido por visiones apocalípticas en una cama de hospital, disminuido por el cáncer. Chaco en su casa, rodeado de la familia que logró mantener unida. Virgilio murió solo en una habitación en la que lo encontraron horas después. Me gusta imaginarlo yéndose tranquilo, pausado, sus huellas atrás en la arena del desierto, mientras en la pantalla bajan los créditos sobre la silueta en retirada de Kwai Chang Kein.


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