
Ché/Conejo. |
A mediados de los sesentas el mercado del arte afianzaba sus brazos alrededor del mundo. El minimalismo alcanzaba éxito internacional en plástica y arquitectura. La guerra fría extendía su larga sombra de destrucción sobre la humanidad. El descontento crecía en campus universitarios y ciudades como Praga, París, México D.FÖ
En este caldo de cultivo de movimientos contraculturales surge el arte conceptual. A partir de la semiótica, el feminismo y la cultura popular, los artistas se esfuerzan por establecer relaciones entre objetos, lugares y experiencias para dirigir al espectador de forma menos oblicua hacia el pensamiento y la reflexión.
Y fue también a mediados de los sesentas cuando una joven argentina llamada Liliana Porter se instala en Nueva York, y empieza a redactar su propia gramática artística, produciendo arte con materiales y asuntos aparentemente banales, en la certeza borgiana de que "no hay una cosa que no sea una letra silenciosa de la eterna escritura indescifrable".
Durante tres décadas, Porter ha refinado su vocabulario diáfano de juguetes, figurillas decorativas y garabatos infantiles, enriqueciendo la herencia duchampiana del absurdo, del contrapunto semántico y del "ready-made" con una estructura de diferencia pura o "heterotopia", a lo Michel Foucault, que sugiere la crisis de autoridad cultural de Occidente y la forma (por las buenas o las malas) en que las diferencias étnicas y culturales se han abierto espacios.
Sus patitos Donald, perros lámpara o cerditos tamborileros, iconos culturales del pop más temprano, cuchichean sobre el ocaso de principios occidentales "universales" que alguna vez guiaron la historia y le infundieron vida simbólica. Los fondos lisos con que la autora fotografía, acentúan el sentido icónico de estas criaturas de consumo masivo, súbitamente personalizadas, que musitan sobre alienación y poder desde sus extraviadas y entrecruzadas dimensiones simbólicas.
En "Regresar", una figura diminuta recorre afanosa dos líneas de lápiz que claramente recuerdan una travesura infantil. Solo al mirar con más atención caemos en la cuenta de que el camino conduce hasta la idílica casita pintada en una azucarera, que nuestro pequeño amigo habita el imaginario (el tuyo, el mío, el de todos) y que nunca regresará a casa. La obra "¿Dónde estás?" refleja una magistral economía de lenguaje. Dos monigotes y un doblez en una hoja de cuaderno bastan para evocar una situación de alienación infantil en que el espectador representa involuntariamente el papel del verdugo.
El sentido del humor tan explícito en la obra de Porter toma aún más relevancia en sus trabajos en video "Para ti" y "Solo de tambor", también en exhibición en Teorética (233-4881) hasta el 30 del agosto, en donde con cierta animación fragmentada, efectos de sonido y movimientos de cámara, se tambalean las categorías en que arbitrariamente dividimos el mundo: alta cultura y baja cultura, entretenimiento y filosofía, y por qué noÖ arte y vida.