Esquina del poema


Caprichos de Rubén

Rubén Darío es el Modernismo como Mahoma es el Islam. Todo él está en él: la novedad, la música extremada, las princesas, los cisnes, la plenitud, la melancolía, la distracción y a veces el error. Parte de su gracia vive en la recuperación del ritmo; es decir, en la ubicación de los acentos. Esto es esencial porque no hay "ritmo interior": todo es número y física. Hay que contar con la inspiración y con los dedos. Por ejemplo, en el poema Blasón, los acentos se repiten siempre en las sílabas 3ª, 6ª y 9ª. Forman el pie métrico llamado anapesto (ooó) (uno de los nueve posibles en español). Blasón podría descomponerse en una tirita de tres sílabas por línea (elolím / picocís / nedenié).

El soneto De invierno es de versos alejandrinos; se dividen en hemistiquios (mitades) de siete sílabas. Son poemas tan armónicos, que ni "Luis Miguel" podría desafinarlos. (V. H. O.)

Blasón

El olímpico cisne de nieve
con el ágata rosa del pico
lustra el ala eucarística y breve
que abre al sol como un casto abanico.

De la forma de un brazo de lira
y del asa de un ánfora griega
es su cándido cuello, que inspira
como prora ideal que navega.

Es el cisne, de estirpe sagrada,
cuyo beso, por campos de seda,
ascendió hasta la cima rosada
de las dulces colinas de Leda.

Blanco rey de la fuente Castalia,
su victoria ilumina el Danubio;
Vinci fue su varón en Italia;
Lohengrín es su príncipe rubio.

Su blancura es hermana del lino,
del botón de los blancos rosales
y del albo toisón diamantino
de los tiernos corderos pascuales.

Rimador de ideal florilegio,
es de armiño su lírico manto,
y es el mágico pájaro regio
que al morir rima el alma en un canto.

El alado aristócrata muestra
lises albos en campo de azur,
y ha sentido en sus plumas la diestra
de la amable y gentil Pompadour.

Boga y boga en el lago sonoro
donde el sueño de los tristes espera,
donde aguarda una góndola de oro
a la novia de Luis de Baviera.

Dad, condesa, a los cisnes cariño;
dioses son de un país halagüeño,
y hechos son de perfume, de armiño,
de luz alba, de seda y de sueño.

De invierno

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
Envuelta con su abrigo de marta cibelina
Y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,
Rozando con su hocico la falda de Alençón,
No lejos de las jarras de porcelana china
Que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;
Entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;
Voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

Como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos, mírame, con su mirar risueño,
Y en tanto cae la nieve del cielo de París.

Rubén Darío


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