La vida es un eterno rock and roll
No voy a mentir. Aquel día había salido con la cabeza que me daba mil vueltas y con un yunque en el centro del pecho: tenía el corazón hecho un puño.
Sí, ya sé que el corazón está entre el segundo y quinto espacio intercostal, al lado más bien izquierdo del cuerpo, pero a mí me gusta pensar que está al centro; me gusta pensar que es un territorio intermedio en el que no se toma partido: ni para la derecha, ni para la izquierda.
Y como esa es la geografía que prefiero, lo diré: tenía un nudo en el centro del pecho. Eso es tener algo atravesado que no ha podido ser expulsado.¡Cómo me gustaría ser un gato! Cuando llegaron a su cuota de pelos comidos, simplemente los vomitan, y ya está. ¡Asunto arreglado! ¡Ah... pero como a una le tocó venir de humano!
Ahora, tampoco me iba a poner ese día con atletismos y “deportivismos” como “voy a caminar porque dis que el ejercicio es bueno para oxigenar el cerebro” ¿Qué? ¿Caminar a las siete de la noche? Ni tonta que fuera para exponerme a que me rebanen por un iPhone que imaginan que tengo (si supieran que cargo un Nokia modestamente pa' clase media más bien me darían alguito para ayudarme a subir de estatus tecnológico).
Así que, la medida expulsatoria menos insegura era poner piernas en movimiento al supermercado. Del periódico al MásxMenos hay unos 300 metros que, con el bolso bien agarrado y actitud de buho (mirando casi en forma estereoscópica), se pueden sortear con un buen margen de probabilidades de no ser asaltada.
Me la jugué. Caminé hasta el súper a ver si acaso esa bola de pelos que llevaba en el pecho se podía ir, no a la Parra, sino a la porra.
Verduras, carnes, lácteos; champúes, cremas, tónicos; ningun tiesto de plàstico que necesitara o me hiciera gracia comprar. ¿La verdad? No ocupaba nada, y no me ocupaba tampoco de lo que decían en los altavoces (de por sí, todas las voces suenan igual en esos aparatos. En mi cabeza es como una cinta de Chaplín: muda).
Como el remedio de ir al súper había sido peor que la enfermedad, la bola de pelos se hacía cada vez más grande. Mejor me fui, y me iba cabreada, no con el mundo –yo no manejo esa hipócrita técnica de que lo anda mal es por culpa de los demás–. El problema era mío y nada tenía que ver el kilo de molida especial rebajado y ni las demostraciones de un salchichòn afritangado que solo en una hambruna mundial me metería en la boca.
Como ya iba bien encanfinada ni me molesté en ir rogarle a los taxistas del supermercado que me hicieran el servicio. Después de la última vez que con todo y mis bolsitas de compras me bajaron cuando dije “me lleva por favor a San José centro....” Es que ni me dio tiempo el tipo de terminar la frase. Abrió la puerta de su lado y mientras se bajaba me cortaba las alas con un seco “ah no, nosotros no vamos para allá. Solo Tibás, solo Tibás” Habermelo dicho antes, y encima ni me ayudó a bajar las compras. Ese día me sentí como Bridget Jones.
Así que como perdono, pero no olvido... en medio del volcán a punto de erupción en el que me estaba convirtiendo y aquel recuerdo, que viene una y otra vez cada vez que tengo la desafortunada idea de buscar un taxi ahí, mejor me fui a lo seguro. Me mandé directito a la fila de taxis de verdad que se parquean ahora cerca de un mirrusco parquecillo de por ahí.
Diez minutos después, que es lo que se demoró don Jesús del Alamo en manejar de allá hasta mi casa, entendí que esa había sido la única buena decisión que había tomado aquel día.
“¿Usted es cubano, verdad?” le pregunté. Lo había escuchado hablar por su celular, y aunque su conversación había sido corta mi oído lo había cazado rápido. No tengo buena vista, pero tengo buen oído. Diay, como dicen los ticos, Dios compensa.
“Sí”, me dijo. Y ni para qué. Le conté que en los 90 había ido a la Isla, que me gustaba la música de Carlos Varela y de Sintésis y entonces él también iba sacando sus trapitos. Me habló de boleros, yo le hablaba de rock; me contaba de la Cuba en la que creció y yo le preguntaba cómo había venido a parar a Costa Rica. “El amor”, me dijo. Por esos recovecos raros que tiene el destino vino a parar a esta tierra porque el padre de su esposa, un médico prominente, se había afincado o recomendado estos rumbos. Y por una razón que ya no puedo detallar, pero que recuerdo que era romántica y hermosa, terminaron haciendo su vida en la tierra donde en cada setiembre se acuerdan de que "vivan siempre el trabajo y la paz la la lá".
Estábamos a punto de salir de la presa que nos montaría sobre la avenida siete cuando caímos en Polo Montañez.
