Me llamo Doriam Díaz y este nombre produce las más diversas y divertidas hipótesis. Quienes no me conocen me mandan invitaciones que dicen: Don Doriam y esposa; doble error: soy mujer y estoy soltera. Cuando me conocen, aseguran que me llamo así por Dorian Gray, fascinante y malévolo personaje creado por Óscar Wilde que conserva su belleza y juventud mientras su retrato se convierte en un monstruo. Son otras equivocaciones: mi mamá nunca leyó a Wilde y no tengo un retrato que sufra el paso del tiempo y la vida por mí. Mi progenitora le robó el nombre a una joven cuyo cumpleaños se anunciaba en el periódico en que ahora trabajo. Mi vida ha estado ligada a la palabra y la literatura desde siempre. Soy periodista, lectora empedernida, amante de las artes y la cultura; disfruto tremendamente de bailar, comer –sí, por eso estoy en estas carnes–,  hablar y reírme. El resto lo irán conociendo poco a poco.
Una mirada que probará que lo popular tiene un enorme encanto y que 'lo culto' no es aburrido ni ininteligible. Habrá inquietudes, reflexiones, comentarios, algunas obsesiones personales y, por supuesto, algo de irreverencia y polémica.
Doriam Díaz 25 enero, 2012  12:00 a.m.
INICIO / Patrimonio
25/01/2012
Doriam Díaz
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El San José con el que sueño



San José es una ciudad que me la devoro a pasos. Para mí, nunca pasa inadvertida.
Muchos le encuentran solo defectos: que es fea, sucia, desordenada, insegura y ruidosa; que tiene poquísimos hitos arquitectónicos; que no pasa nada, que cada metro cuadrado tiene un vendedor ambulante, que tiene poco verde y no invita a disfrutarla. Sin embargo, soy de las que piensa que San José tiene sus encantos, algunos un tanto ocultos, pero existen.
No es la ciudad “pulcra y refinada” que unos visionarios soñaron a finales del siglo XIX y principios del siglo XX; sin embargo, es una pequeña ciudad que aún tiene posibilidades.
Me encanta caminarla y lo hago a menudo; la escudriño en bus cuando voy haciendo nada de un lugar otro; la sigo desde el taxi, la observo atenta desde un auto, desde la antigua Estación al Atlántico hasta el edificio del Correo; desde el Museo Nacional hasta el Paseo de los Estudiantes, todo el bulevar de la avenida Central y el de la 4, el Teatro Nacional, la plaza de la Cultura, la plaza de la Democracia, los innumerables parques y el montón de calles. Siempre que puedo, no olvido ver hacia arriba las decoraciones de algunos edificios de noble estampa; hacia abajo, los vestigios de estructuras casi desaparecidas; los lotes o parqueos en que alguna vez hubo una linda casa o una estructura llena de recuerdos; las cantinillas con sus clientes frecuentes; la variada fauna urbana; las escenas propias del realismo mágico; las casas y estructuras dignas de una obra de arte; los museos y los teatros con su intensa agenda.
Esa es, quizá, un San José más idealizado, lleno de ficción y de perdón – por puro cariño– hacia sus devaneos; sin embargo, la realidad, con sus pitazos, madrazos, empujones y encuentros cercanos de no tan grata memoria, recuerda que no todo es bonito.
Sueño con un San José que no me ponga a la defensiva, que no me obligue a agarrar el bolso como si llevara un tesoro, que no me obligue a quitarme cualquier baratija por miedo a un cadenazo, una puñalada o cualquier otro mal momento imaginable; que no me obligue a desconfiar de todo hijo de vecino que camina al lado. Nadie se quiere arriesgar; por eso, a Chepe todos van con solo lo necesario, alertas y dispuestos a llegar a su meta sanos y salvos en el mejor tiempo posible; es una carrera en que no hay tiempo para reflexionar, para observar ni para disfrutar.
Sueño con una capital con un eficiente transporte público, pero donde los autobuseros y taxistas no se crean los reyes de la comarca, donde los buses no contaminen cada rincón a su paso, donde no destrocen las aceras junto a las que se estacionan, donde no bloqueen cualquier calle porque por allí pasan ellos; donde no consuman su batería pitándole a los que van lento, a los que no se quieren saltar el semáforo, a los que tienen las luces de emergencia, a sus posibles clientes y hasta a una muchacha bonita en minifalda. A veces, San José parece solo una gran parada de autobuses.
Sueño con un San José ordenado y con visión de futuro, en que se construyan edificios que lo harán más atractivo y no adefesios para su vergüenza, en que las viejas casas sobrevivientes no mueran bajo el aplanador avance de los parqueos, en que se piense en el peatón y en la naturaleza; en que se muestre cómo queremos ser, amparados a lo que fuimos.
Sueño con una ciudad en que el arte me sorprenda más a menudo, en que no tenga que esperar a Transitarte, a Enamorate de tu Ciudad, a Rock en el Farolito o al Festival de las Artes para que las diferentes manifestaciones artísticas se tiren a la calle, atraigan miradas y conquisten adeptos.
Sueño con un San José en que cada bello edificio y obra de arte al aire libre no estén atracados por grafitis, forrados con cuanto afiche o papel anunciando algo exista o que necesiten vigilancia permanente para mantenerse en buen estado.
Sueño con un San José que acreciente mi cariño y que no termine por convencerme de que la debo odiar y chorrearle cada día mis quejas.
Usted, ¿con cuál San José sueña?

Isabel Oliver

Isabel Oliver 06:17 p.m.15/02/2012

Asi es como sueno San Jose. El poder llegar a mi pais y sentirme segura y tranquila cuando voy a San Jose. Ojala que algun dia nuestro sueno se convierta en realidad. Felicidades por su articulo.

acquintana@gmail.com

acquintana@gmail.com 06:37 p.m.31/01/2012

Doriam Diaz, a usted que la entierren en cajita rosada, no blanca. San Jose no tiene nada. Tuvo,si tuvo mucho en el pasado. Ahora? Tiene mucho tambien , pero que contenido!! Basura por doquier. Pachucos, chapulines, matones y raterillos. Incontables cuidacarros que nacieron como generacion espontánea de los robacarros. Paredes sucias, esquinas mal olientes, buses con Riteve delante de una nube negra de diesel, cantinuchas ruidosas y antros de delincuentes al acecho de parroquianos incautos, carros gajos con un polo adentro de chofer y una bacinica como roncador. Esquinas oscuras y peligrosas, aceras y calles llenas de huecos como trampas. En fin, como dijo don Francisco el de Sabados Gigantes, es una aldea que no tiene nada de interesante. Por eso nunca la visito para hacer reportaje en su programa.

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