Lúdica: Vigilados y Castigados

Ana Wajszczuk
chicaiguana@hotmail.com



Intro

Durante un año, la escritora María Montero, el artista Jhafis Quintero y el fotógrafo José Díaz rescataron diferentes objetos que presos anónimos fabrican en las cárceles costarricenses -casi siempre de manera clandestina- con elementos básicos y cotidianos: cucharas, lapiceros, bisagras, cepillos de dientes, encendedores, semillas. Para exponerlos como In Dubia Tempora (Momentos críticos), los fotografiaron, les escribieron textos alusivos y les crearon, una vez más, otro significado: ser una obra de arte.

Propio y Extraño. La invitación a la exposición es una de las 25 fotografías expuestas: Rapaces Bestiae (Aves de rapiña) muestra, delante de un fondo blanquísimo, a tres encendedores -rosado, verde, celeste- , cada uno convertido en mango de un arma blanca hecha con cucharas o tenedores. El objeto que conocimos como gadget de producción en serie, vuelto arma decomisada en una oficina de la Dirección de Adaptación Social, regresa a nosotros desde la cárcel. Y hay algo en ese regreso de incómodo, en esa luz y en esos colores. Tal vez sea esa una de las características más emocionantes del arte: la capacidad que algunas obras tienen para salir de su autorreferencialidad e incomodar, la capacidad de transmitir tantas preguntas a medio concebir que uno intuye que ahí existe algo que nos inquieta, el relampagueo de un peligro: lo que hay de propio en un cuerpo extraño.

Familiar y Siniestro. En las fotos el blanco siempre es fondo. Blanco como la luz de la ciencia: aséptico y objetivo, positivista e iluminador. A contraluz los colores se tornan aguados, brillantes, casi pop. Los nombres, inventados en latín para cada objeto, refuerzan la parodia científica de lo que escapa a toda clasificación. Y en primerísimo primer plano los objetos, crecidos en la sombra, trayendo en su presente de fotografía las huellas del pasado que no le conocimos: arma o máquina de tatuar, matadora o suiza.

De la perversión de sus funciones viene que, a pesar de la pulcritud del blanco y la belleza del color, consigan de todas maneras pasarnos un aire siniestro.

Si, según la definición freudiana, lo siniestro es lo que crece irremediable del otro lado de lo familiar, estos objetos muestran en los reveses de su destino original lo siniestro del consumo, lo siniestro del monopolio de la violencia, lo siniestro de la disciplina general de la existencia, lo siniestro de la lógica mercantil del castigo que divide entre acreedores (nosotros, los de fuera de la cárcel) y deudores (ellos, los de adentro).

Yo y Otro. Las fotografías; el catálogo y su lápida de mármol; los nombres en latín que hablan de verdugos y aves de rapiña, de odios enconados y de motivos de guerra; los bolsos como souvenirs de la ortopedia social: el fuera de contexto, esa sobresignificación que los hace bordear el kitsch, parece querer protegerlos de la mirada políticamente correcta. El plano detalle, usado en el cine para permitir una sinestesia tal que transmita cercanía con lo encuadrado, en estas fotografías nos involucra sin escape con el objeto, nos hace partícipes, nos apunta.

Fuera de su contexto, en esta pureza ficticia por obra del arte, estos objetos familiares devenidos instrumentos de primera necesidad en la cárcel y devenidos por segunda vez, ahora, en objetos artísticos para nuestra contemplación, vienen a romper el esquema de un mundo separado y clasificado; un mundo de fronteras perfectamente delimitadas; un mundo dividido, siempre, entre yo y otro.

Coda. Un grupo aleatorio de personas celebramos la inauguración de la exposición. La muestra intriga y promete, y allí está la fila de personas para entrar, y allí está la exposición, los autores, el vino que -grata sorpresa- no se acaba, los canapés, la charla banal. Una noche estrellada, felicitaciones, abrazos.

Otro grupo de personas, tan aleatorio como el anterior, excepto que son los fabricantes de estos objetos ahora obras de arte, están confinados en una cárcel.

Apenas un momento crítico -in dubia tempora- separa a unos de otros. Sobre esa tierra de nadie es donde se yerguen estos objetos, con su mirada filosa, para atravesar toda buena conciencia.


Exposición

In dubia tempora (Momentos críticos)

Fotografías, catálogo y textos de Jhafis Quintero, José Díaz y María Montero.

Hasta el 31 de octubre en el Centro Cultural de España, Plaza del Farolito, Barrio Escalante, San José.


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