Django desencadenado
Creo que como muchos, llegué a Quentin Tarantino a partir de Pulp Fiction. Aquel 1994 de hace casi 20 años me marcaría en cuanto a mi gusto por el séptimo arte. El suyo era cine vital, como casi nada que hubiese visto hasta entonces. Si tuviese que decir cuáles películas cambiaron de alguna forma mi vida (y sé que para quienes no veneran el cine quizás esto suene exagerado), varias de las de Tarantino estarían en la lista. Sus diálogos, la forma de entretejer las historias, el uso del tiempo y los saltos hacia adelante y atrás en la trama, sus personajes, la música, la fotografía, la edición. Todo era simplemente perfecto. Hasta hacia de John Travolta alguien a quien quisiera ver en la gran pantalla. Después llegaría para mí su antecesora, Reservoir Dogs (1992), que vi en video hasta casi desgastarlo y que me maravilló tanto como Pulp Fiction: Mr. White, Mr. Orange, Mr. Blond, Mr. Brown y Mr. Pink. Nuevamente, cada personaje y cada diálogo y cada fragmento musical eran simplemente perfectos.
Para cuando Jackie Brown (1997) llegaba, Tarantino era ya uno de mis directores y guionistas preferidos. La aparente simpleza de su trama se alimenta de la soledad y desesperación de sus personajes (¿no somos acaso así en muchos tramos de nuestras vidas?) para dar pie a una historia redonda, nuevamente impecable. Kill Bill Vol. 1 (2003) y Kill Bill Vol 2 (2004) llegarían simplemente a apuntalar mi gusto por su cine, esta vez visualmente más audaz, estéticamente más pulido, consolidándolo definitivamente en 2009 con Bastardos sin gloria, la más compleja y lograda hasta entonces: hasta Django Unchained.
Ahora, en esta nueva entrega de Tarantino, estamos ante uno de los trabajos más sólidos del director estadounidense: no sé si el mejor, pero ciertamente uno de sus mejores trabajos. Como en cada una de sus cintas, algunas de sus secuencias pasarán a la historia como clases magistrales de uno de los grandes maestros del cine de nuestros tiempos. De cada una de ellas podemos recordar diálogos enteros, memorables, ácidos y punzantes, irrepetibles. Secuencias que en nuestra memoria cinematográfica estarán siempre presentes.
Su escena inicial, por ejemplo, ésa en la que el Dr. King Schultz, un cazarecompensas de origen alemán, y Django, un esclavo encadenado rumbo a su macabro destino, fluye grácilmente hasta su clímax apoteósico. Desde esos primeros minutos de metraje sabemos que Django será una extraordinaria película.
Al igual que en Bastardos sin gloria, Django es una cinta de “venganza”. Si en manos de alguien como Roberto Benigni y su La vida es bella el tema del Holocausto tocado con humor juega en su contra, en Django, el horror y la vergüenza de la esclavitud adquiere dimensiones colosales una vez que la despojamos de la irreverencia, la comicidad, el absurdo y los litros y litros de sangre del lenguaje propio de Tarantino. Mientras en aquélla el horror se convierte en burla (una especie de Héroes de Hogan en 35 milímetros), en Django el tema de la esclavitud adquiere la dimensión horrenda que se merece en la historia reciente de esto que llamamos civilización. La clave está en cómo lo hace Tarantino.
Torciendo la historia gracias a su dominio del lenguaje cinematográfico, como hiciera en Bastardos sin gloria, Tarantino pone el dedo en una llaga que todavía hoy supura. Al poner en el mismo camino al Dr. King Schultz (un Christoph Waltz casi que repitiendo al coronel Hans Landa, aquél odiosamente sádico; éste maravillosamente letal) y a Django (Jamie Foxx, no el mejor de la cinta, pero sí a su altura); al hombre blanco y al hombre negro codo a codo y en una época en la que la Guerra Civil estadounidense está a varios años de distancia; y además de ellos los enfrenta al “asquerosamente civilizado” Calvin Candie (un Leonardo DiCaprio cada vez más cerca de ser el mejor actor de su generación) y a su sirviente negro Stephen (Samuel L. Jackson), en palabras del propio Jackson: “el negro más vil y repugnante de la historia del cine”, Tarantino nos habla del sinsentido de la esclavitud y el resto de ramificaciones que aún hoy nos avergüenzan como seres humanos.
Al rendir tributo a uno de sus géneros preferidos, el spaghetti western, que debo admitir que es también una de mis debilidades (el cameo de Franco Nero es uno de los tributos más obvios, pero no por ello no menos genial), Tarantino reivindica un género al que su cinematografía debe mucho y al que todos los que gustamos del cine deberíamos acercarnos.
Para cerrar, simplemente me queda añadir que Django Unchained es una cinta imperdible. Sus cinco nominaciones al Oscar no son coincidencia. Y cuando la vean, y se topen con la escena de los encapuchados, recuerden el absurdo de tantos pasajes de nuestra historia “civilizada”.
DIRECCIÓN Y GUIÓN: Quentin Tarantino. FOTOGRAFÍA: Robert Richardson. EDICIÓN: Fred Raskin. TEMA DE “DJANGO”: Luis Enriquez Bacalov. DISEÑO DE PRODUCCIÓN: J. Michael Riva. VESTUARIO: Sharen Davis. PRODUCCIÓN: Stacey Sher, Reginald Hudlin y Pilar Savone. DURACIÓN: 2 horas y 45 minutos.
ELENCO: Jamie Foxx (Django), Christoph Waltz (Dr. King Schultz), Leonardo DiCaprio (Calvin Candie), Kerry Washington (Broomhilda), Samuel L. Jackson (Stephen), Don Johnson (Big Daddy), Walton Goggins (Billy Crash), Quentin Tarantino (empleado de la compañía minera) y Franco Nero (Amerigo Vessepi).