Polifonías: Variaciones en torno a un mismo desencanto

Roxana Ávila /David Korish / Gerardo Bolaños / Jaime Gamboa / Pablo Hernández / Rafael Ángel Herra / Alexánder Jiménez / Emilia Macaya / Carmen Murillo / Alexandra Ortiz / Ernesto Rivera / Bruno Stagno / Sergio Villena

El amor por las Letras conduce, habitualmente, a buscar en las palabras no solo respuestas oportunas sino también refugio y aliento, sobre todo en momentos de duda o sinsabor. Observar de qué manera proceden los términos del lenguaje para dar cuenta de nuestro ser y el mundo que nos rodea, constituye un buen punto de apoyo cuando se pretende aclarar razones -o sinrazones- buscar paliativos e inclusive, crear un cauce más provechoso al desánimo. Y, en estas épocas, es deber cotidiano luchar contra un desencanto cada vez más hondo y generalizado.

Al traer a colación el des-ánimo me percato, valga el caso, de la fuerza que ha ido adquiriendo, en nuestro día a día, el prefijo para la negación, des. Tomo al azar un diario y en solo unas cuantas páginas, recopilo buena suma de ejemplos: me elevo en des-ventaja, sobrevuelo des-acierto, planeo sobre des-igualdad, des-confianza y des-crédito y muy pronto toco tierra (o fondo) con des-orientación, des-orden, des-equilibrio y des-control. Quedan flotando, por allí, des-concierto y des-esperanza.

Retomo entonces el motivo -sin ápice de des-motivación- para escribir estas cuartillas, las variaciones en torno al des-encanto. Al punto, hago votos por avanzar de un modo más optimista y para ello, recupero la palabra encanto (sin la partícula que niega) para ver si de ese modo logro en verdad encantar. Pero ¡cuidado! Mejor retorno al diccionario, no sea que me rebase la intención.

Indago entonces algo más: "encantar" y su efecto, "encantamiento", enlazan con los múltiples sentidos del "me gusta", para confluir muy pronto en los dominios de la magia. Puesto que el viaje discurre por el camino adecuado -eso aparenta- reclamo un estadio más. Si rebusco en los sinónimos -cambiando de diccionario- arribo a fascinación, embeleso, sortilegio y remato con hechizo. Encantadores bríos fáciles de reconocer, sin duda, puesto que reaparecen en ciclos de cuatro años, entre ondular de banderas y bocinas de automóvil.

Examino la cadena que me abre la sinonimia: imposible eludir el antónimo, ubicado al final. Porque el término opuesto al encanto es, ni más ni menos, el horror. Concluyo, entonces, que perder el encanto es bordear el horror. Y me horroriza la comprobación.

Quizá resulte mejor -se me ocurre- retomar el desencanto. Vuelvo a la página en que reposan los sinónimos y leo.

Desencanto: chasco, desilusión, decepción.

Me convenzo, una vez más, de que es sabio el diccionario. Y vistas así las cosas, recito una final sinonimia: desencantar = desengañar.

Des-engañar. ¿Será que el desencanto se da ante un engaño que deja de serlo? Suena apropiada, la comprobación. Porque bien podría decirse, desde allí: desencantar = quitarse el velo de los ojos y mirar en desnudez a los desnudos. Ningún lugar para falsos ropajes.

¿Duele o decepciona? A lo mejor da rabia. Cualquiera de las tres situaciones, vale.

¿Engañar y traicionar tendrán algún parentesco? Puede que sí. Para que una traición opere, es necesario valerse de la buena fe del prójimo, hacerla pasar por cándida inocencia -acaso estupidez- y burlarla. "Pasó por inocente"... tal era el nombre del juego.

Abundan, en estos días, las referencias retóricas a lo que la Edad Antigua perfiló como "la barca del estado". Pero no es un manso lago, ni siquiera un océano bravío, lo que espera a esa nave. Porque se mira atascada, más bien, en mares de desencanto.


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