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En su libro Políticas de la amistad, Derrida decía que dos personas solo pueden ser amigas si aceptan que una tendrá que ver morir a la otra. Uno solo es amigo de alguien si está dispuesto a heredar su muerte. Por eso una de las responsabilidades de su escritura fue rendir homenaje a los muertos. Hay un libro suyo dedicado enteramente a recoger las oraciones fúnebres, los textos escritos -y a veces leídos públicamente- en elogio de amigos fallecidos.
Derrida fue el más joven de esa genial generación francesa de los sesentas que incluyó a Barthes, Foucault, Althusser, Deleuze, Levinas y Lyotard. Todos fueron sus amigos. En el momento de sus respectivas muertes, Derrida escribió obituarios en homenaje a todos ellos. Uno de los que más admiró fue Gilles Deleuze. Cuando murió, en 1995, Derrida escribió algo como esto: "ahora tendré que continuar el viaje yo solo". Hoy hay que decirle adiós a él, a Jacques Derrida, pero ninguno queda de aquellos grandes filósofos para hacer su homenaje. Él era el último. La filosofía queda ahora un poco a la deriva.
Para mí, Derrida era el más importante filósofo vivo. Su muerte -el hecho de que ya no escribirá más- es una certeza dura. ¿Cómo escribir, en pocas líneas, algo que honre esa voluminosa obra suya, compleja y siempre-en-camino? Él enseñó a no simplificar temas, a no reducir las obras a un par de eslóganes vacíos. Se negó, por ejemplo, en docenas de entrevistas, a definir "desconstrucción", la palabra que lo hizo famoso. Aquí no puedo explicar por qué lo hacía. En lugar de intentarlo -lo cual, bien hecho, solo podría ser insatisfactorio- haré pública mi opinión sobre su genialidad, pero no pretenderé contenerla en esta página de duelo.
| "Él creía que sin derivas inesperadas no habría, en rigor, viaje; pero tampoco creación, ni pensamiento ni viaje del pensamiento. Y tampoco habría encuentro de unos con otros" |
Insinuaré, nada más, como invitación, por dónde ronda su trabajo. Según su ejemplo, lo haré siguiendo un juego de palabras o, más bien, los posibles juegos de una palabra: "derivar". Intentaré, pues, un poco a la deriva, derivar de su obra un par de motivos que sí puedan honrarlo.
En un libro escrito a dos manos por Derrida y Catherine Malabou, ella explota lúcidamente el juego entre dos sentidos de "derivar". Primero: derivar es seguir una trayectoria continua y ordenada desde un origen a un final; como se deriva una conclusión lógica de unas premisas. Pero -segundo- derivar es también perder el control sobre el destino o el viaje. En la misma palabra cohabitan dos sentidos contradictorios. Como en la vida, que transitamos con la certeza de ir caminando hacia la muerte, aunque, a la vez, siempre un poco a la deriva.
Pero la filosofía occidental se ha basado fundamentalmente en el primer sentido. Por el deseo obsesivo de eliminar el otro, ha imaginado el pensamiento como un viaje lógico en el cual derivamos unos conceptos de otros, unas verdades de otras, sin pérdida, sin desvío. La filosofía ha aborrecido la deriva en sus derivaciones.
Ahora bien, si la filosofía ha soñado insistentemente con poder derivar unas certezas de otras (como si de la certeza de la muerte se pudieran derivar certezas para la vida), algunos han creído hallar en Derrida la ingenua e inofensiva tesis de que en realidad lo único que hace el pensamiento es ir a la deriva, como si fuera el caso que todo significa lo mismo o que cualquier cosa significa cualquier otra cosa. Derrida nunca defendió semejante "estupidez" (lo cito). Su ingenio estuvo más bien en mostrar que no se trata de elegir una cosa o la otra; que no se puede reducir la vida, el pensamiento o la realidad, ni a una cosa ni a su contraria.
