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Los griegos lo llamaron Mesopotamia, nosotros lo llamamos Iraq. En la primavera del 334 a.C. Alejandro Magno comienza la invasión que lo llevaría a Iraq; dos mil trescientos treinta y siete años después la primavera regresa a Bagdad con otra guerra.
Contiendas con semejanzas y diferencias, unas se traslucen, otras se adivinan.
Alejandro saltó el primero del barco diciendo "de los dioses acepto Asia, conquistada por mi lanza", discurso religioso similar al del Presidente Bush. Alejandro comandaba otra coalición: macedonios, tracios, griegos, balcanos y tesalios. El Rey persa era Darío III y su imperio, desde el Egeo hasta la India, se dividía en satrapías, cada una gobernada por un presidente. Alejandro liberó ciudades griegas de la costa turca, entre ellas Mileto, donde enseñó Aristóteles, su maestro.
A l camino a Bagdad desde Turquía lo llaman los campesinos la Carretera de Alejandro. El encuentro entre ambos soberanos fue en Issus, a orillas del río Pallas y la batalla no estaba perdida para ninguno cuando el macedonio se arriesgó: galopó hacia Darío, quien huyó creando caos en su ejército y eso decidió la batalla. A Alejandro lo acompañaban cartógrafos, científicos, historiadores y dibujantes, y fundó más de treinta ciudades. La invasión del siglo XXI las destruye.
Mientras Alejandría, centro mundial de la cultura y su gran biblioteca subsisten, la coalición Siglo XXI no ha fundado ninguna ciudad.
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"Mientras Alejandría, centro mundial de la cultura y su gran biblioteca subsisten, la coalición Siglo XXI no ha fundado ninguna ciudad". |
En común ambos líderes tienen como mentores a sus padres: Filipo y George Bush. Alejandro "devuelve" la invasión que los persas organizaron en el siglo V, cuando ocuparon ciudades griegas en Asia Menor y Chipre. La Guardia Republicana de Darío serían hoy Los Inmortales, los británicos vendrían a ser la caballería tesalia y los mercenarios griegos los fedayines de otros países árabes, entre ellos Palestina. Y así la historia juega con el Eterno Retorno.
La caballería ligera de Alejandro usada en misiones exploratorias vendrían a ser algo así como las fuerzas especiales; de hecho hay una división de caballería norteamericana en el frente. Así como la coalición Siglo XXI usa varios estamentos militares: infantería, aviación, y barcos, la antigua coalición usó caballería pesada, infantería y lanceros.
Las ciudades griegas, sin aportar tropas, figuraban en la "página web" de la Liga Egea brindando apoyo político y moral, como España y Costa Rica en el siglo XXI.
Alejandro guiaba sus tropas en primera línea y sufrió numerosas heridas; guardando distancias, sería como si el Presidente Bush se lanzara en paracaídas en el norte de Iraq o cruzara Basora en un tanque.
Una de las cualidades de Alejandro era su habilidad para "leer" la batalla, similar a los aviones espías, radares y helicópteros.
Alejandro ponía a los pueblos de su parte: en Egipto se proclamó hijo de Amón, en Fenicia respetó costumbres agrícolas y contrajo matrimonio con una princesa de las colinas para apaciguar una revuelta. Darío, el rey iraquí, ofreció paz y reconocer conquistas y fronteras de Alejandro hasta el Éufrates, un inmenso territorio, pero Alejandro rechazó la oferta. Se reencontraron a orillas del río Tigris, que cruza Bagdad; Alejandro buscó a su oponente, que huyó, y lo persiguió con algunos jinetes ciento veinte kilómetros hasta Arbela. Ahí Darío es asesinado por un sátrapa, quien entregó su cuerpo al vencedor.
Alejandro fue nombrado Rey y se dedicó a campañas de pacificación en las Puertas de Persia, donde ofreció puestos en su Corte a nobles persas si desertaban, como volantes y propaganda llamaron a la deserción al ejército de Sadam. Con el imperio macedonio lejano, Alejandro construye ciudades, funda administraciones civiles, esparce la cultura griega y crea organización política; en el siglo XXI, las naciones invasoras quedan lejos pero destruyen la cultura.
Alejandro muere de una extraña fiebre a los treinta y dos años, atribuida por historiadores de la época a la maldición de una reina asiria, cuya tumba fue abierta por sus soldados.
Ahora extendamos el mapa, el mismo para Alejandro y para Bush: Mesopotamia. Allí nace la civilización y la escritura hace seis mil años. En Babilonia, de un millón de habitantes, Herodoto describe calles de dieciséis metros de ancho y muros de veinticinco metros de alto. Hace poco arqueólogos del Museo de Bagdad descubrieron en Sipas una biblioteca con trescientas tablillas de arcilla y descifraron la primera descripción de un eclipse de Luna, 2.500 años antes. En Iraq se han hallado cerca de un millón de tablillas y hay muchas más enterradas; eran pueblos que escribían como nosotros, sobre costumbres, ciencias, mitología, literatura y sobre sus dioses Marduk e Isthar.
En el punto 32° latitud norte y 44° longitud este, territorio iraquí, un satélite ruso fotografió la Torre de Babel, cuadrada y no redonda, como la imaginaron los pintores medievales. En esa tierra se inventó la Astronomía, con observatorios y telescopios de cuarzo pulido, la Matemática y la Geometría: conocían el Teorema de Pitágoras y lo aplicaban en la arquitectura. Hazañas tecnológicas como esmaltar edificios y vidriar ladrillos y no se explica cómo midieron y mantuvieron constante y exacta la temperatura de 950°.
Como nosotros, bebían cerveza, leche, crema y miel, y vivían en ciudades enormes cuando Roma y Constantinopla no existían, dos mil años antes de la fundación de Nueva York.
De esta tierra es el primer código legal de Hamurabí, con principios conservados hasta ahora. Incluso los asirios, descritos como pueblo guerrero, tenían en Nínive una biblioteca de 22.000 tablillas y en algunas, a pesar de su sociedad patriarcal, las mujeres prohibían a sus esposos tener otras esposas.
Tablillas sumerias narran el Diluvio dos mil años antes que la Biblia, en el primer poema del mundo, Gilgamesh, leído en ciudades como Uruk y Ur, en pleno Iraq. En esa tierra inventaron la rueda, el gobierno, los ladrillos, el minuto de sesenta segundos y la jardinería. Sus casas tenían hornos, umbrales, techos bajos y muebles, como las nuestras.
Al crear la civilización, ellos nos inventaron, o nosotros nos inventamos siendo ellos.
Por cierto, una maldición similar a la que mató a Alejandro despertó en la tumba de una reina asiria que un misil norteamericano desenterró, y dice: "Si alguien llegara a romper el sello y arrancarme de mi tumba, que su espíritu vague sediento bajo los amargos rayos del sol, y que los grandes Dioses del Inframundo condenen a su cadáver y a su espíritu a la eterna desazón". Supongo que es cuestión de esperar.