El San José con el que sueño

San José es una ciudad que me la devoro a pasos. Para mí, nunca pasa inadvertida.
Muchos le encuentran solo defectos: que es fea, sucia, desordenada, insegura y ruidosa; que tiene poquísimos hitos arquitectónicos; que no pasa nada, que cada metro cuadrado tiene un vendedor ambulante, que tiene poco verde y no invita a disfrutarla. Sin embargo, soy de las que piensa que San José tiene sus encantos, algunos un tanto ocultos, pero existen.
No es la ciudad “pulcra y refinada” que unos visionarios soñaron a finales del siglo XIX y principios del siglo XX; sin embargo, es una pequeña ciudad que aún tiene posibilidades.
Me encanta caminarla y lo hago a menudo; la escudriño en bus cuando voy haciendo nada de un lugar otro; la sigo desde el taxi, la observo atenta desde un auto, desde la antigua Estación al Atlántico hasta el edificio del Correo; desde el Museo Nacional hasta el Paseo de los Estudiantes, todo el bulevar de la avenida Central y el de la 4, el Teatro Nacional, la plaza de la Cultura, la plaza de la Democracia, los innumerables parques y el montón de calles. Siempre que puedo, no olvido ver hacia arriba las decoraciones de algunos edificios de noble estampa; hacia abajo, los vestigios de estructuras casi desaparecidas; los lotes o parqueos en que alguna vez hubo una linda casa o una estructura llena de recuerdos; las cantinillas con sus clientes frecuentes; la variada fauna urbana; las escenas propias del realismo mágico; las casas y estructuras dignas de una obra de arte; los museos y los teatros con su intensa agenda.
Esa es, quizá, un San José más idealizado, lleno de ficción y de perdón – por puro cariño– hacia sus devaneos; sin embargo, la realidad, con sus pitazos, madrazos, empujones y encuentros cercanos de no tan grata memoria, recuerda que no todo es bonito.
Sueño con un San José que no me ponga a la defensiva, que no me obligue a agarrar el bolso como si llevara un tesoro, que no me obligue a quitarme cualquier baratija por miedo a un cadenazo, una puñalada o cualquier otro mal momento imaginable; que no me obligue a desconfiar de todo hijo de vecino que camina al lado. Nadie se quiere arriesgar; por eso, a Chepe todos van con solo lo necesario, alertas y dispuestos a llegar a su meta sanos y salvos en el mejor tiempo posible; es una carrera en que no hay tiempo para reflexionar, para observar ni para disfrutar.
Sueño con una capital con un eficiente transporte público, pero donde los autobuseros y taxistas no se crean los reyes de la comarca, donde los buses no contaminen cada rincón a su paso, donde no destrocen las aceras junto a las que se estacionan, donde no bloqueen cualquier calle porque por allí pasan ellos; donde no consuman su batería pitándole a los que van lento, a los que no se quieren saltar el semáforo, a los que tienen las luces de emergencia, a sus posibles clientes y hasta a una muchacha bonita en minifalda. A veces, San José parece solo una gran parada de autobuses.
Sueño con un San José ordenado y con visión de futuro, en que se construyan edificios que lo harán más atractivo y no adefesios para su vergüenza, en que las viejas casas sobrevivientes no mueran bajo el aplanador avance de los parqueos, en que se piense en el peatón y en la naturaleza; en que se muestre cómo queremos ser, amparados a lo que fuimos.
Sueño con una ciudad en que el arte me sorprenda más a menudo, en que no tenga que esperar a Transitarte, a Enamorate de tu Ciudad, a Rock en el Farolito o al Festival de las Artes para que las diferentes manifestaciones artísticas se tiren a la calle, atraigan miradas y conquisten adeptos.
Sueño con un San José en que cada bello edificio y obra de arte al aire libre no estén atracados por grafitis, forrados con cuanto afiche o papel anunciando algo exista o que necesiten vigilancia permanente para mantenerse en buen estado.
Sueño con un San José que acreciente mi cariño y que no termine por convencerme de que la debo odiar y chorrearle cada día mis quejas.
Usted, ¿con cuál San José sueña?