Derrida pasó buena parte de su vida viajando. Lo hacía respondiendo a la invitación de alguna universidad. Escribió mucho sobre el hecho de viajar no para "encontrarse", como dicen algunos, sino más bien para perderse, entrenándose en ese arte tan ético de sentirse uno mismo otro, extranjero y extraño. Él creía que sin derivas inesperadas no habría, en rigor, viaje; pero tampoco creación, ni pensamiento ni viaje del pensamiento. Y tampoco habría encuentro de unos con otros. O, de haberlo, se restringiría a que unos quisieran asimilar a los otros, arrancándoles su diferencia.
Y ¿no es esa, hasta hoy, la historia del mundo? "Por eso -escribe Derrida- llamo 'viajar' a la experiencia de todas las experiencias, la experiencia culminante, mi última cuestión-del-otro, una cuestión de vida o muerte&...;"
Sus textos fueron como su vida: un viaje más o menos a la deriva derivado de las invitaciones que le hacían con motivo de sus escritos. A lo largo de ese viaje efectivamente socavó algunos presupuestos incuestionados del pensamiento occidental, de su estilo y de sus "certezas".
Su obra trabaja en las aristas, los entresijos, los efectos y posibilidades de esa "otra cosa". Es una invitación a asumir el hecho trágico de que no se pueden eliminar ni superar las contradicciones que conforman la vida, menos aún eligiendo uno de sus polos, y que, además, ni la realidad ni el pensamiento pueden reducirse a una estructura ordenada de contradicciones.
Dicho de otra manera, la diferencia no es algo que se pueda reducir a oposiciones ni algo que se pueda conducir siempre a síntesis. Derrida es el más fino pensador de la diferencia.
La "negociación" -imparable, ubicua- es por eso una de las palabras más firmes en su corpus. Se trata, con él, de pensar una lógica y una ética que no dependan del "binarismo ordenador" con que Occidente ha pensado y creado siempre la Historia.
¿Qué podrá derivar el porvenir de su obra? Algunos comentaristas han leído en ella la fuerza y la originalidad necesarias para provocar, en filosofía, una nueva revolución copernicana; lo cual -si no es uno un inquisidor- solo puede verse como algo provechoso para la filosofía. Porque no se trata -decía Derrida- de pasar la página de la filosofía, sino de enriquecerla aprendiendo a filosofar de otras maneras. Pocos como él han escrito tantos y tan buenos textos en defensa de la filosofía. Y en ellos -contrariamente a la opinión popular- no hay destructividad; su "desconstrucción" es afirmativa, artísticamente creadora. A Derrida solo pueden confundirlo con un nihilista quienes necesitan que una Autoridad Central paternal y absoluta gobierne tanto la vida privada como la vida en comunidad.
Derrida, también, defendió a los inmigrantes en Francia; y a los disidentes que firmaron la Carta 77 en la República Checa (fue apresado por ello); en Sudáfrica se opuso al apartheid; y soñó una negociación posible entre Israel y Palestina. Dedicó sus últimos años a escribir sobre la hospitalidad, la amistad, la justicia, el cosmopolitismo; y a defender la idea de una Europa abierta. Entre quienes más han aprendido de él hay juristas, arquitectos, feministas de renombre.
Lo menos que se puede decir de sus textos es que son inteligentes, arriesgados e innovadores. Las acusaciones de nihilismo, indiferencia y neutralidad que muchos "críticos" han esgrimido contra él, no tienen soporte ni en su vida ni en su escritura.
Con la muerte de Derrida se pierde a una de esas raras voces con el coraje y la capacidad de trastornar el mundo y ponerlo de cabeza, pero solo para hacerlo mejor.
Quienes lo conocieron personalmente aseguran que fue una persona admirable. Quienes lo hemos leído sabemos que fue un pensador admirable, provocador y seductor. Cuando alguien así muere, los demás quedamos un poco a la deriva. Es como si el mundo tuviera que empezar otra vez a pensar, a pensar a partir de su obra, a derivar de ella, y siempre un poco a la deriva, nuevas posibilidades de creación y de pensamiento. Como Nietzsche, estoy seguro de que él también se sabía póstumo. Hoy, que ya ha muerto, bien podría empezar a ser su tiempo. "Ven", escribió. "Ven", decía, a cualquier otro radicalmente otro. Lo que escribió fue una larga invitación a que cualquier otro le respondiera, interrumpiéndolo con respeto y amistad. Escribió, también, que siempre que salía de viaje de algún modo sentía que ese sería el último, que moriría en ese viaje. Sabía que todos sus viajes eran el viaje a la deriva del cual solo podría derivar con certeza su muerte. Y le gustaría que en su muerte lo recibiéramos como a alguien que arriba inesperadamente, dándole la bienvenida en su extrañeza, en su diferencia. Dándole la bienvenida a su obra singular. Nos toca a los demás responder a su infatigable inteligencia y a su incansable clamor de hospitalidad.