Yo venía hablando de cómo se pierde la inocencia cuando uno descubre que un cantante, o un músico, no es consecuente con su discurso, que lo que canta y lo que dice que una conferencia no es más que una mentira piadosa, como dice Sabina, dice lo que el otro quiere o necesita escuchar.
Por eso llegamos hasta Polo Montañez, bueno llegué yo porque don Jesús no lo conocía. Sabía que en plena cumbre de su carrera Polo habìa muerto en un accidente (en noviembre del 2003 a los 47 años de edad y a un dos años de haber alcanzado la fama). Sí, la misma suerte trágica de John Denver, de Memo Neira, José Capmany... la presa me daba tiempo para seguir documentando a don Jesús. Tanto que, me di el gusto de hacer hincapié en que su canción más famosa, Un montón de estrellas, habìa sido también su boleto directo al olvido.
Casi como un homenaje póstumo Gilberto Santa Rosa grabó aquella canción que fue en realidad el punta de lanza de Guajiro natural (2001) el disco debut de Polo, y hoy mucha gente no especializada en la salsa dice “Ah, la canciòn de Gilberto Santa Rosa”. Y ojo, le conté, que don Gilberto siempre ha aclarado que la autoria es ajena y ha hecho público manifiesto de su respeto por Polo Montañez. Pero esa es la injusticia de la megadifusiòn. Lo mismito que le pasó a Violeta Parra, que no, no es mi tía pero me hubiese gustado, con su Gracias a la vida. No, no es la canción de Mercedes Sosa, ella la grabó y la cantó hasta el cansancio. Lo mismo le pasa a veces a Bob Dylan cuando dicen "Knockin’ on Heaven’s Door , ¡qué buena esa canciòn de Guns N' Roses!”. ¿Peeerdón?
Polo Montañez nos daba para rato.
Entre una luz roja y la otra, pude contarle a don Jesús que Polo Montañez era tan sencillo que uno de sus primeras entrevistas telefónicas internacioanales fue conmigo. La publiqué en La Nación el 12 de abril del 2001. “Vea, nunca olvidaré que en aquella época el sello que manejaba su material aquí era DDM, una discográfica pequeña pero muy eficiente, y no conseguían que nadie se interesara en el material de Polo. A mí no me tuvieron que convencer, cuando estudié su disco me conquistaron las letras, la sonoridad y su historia: un campesino que venía del monte cimarrón y que recién a sus 45 años de edad lo descubrían en la música”. Así se lo conté a don Jesús.
Y era tan honesto en su sencillez que yo tuve que explicarle, después de un silencio largo suyo, que la entrevista funcionaba así: “vea Polo. Yo le hago la pregunta yusted me la contesta”. Aquella es una de las entrevistas que jamás olvidaré. Fue de una ternura inmejorable, de una honestidad evidente. Le conté a don Jesús cómo había sido: "¿Y qué es lo que vamos a hacer?, pregunta Polo, que está al otro lado del teléfono en entrevista con Viva. "Vamos a hablar sobre Guajiro natural y sobre su carrera. Le hago unas preguntas y usted las contesta", le dije yo. ¿Y tengo que responder de una vez?. Polo ni siquiera está "entrenado" en el oficio de responder diplomáticamente a la prensa” así fue como sucedió en la entrevista, y así fue como lo relaté hace diez años atrás.
Polo me contaba que él no sabía leer música, que los músicos tenían que oírlo cantar para poder sacar las notas, las armonìas y las melodìas (términos que él no manejaba pero que mientras me lo explicaba cantándome para darme el ejemplo yo iba traduciendo).
Le conté a don Jesús que meses después de aquella entrevista, Polo vino a Costa Rica. Se presentó en la Teletón de diciembre. Entonces pude verlo de cerca y no solo imaginarlo por la distancia que da el teléfono: bajito, moreno y siempre con su sombrero puesto.
A todo esto, y entra tanta conversación, don Jesús me había traido sana y salva a mi destino. Hogar dulce hogar; hogar donde se escucha, religiosamente, música para meditar, el October Project de 1993 –en modo repeat si es necesario– o el Songs From The Big Chair que Tears for Fears lanzó en 1985. La conversación me dio hambre, hambre de música, y me urgía entrar a casa buscar el Guajiro natural y escucharlo con una taza de Earl Grey en la mano. Si mi gatito estuviese vivo el cuadro se completaría con él durmiendo en mi regazo.
Le prometí a don Jesús que escribiría esta historia, pero me faltó decirle que el viaje con él había sido el remedio para lo que tenía atravesado en el pecho: todos tenemos una historia qué contar y una banda sonora personal que la acompaña.
No hay una sola emoción que no esté conectada, por referencia o por desahogo, a una canción. Y de eso se trata este blog. Ya el corazón no estaba más hecho un puño, tenía la respuesta porque tenía una historia.
Bienvenidos a La Hoja de Parra, la vida es un eterno rock and roll: golpearse, levantarse y rodar. Asì que, como dijeron Los Beatles: Let It Be.