Jacques Derrida murió el 9 de octubre, a los 74 años, por cáncer de páncreas.
En las últimas décadas fue el filósofo francés más traducido y comentado en todo el mundo, de España a Japón, de Rusia a Sudáfrica, pero especialmente en EEUU, donde fue profesor en Yale y en la Universidad de California-Irvine, entre otras instituciones.
Su nombre suscitó diatribas furibundas, así como una inmensa admiración. Siempre fue polémico. Para unos representaba la peor amenaza contra la filosofía tradicional, para otros su mayor posibilidad de renovación.
Escribió cuantiosamente sobre filosofía y literatura, sobre temas éticos, políticos y religiosos. Su obra se está aplicando con fuerza en derecho y arquitectura.
Muchos querían que se le concediera el Premio Nobel de Literatura, incluso estaba entre los favoritos para recibirlo este año. Su escritura es tremendamente original, y en buena medida está dedicada a pensar y recrear incansablemente la escritura misma.
El presidente Chirac, en declaraciones tras su muerte, elogió su trabajó porque -dijo- buscaba siempre "el movimiento de libertad que yace en el origen de todo pensamiento".
Sus interlocutores más constantes fueron Husserl, Heidegger, Nietzsche, Freud y Levinas. Aunque también Mallarmé, Bataille, Kafka, Joyce, Artaud, Blanchot y otros menos conocidos como Jabès y Ponge.
Fue, en la Francia de las últimas décadas, el más vigoroso defensor de la enseñanza de la filosofía.
Nació en 1930 en El Biar, Argelia. De niño, en la época de la ocupación nazi, fue expulsado de la escuela por ser judío. Esa experiencia de exclusión lo marcaría para toda su vida. En París siempre dijo sentirse como un "meteco". No es casual que haya pasado su vida viajando, siempre como extranjero.
En su adolescencia no se interesó demasiado por el estudio, quería ser futbolista profesional. Hasta que escuchó un programa de radio sobre Camus. Empezó a leer vorazmente a Valéry, a Nietszche y al mismo Camus.
En 1952 ingresó a la prestigiosa Escuela Normal Superior. Aprobó la agregación en 1956. Luego sería profesor en la Sorbona y durante muchos años en la Ecole de Hautes Etudes en Sciences Sociales.
En 1966 participó en un coloquio en la Johns Hopkins University, con un texto crítico del estructuralismo. Ese texto lo catapultó a la fama. En adelante no pararía de publicar y viajar. Algunos años llegó a visitar más de 20 ciudades.
En 1967 publicó sus tres primeros libros esenciales: La escritura y la diferencia, La voz y el fenómeno y De la gramatología. Otros tres en 1972: Márgenes de la filosofía, La diseminación y Posiciones. Su obra abarca cientos de artículos y libros, la mayoría escritos en estilos innovadores. Otros textos importantes son Espectros de Marx, Políticas de la amistad y Fuerza de ley.
En 1981 fue apresado en la República Checa por dictar un seminario clandestino a los disidentes de la Carta 77.
En 1983 promovió y fundó el Colegio Internacional de Filosofía.
Recibió doctorados honorarios de universidades de EEUU, Gran Bretaña, Italia, Bélgica, Hungría, Canadá, Grecia, China y otros países.
En el 2001, en Alemania se le concedió el prestigioso Premio Adorno.
http://personales.ciudad.com.ar/Derrida/
http://www.hydra.umn.edu/derrida/jdyr.html#04
http://www.epistemelinks.com/Main/Philosophers.aspx?PhilCode=Derr